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viernes, 15 de julio de 2016

AMOR ETERNO

                                                            Imágenes

Argenol nació en un pueblito perdido de la pampa húmeda, jamás supo decir el lugar exacto en el que su madre lo parió, ya que era una familia nómade descendiente de los Comechingones, que en busca de comida y bienestar para la familia, deambulaban por todo el territorio argentino. El muchacho era el mayor de catorce hermanos, de los cuales a siete mató la peste.
No sabía leer ni escribir, pero conocía a la tierra más que nadie en el universo, tenía los sentidos más desarrollados que cualquier humano, si hasta se decía que hablaba con los animales
Por aquellos tiempos, su tribu aún no era protagonista de nada que la hiciera visible, por lo que sufrían de la total y absoluta exclusión. Argenol creció sin el sentido de pertenencia, entre otras carencias, pero a cambio de tantas faltas desarrolló un espíritu combativo y poderoso. Todos decían que era un guerrero, aunque para él la guerra siempre tuvo un sentido distinto al de sus hermanos. Siempre sintió que la sabiduría era el arma más poderosa de la que podía disponer el hombre y obraba en consecuencia.
En el país, a mediados del siglo XIX y comienzos de siglo XX, con el pretexto del “progreso” se incorporó  a la inmigración europea, asimilación a la que no accedió el aborigen. A esa marginación él la padeció desde que tuvo uso de razón e intentó combatirla de mil maneras, pero no había caso, los oídos de los poderosos estaban cerrados al nativo.
Luego de la muerte del sexto hermano, su familia decidió establecerse por un tiempo en La Pampa junto a una pequeña comunidad indígena que les dio esa estabilidad que por años buscaron a pesar de sus arraigadas costumbres. Dicen que la muerte de tantos hijos los llevo al hastío de las largas recorridas por las zonas agrestes de la patria, que eran la únicas que los reconocían como dignos habitantes de un país que siempre los ignoró.
Allí enfermó Manqué, el que moriría a los pocos días por una dolencia hasta esos momentos desconocida por los habitantes de la tribu. Fue aislado de la pequeña comunidad por miedo al contagio, y eso hizo que Argenol decidiera, con un fervor jamás visto en él, dedicarse al estudio de la cura de esos males que aquejaban a su familia.
Cuentan sus allegados, que por dos años desapareció del lugar y se internó en las soledades de esa tierra agreste y olvidada por el hombre "blanco". Nadie supo qué fue lo que hizo en esos tiempos, pero a su regreso todos se sorprendieron frente a ese ser gigantesco, con barba y pelo que le llegaban a la cintura, y cuya mirada parecía venir de otro mundo.
Mitaí, su hermana menor, corrió al encuentro del gigante y le comunicó que su madre estaba agonizando. Argenol se dirigió presuroso a la choza y sacó de una alforja de cuero que lo acompañó en el viaje, una serie indeterminada de yuyos con los que preparó un cocimiento que le dio a beber a la mujer. Al día siguiente estaba en pie y sin rastros de la dolencia que le había afectado por siete largos días.          
El chamán de la zona, con gran generosidad, reconoció poderes mágicos en el muchacho e intentando dar un paso al costado, pretendió cederle su lugar de médico brujo. Argenol  no aceptó, ya que para él, ese viaje había cobrado un sentido diferente, si bien en el trayecto aprendió el arte de curar a través de las bondades que ofrece la madre tierra a quien presta atención, su búsqueda era de la felicidad, esa que se le negaba reiteradamente por la pobreza, la exclusión y la devastación por parte del blanco, de todo lo que fueran los principios milenarios de su cultura. El blanco le robó su lengua, sus dioses, su cultura  y por sobre todo intentó robarle la dignidad, lo que jamás logró, al menos en su caso. 
Él se convenció mientras meditaba en el Cerro Macho, que la felicidad era el camino para encontrar la salud. A eso se lo enseñó la Pacha Mama cuando en un estado de ensoñación le dijo al oído el gran secreto que lamentablemente aún hoy desconoce la humanidad. Ser feliz era la principal cura y para poder ser un sanador, debía primero encontrar la suya.    
En una oportunidad, tuvo que viajar a la gran ciudad en busca de una pieza para su máquina de labranza la que había sufrido el desgaste de los años. Jamás sus llegadas a la urbe eran placenteras, ya que como a un leproso, la gente le huía vaya a saber por qué cuestión, el decía que era por ignorancia. Era un verdadero problema encontrar lo que necesitaba, ya que nadie estaba dispuesto a darle una ayuda. Sus preguntas ni siquiera alcanzaban a ser formuladas porque la gente le daba la espalda y lo ignoraba.
