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miércoles, 9 de noviembre de 2016

COMO TALLADO EN JASPE


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Guinea, 8 de Noviembre de 1948.


General González del Pozo, apelo a vuestra buena voluntad y a su lealtad con nuestra amada España para solicitarle tenga a bien reclutar al menos cien soldados y diez civiles enfermeros para un mejor control de estas tierras y atención hospitalaria ya que estoy con el convencimiento de que se está gestando una rebelión por parte de los clanes bubi de la isla de Bioko. Asimismo requiero de ser posible, médicos y medicamentos ya que la sífilis está haciendo estrago en las aldeas. Desde ya le quedo muy agradecido por lo que pueda hacer respecto de mi pedido. Su amigo Fernando Ortega de Ibáñez.

Con esa misiva, don Fernando, puso en jaque a su amigo Manuel, ya que España no atravesaba sus mejores momentos y cada soldado que era enviado a África, era uno menos para el régimen franquista. Sin embargo, gracias a sus buenos oficios logró el número solicitado, pero con una salvedad, los civiles y militares no fueron precisamente el número requerido en el sentido estricto de la palabra, ya que muchos viajaron con sus familias que se incluían en ese número.
El desembarco fue fatal, entre la sorpresa de don Fernando y el desagrado de los habitantes del lugar, hubo que sortear varios escollos para que las paquetas damas que lucían sus mejores galas como si el desembarco fuera en Francia o Inglaterra, no fueran agredidas de palabra o de hecho por esa masa que solía juntarse con la llegada de cada barco.
Todos fueron trasladados a la aldea en donde los blancos podían moverse con un poco más de seguridad. Allí don Fernando convenció a las señoras sobre la conveniencia de un atuendo más acorde al lugar y de ese modo evitar problemas con los nativos que de por sí, ya tenían muy poca predisposición para con los que habían invadido sus tierras y poco respetaban sus costumbres.
Entre las recién llegadas estaba la hija del General Gonzáles del Pozo que era enfermera. Se ofreció como voluntaria, pero en realidad su espíritu aventurero la decidió a acompañar al contingente. Su nombre era Mercedes. Si bien no era una de esas bellezas que dejaban boquiabiertos a negros y a blancos, sus ojos color azabache, pícaros y curiosos, se llevaban la mirada de los habitantes del lugar.
Una vez ubicados, el primer consejo fue interactuar con extremada prudencia con los nativos, ya que jamás se conocían las verdaderas intenciones de una población que si bien no era tratada como animales, algo que sucedió en un principio, se los mantenía a raya para evitar descontroles, especialmente luego de las parrandas en las que se bebía sin límites.
Para Mercedes era todo nuevo. Estuvo al borde de un colapso emocional al ver todo ese mundo maravilloso, primitivo y lleno de extrañezas que la cautivó desde que puso un pié en África. Muchos de los negros ya hablaban un precario pero entendible castellano como así algunos españoles dominaban la lengua nativa, encantadora y dulce como la miel.
El primer día Mercedes ya quería conocer las plantaciones, el río, la selva, las costumbres y miles de cosas más, se enamoró de esa tierra desde que la vio desde el barco. Su cuidado le fue encomendado a Abyan, una muchacha mestiza de no más de quince años. Entre la pasión, el espíritu aventurero de Mercedes y la inconsciencia de la edad de su acompañante, era más el tiempo que pasaba recorriendo la Guinea Ecuatorial que haciendo el trabajo para el cual había sido enviada. Llegó un punto en el que don Fernando debió de un modo muy elegante y cariñoso, llamarla a la reflexión, su misión allí era ayudar a los doctores. Por esos tiempos las enfermeras cumplían una labor indispensable ante la falta de médicos.
Sonrojada aceptó lo que ella bien interpretó como un serio llamado de atención. No obstante en sus horas libres, que no eran muchas, salía a recorrer los lugares que más la habían impactado.
La cascada era su preferida, allí tomaba baños de horas en sus días libres y jugaba con Abyan quien ya le había enseñado muchas palabras en su idioma y Mercedes en el suyo. Una mañana, cuando los hombres estaban en la cosecha y los blancos ocupados con noticias alarmantes llegadas de España, se escapó sola a la cascada. Allí se desnudó, dejando ver un cuerpo que se arrimaba mucho a la perfección, se zambulló en el lago cristalino y nadó hacia esa cascada que la tenía hipnotizada. Por primera vez la atravesó e hizo pie en la tierra que estaba por detrás. Se encontró con una cortina de helechos entremezclados con flores cuya belleza no le cabían en su imaginación. Un gran susto se dio cuando escuchó ruidos que venía por detrás de esa cortina verde, pensó que eran de un animal, pero como no le tenía miedo a nada, abrió un pequeño espacio y vio que había una caverna de un tamaño muy importante, dentro de ella alcanzó a divisar algunos utensilios que le dieron a entender que allí vivía alguien.
