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sábado, 14 de septiembre de 2013

LA MORADA DE LOS ESPÍRITUS

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Llegué a Misiones con casi nueve meses de embarazo intentando descansar para poder llegar a término, sin embargo, las contracciones volvieron, pero esa vez de una manera descontrolada. Allí me esperaba Mercedes, una amiga de la vida, que junto a su hijo Arami, me acogían cuando las soledades me hacían pesada la ruta.
Esa noche y al no poder conciliar el sueño, Mercedes me dio un té para calmar mis nervios, y a eso de las cinco de la mañana pude dormirme, estaba totalmente agotada. En mis sueños, se me apareció una mujer a la que yo no conocía, me extendió su mano y me solicitó que la acompañara. Yo le expliqué que no podía caminar, pero ella insistió. Muy despacio abandoné la cama y las dos nos dirigimos a la selva. Caminamos una hora y luego de atravesar matas muy espesas, llegamos a un claro. Allí me pidió que me sentara, tomó mis manos y dijo que cerrara los ojos. Yo estaba muy desconcertada, pero lo hice. Sentí que un calor profundo, al que le vi colores, rodeaba todo mi cuerpo. Una paz muy grande se ocupó de sacarme todos los miedos y mi desasosiego, cuando abrí los ojos, ella ya no estaba pero permanecía su calidez, la sentía claramente a mi lado.
Me desperté bañada en transpiración, atribuí ese sueño a lo mucho que extrañaba a mamá en esos momentos. Una profunda angustia ocupó todo mi ser, pero rápidamente fue expulsada con el abrazo de Mercedes.
-Hija, ¿te sientes mejor?
-Sí, gracias a Dios las contracciones parecen haber cesado.
-No te preocupes, ya estás casi a término, si el niño nace ahora no vas a tener ninguna complicación. ¿Quieres que te llevemos al hospital?
-No, por el momento no es necesario, sí le pido que le diga a Arami que advierta al médico para que tenga todo preparado por si esto se repite, trataré de no moverme para ver si aguanto quince días más.    
Pensé que todo pasaría y que podría llegar a término. A las tres de la mañana del siguiente día, una puntada me despertó, creí que me estaba partiendo en dos, me dolía todo el cuerpo y sentí que estaba mojada, pensé que era sangre, por lo que desperté a Mercedes a los gritos. Ese día, Arami no se encontraba en la casa, había ido hasta la ciudad a comprar semillas y forraje, generalmente se quedaba a dormir y regresaba al día siguiente. Mercedes sospechaba que había alguna noviecita que lo esperaba, ya que el muchacho raramente se quedaba fuera de la casa, sólo lo hacía cuando iba a la selva.
Cuando Mercedes vio la cama, enseguida me dijo que ya era hora, había roto bolsa. Yo casi muero del susto, ella, con toda tranquilidad me dijo que salía por unos segundos y que no me preocupara. Efectivamente, al poco tiempo volvió con una mujer, era muy parecida a la que vi en mis sueños, eso me asustó un poco.
-Eugenia, ella es Mimbi, la partera del pueblo.
-Más que una partera necesito urgente a alguien que me lleve al hospital- le dije con desesperación a Mercedes.
-Calma mi niña, ella te va a revisar y va a ver como andan las cosas, su marido ya llega con el auto y te llevamos.
El alma me volvió al cuerpo, creí que esa mujer intentaría hacerme tener allí al niño. Entre las dos cambiaron las sábanas y luego Mimbi me revisó.
-Señora, su hijo está por nacer, no hay tiempo de llevarla al hospital. La voy a atender yo, confíe que a esto lo he hecho cientos de veces.       
-Perdón, pero no, a mí me deben practicar una cesárea según lo dijo mi médico, de lo contrario el niño corre peligro porque viene de pie y se puede enredar con el cordón umbilical, les pido a las dos que me lleven al hospital.
En ese momento sentí que golpeaban la puerta de la casa y una voz de hombre gritó el nombre de la comadrona. El corazón me dio un vuelco, su voz sonaba a problemas. Efectivamente, Mimbi apareció con la cara desencajada y nos dijo que el marido no podía hacer arrancar el auto, que sería imposible llevarme.
-Mercedes, lléveme en el sulky.
-No puedo, Arami lo llevó al pueblo.