A él todo le costaba el doble, y sabiendo de esta circunstancia y que nadie le daría alojamiento, llevaba su cimarrón cargado de todo lo que necesitaba para esos pocos días en la ciudad.  La primera noche durmió detrás de un establo abandonado, bajo un cielo repleto de estrellas que anunciaba una de esas heladas que entumecen los huesos.
Cuando se despertó, vio frente a sí a una mujer vestida con una túnica negra y un velo que tapaba su rostro, sólo se le veían los ojos. Era la primera vez que Argenol veía a alguien vestido de ese modo, y su primera reacción fue asustarse. En el monte, en esos años en los que se alejó de la tribu, tuvo una visión de alguien parecido, el creyó que era una bruja de esas sobre las que miles de veces le habló su madre. Sin embargo, esos ojos no eran los de una bruja sino más bien de una hechicera, ya que ni bien los vio, se despertó en él unos deseas descontrolados de poseerla. Eran los ojos más bellos que haya conocido en mujer alguna.
De un salto dejó el camastro improvisado e intentó acercarse a la dama, pero ella desapareció como si sólo hubiera sido la parte final de un sueño el cual no recordaba haber tenido. La buscó por las inmediaciones y no la encontró, por lo que decidió realizar su compra y volverse a sus pagos con el convencimiento de que la mujer no existía.
Luego de muchas vueltas llegó a un almacén de ramos generales cuyos dueños eran unos musulmanes llegados hacía muy poco tiempo a estas tierras. Estaba ubicado en la calle principal, allí pudo encontrar lo que buscaba. El dueño era un personaje extraño, muy callado y hasta hosco. Como la pieza que compró no entraba en su alforja, le pidió al dueño del lugar que le vendiera algún equipo para cargar la compra. En busca de ese elemento, el hombre abrió un cortinado que separaba el almacén de la casa, y fue cuando volvió a ver esos ojos que lo subyugaron, entonces se dio cuenta que no se trataba de un sueño.
Se quedó como clavado en el piso de tierra del lugar y lo más maravilloso fue que la mujer le mantuvo la mirada por unos segundos, algo a lo que él no estaba acostumbrado con las mujeres de su tribu. Cuando pudo moverse, y como si sus piernas le pesaran toneladas, se retiró del lugar con la absoluta convicción de que esa mujer sería suya así fuera que para ello tuviera que robarla de esa casa.   
No hizo falta, al lado de su caballo estaba Kayra, ése era el nombre de la dueña de esos ojos maravillosos que lo hechizaron, no sabía muy bien si dormido o despierto.        
Culturas milenarias los separaban, pero historias parecidas los amalgamaban en un futuro incierto pero tan cautivante como los secretos que se ocultaban tras esa túnica negra que a pesar de ser holgada, marcaba las curvas de un cuerpo perfecto.
No necesitaron decir una sola palabra, los ojos color miel de Argenol, su piel cobriza y su pelo renegrido, conspiraron para que sólo las almas bastaran para esa comunión suprema por la que él rogó en los montes de su tierra.
En el establo abandonado, en donde él descubrió la pasión, se unieron esos cuerpos sedientos de comprensión, de anhelos, de sueños lejanos y por sobre todo de esas impaciencias nacidas de una misma madre, la incomprensión de una sociedad que sólo aceptaba a cierta gente con características que ellos no poseían.     
Kayra sabía que su padre la molería a palos si se enredaba con un indio, y Argenol estaba seguro que su familia nunca entendería su elección, sumado a que ya tenían para él a la elegida, una indiecita que al decir de las malas lenguas estaba enamorada de un muchacho mestizo que vivía a pocas leguas del asentamiento.   
Varias lunas pasaron antes de que decidieran qué hacer con ese amor prohibido, y al llegar el solsticio de verano, en medio de una ceremonia tan sagrada como mágica, ambos desaparecieron de la vista del mundo de un modo definitivo. Nunca nadie pudo dar una explicación a lo sucedido. 
Muchos dicen que desde esa desaparición, dos águilas majestuosas rondan lugares inusuales, y también aseguran que los dioses les permitieron inmortalizarse en esas aves para demostrarle al mundo la insensatez milenaria que lo aqueja. Por haber entendido la verdadera esencia del humano esos dioses les dieron la felicidad eterna. A través de muchas generaciones han sido vistos, siempre juntos, en vuelos mágicos y tan bellos como el amor  que se profesan a través de los tiempos. Cuentan que esa fue la lección que como legado dejó Argenol, el amor eterno.  
No obstante, él jamás olvidó su misión y es el día de hoy que cuando el médico brujo no encuentra solución a algún problema, evoca al águila, la que aparece entre los sueños del enfermo y realiza la cura sagrada, junto a él siempre está su amada, la que sobrevuela en círculos mientras él realiza su labor.  
Algunos dicen haber visto su nido en el Cerro Macho, ese que le dio la sabiduría brotada de las raíces de la madre tierra, y que cada año nace un hijo que por mandato divino también posee el don de la sanación.       

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