Sigilosamente entró en la caverna y comenzó a husmear dentro. Se sintió observada y se dio cuenta que estaba totalmente desnuda. Manoteó una piel que se encontraba tirada en el suelo y tapó lo que más pudo su cuerpo, que en verdad no era mucho, sólo sus partes íntimas.
-¿Quién anda ahí?- preguntó, luego se dio cuenta que nadie le entendería su idioma, sin embargo escuchó una voz grave que contestó -¿Qué haces tú aquí?- preguntó un negro que parecía tallado en jaspe.-Perdón, curioseaba en la cueva, ¿Usted vive aquí?- le preguntó mirándole a los ojos, esos ojos a los que nadie se podía resistir. Él penetró ese mar negro con el verde esmeralda de los suyos, una conjunción profunda pero tan peligrosa como la selva misma. Su nombre era Jabulani, sus ojos del mismo color de su abuelo materno, un inglés que hizo suya a su abuela desde el momento mismo en el que la vio, a la que amó con locura, lujuria y una pasión que lo hizo dejar todo por ella. El clan jamás se enteró de esa relación y los ingleses menos, por lo que el fruto de esa relación fue preservado como la joya más preciada. Criado en una choza en el corazón de la selva, aprendió la lengua inglesa y el castellano ya que su padre lo hablaba a la perfección. Su madre le llevó a una mestiza para que fuera su pareja, la que quedó oculta junto a su hombre hasta que murieron los padres.
Por esos tiempos el tráfico de esclavos seguía de un modo clandestino, ya que la mayoría de los países de América habían abolido la esclavitud, pero los señores terratenientes no se conformaban con perder esa mano de obra fuerte e incansable del negro, entonces el tráfico parecía jamás terminar. De eso se dio cuenta la pareja cuando quiso establecerse en una de las aldeas y un blanco pretendió robarles al primogénito que era Jabulani. Sin pensarlo demasiado, volvieron a la selva y cuando el niño cumplió cinco años su padre fue mordido por una serpiente venenosa y ni los ungüentos más efectivos pudieron salvarlo. Begum, sola con su niño y sin experiencia en la caza ni en la pesca creyó morir, se preguntó una y mil veces quién cuidaría del niño con ojos de cristal. Hizo lo que pudo y a veces las cosas salían bien, otras, muy mal. Cuando su hijo cumplió diez años, y ya con cierta experiencia se adentró en la selva acercándose demasiado a una de las aldeas. Un blanco la vio y jamás la dejó regresar, su destino, ser  violada una y mil veces por cuanto blanco le pusieran en frente.           
Jabulani al ver que su madre no regresaba, pensó lo peor y preso del pánico traslado todos sus bienes, que eran escasos, a la cueva detrás de la cortina de helechos. Al expandirse las aldeas, el lugar dejó de ser seguro, pero hasta el día que Mercedes entró en él, Jabulani no tomó consciencia de que así como ella lo hizo, pudo haberlo hecho cualquiera.
-No te asustes, he venido a ayudar como enfermera en la aldea y en mi tiempo libre recorro tu tierra porque me fascina- le dijo Mercedes creyendo que el muchacho le entendería. Pero él no escuchaba, ni esas palabras atropelladas que salían de la boca de la muchacha, ni el significado de lo que decía, sólo miraba esos ojos bellos que le hicieron temblar el cuerpo y ese espíritu indómito que llevaba dentro. A ese sentimiento jamás lo conoció, la soledad era su única compañía. Ella al verlo extasiado se fue acercando obnubilada por la belleza de ese hombre. Jamás había visto ojos que destilaran esa inocencia propia de un niño. Cuando reaccionaron sólo había centímetros de distancia entre un cuerpo y otro. Ella tímidamente toco su rostro, necesitaba cerciorarse de que no se trataba de un sueño, él no tuvo capacidad de reacción y se dejó tocar. Mercedes no tocó su cuerpo, tocó su alma, de otro modo no se explica que un blanco pudiera acceder con tanta facilidad a un negro que jamás vio a otra mujer que no fuera su madre.
Fue un sentimiento tan profundo que ambos se asustaron, ella dejó la cueva, se zambulló en el agua y se prometió que aquél sería su secreto.
Llegó a la aldea y por suerte nadie notó su ausencia salvo Abyan, pero como aprendió a conocerla no hizo pregunta alguna. A partir de ese día le pidió, le suplicó a su acompañante que la siguiera sólo hasta internarse en la selva y que allí la esperara hasta su regreso. De ahí partía en busca de ese hombre al que aprendió a amar sin estar muy segura de que él supiese de qué se trataba ese sentimiento. Se contaron todo de su vida. En un principio ella actuó con toda esa prudencia que nació de un amor puro, pero pasado un tiempo, ambos sintieron la necesidad de tocarse, acariciarse y sentirse cada día más cerca de lo inevitable. Él no sabía de qué se trataba, ella sólo por las charlas con su madre y sus estudios, pero era tan virgen como él.
Una noche, cuando la aldea descansaba de las duras tareas del día, con todo el riesgo que corría en la selva, se animó a visitar a su amado. Él reposaba sobre un colchón de hojas, tan desnudo como Dios lo trajo al mundo, ella se sacó lo poco que llevaba y con una pasión domada con el tiempo, puso su cuerpo junto al de él y lo abrazó. Jabulani se despertó sobresaltado y lo que comúnmente hace el hombre con la mujer amada, Mercedes lo hizo con él. La unión de ambas inexperiencias no hizo más que confirmar a Mercedes que no existía una sola palabra que pudiera definir ese sentimiento en su real dimensión.
Así pasaron los meses hasta que don Fernando advirtió que algo extraño estaba sucediendo. Una noche siguió a la muchacha y fue atacado por un tigre feroz que casi lo mata. Ella debió volver a pedir auxilio y quedarse al lado de ese hombre hasta que se repusiera. Extrañaba a su amado y no había forma de avisarle sobre lo sucedido.
Don Fernando estaba indignado con ella ya que había puesto no sólo en peligro su vida sino la de la aldea toda. Era tal el enojo que decidió devolverla a España. Mercedes creyó enloquecer de tristeza y fue entonces cuando decidió escapar ante un descuido de sus guardianes. Cuando llegó a la cueva, encontró a su amado agonizando, la peste de los blancos contra la cual ellos no eran inmunes, lo estaba matando.
No estaba dispuesta a verlo morir y como pudo lo trasladó a la aldea y le contó todo a don Fernando. Él escuchó atento esa historia que lo llevó a su juventud, cuando los prejuicios eran más arraigados y su familia jamás le hubiera permitido unirse a una africana. Aceptó salvar a Jabulani, pero no dejó que ella se quedara en África. Una vez repuesto el muchacho huyó de la aldea creyendo que Mercedes lo seguiría, pero ella no pudo, don Fernando la cargó en un barco y la despachó para España.
Cuando llegó a su tierra se dio cuenta de que estaba embarazada y no tuvo las agallas de contarle a sus padres lo sucedido. Como pudo, logró convencer al Capitán Vilariño que la devolviera a África, él aceptó pero con la condición de que su padre jamás se enterara de que en su barco había huido.
Cuando llegó a la tierra de su amado, de inmediato se adentró en la selva y fue en busca de Jabulani. Entró a la cueva y ya no había en ella rastros de su amado. Mercedes creyó enloquecer, se preguntó qué sería de ella en ese lugar sola y con un embarazo que ya comenzaba a notarse.
Lloró dos días y dos noches seguidas, hasta que cayó rendida en un profundo sueño acompañado de  pesadillas que no le auguraban nada bueno. Bañada en transpiración y con el agotamiento propio de su estado anímico y físico, despertó de ese infierno. Sintió ruidos, sus sueños se estaban haciendo realidad, pensó que algún animal salvaje y hambriento se haría un festín con ella y el fruto de ese amor trunco  que llevaba en su vientre. Agazapada en el rincón más oscuro de la cueva vio cómo se abría la cortina de helechos y cual aparición celestial vio a Jabulani entrar. Se lanzó a sus brazos y en pocas palabras le explicó lo sucedido. Él le contó que luego de su recuperación buscó otro escondite, lejos de las aldeas pero que cada semana volvía a la cueva con la ilusión de encontrarla.
Esa noche hicieron el amor saciando el deseo, curando el dolor y celebrando esa nueva vida. Al día siguiente partieron al lugar secreto y nunca más nadie supo de ellos.
Seguramente ese amor puro y sin prejuicios siguió la ruta de los ancestros de Jabulani. Es probable que algún día, en algún lugar aparezca un niño o una niña con ojos de cristal y se tejerán leyendas nacidas de lo conocido por algunos y lo soñado por otros en esas tierras cargadas de supersticiones y de esa magia que muchos sólo encontraron en África.         


2 comentarios:

  1. Relato dramático como profundo y lleno de matices que hacen estremecer los sentimientos mas profundos de las relaciones humanas, exelentemente relatada, con exquicités y calidés, en fín la marca registrada que te identifica como escritora, bien hecho!!

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    1. Gracias Shoin, tus comentarios me halagan y me dan fuerzas para seguir escribiendo, algo que por largo tiempo no pude hacer.

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