-¿Qué haremos?, me estoy comenzando a sentir mal.
-No te preocupes, ya te preparo un té para que te tranquilices.
No había opciones, o me entregaba a la matrona o mi hijo moriría. El té hizo efecto de inmediato y caí en un profundo sueño. Me desperté al lado de un arroyo cristalino, estaba acostada sobre un colchón de hojas suaves y debajo de mi cabeza habían puesto una manta blanca, la que luego sería utilizada para secar a mi hijo. Entre las dos me sujetaban las manos y me pedían que hiciera fuerza porque el niño ya estaba asomando la cabecita. El dolor era extremo y el susto gigantesco, comencé a pujar, y con cada contracción me parecía que se me iba la vida. En cada descanso trataba de mirar a mi alrededor, no podía creer que pudiera dar a luz en medio de la selva. A mi derecha, había una fogata con un gran cuenco calentándose, supuse que era con agua, a mi izquierda, dos piedras filosas que lucían amenazantes sobre un paño color terracota. Más allá, podía ver un tazón con cenizas y otro con aceite, todo eso me alteró, pero ni bien comencé a entrar en pánico, una contracción me hizo gritar de modo tal, que se debe haber escuchado mi voz en toda la selva. La fuerza que hice fue feroz, y después de eso, sentí un alivio al que no le encontré explicación, a los pocos segundos escuché el llanto de mi hijo, un varón hermoso que fue lavado con una cocción de cedro. Con la piedra cortaron el cordón umbilical y a los cortes los cubrieron con ceniza y aceite de kupay. Luego me lavaron a mí y me entregaron al niño, no había ningún padre que lo recibiera, ni tela de algodón para envolverlo, ni una hamaca nueva conforme lo requerían las costumbres guaraníes, pero allí estaba él, con unos pulmones potentes, como potente era su llanto.
-¿Qué sucedió?, el niño no es que venía de pie conforme me lo había dicho el médico.
-Mire Eugenia, hasta que no llega la hora, uno no puede saber que hacen estos bandidillos dentro del vientre-, me contestó Mimbi, -la mayoría se acomoda para ver la luz.
-¿Y si no lo hacen?
-No piense en eso ahora, disfrute de este hijo maravilloso que reclama comida.
Se prendió de mi pecho de inmediato y de ese modo pude acallar ese chillido que pareció espantar hasta las ánimas. De inmediato pensé que su grito era por haber ganado la primera de las numerosas batallas que seguramente iba a tener que pelear en su vida. Era su modo de expresarse en ese momento.
Lo curioso fue que todo el parto fue observado con mucha atención, por una hermosa garza Mora que en su nido empollaba sus huevos. Me causó mucha gracias ya que pensé que lo estaba tomando con mucha más naturalidad que yo. 
Cuando pude, me levanté y con mi niño a cuestas, volvimos a la casa. Allí estaba esperándonos Arami, que al vernos, corrió a nuestro encuentro, tomó al niño y lo elevó hacia el cielo. Un rito que normalmente hace el padre, pero padre no había. Él ocupó ese lugar sagrado y pidió protección a los dioses para mi hijo. 
Yo no tenía ningún dolor, me acosté porque me lo exigieron, pero me sentía en perfecto estado. En ese momento me di cuenta del hambre que tenía, así que Mercedes me preparó mate cocido con leche y en la bandeja venían algunos bocadillos dulces que me hicieron recuperar las fuerzas.
Me dejaron a solas con mi bebé, en ese momento rememoré mi sueño con aquella mujer igual a la matrona, era evidente que en ese lugar me pasaban cosas que no tenían demasiadas explicaciones, cosas que jamás experimenté en otro lugar. Con el tiempo me acostumbré, ya que cada ida a Misiones, significaba algún contacto con esos espíritus que danzan en la selva y que esperan a ciertas visitas para hacerse notar.
En esa soledad le hablé a mi niño, le pedí perdón por esos tremendos sentimientos que tuve cuando me enteré que venía en camino, le conté que mi urgencia por vivir, por volver a tener sueños, me hicieron perder la razón, le expliqué que luego me di cuenta de que él calmaría mis urgencias y acunaría mis sueños, que con él me sentiría la mejor mujer del mundo, la que había optado por alejarse a tiempo del camino de la locura. Fue en ese momento que decidí que el niño llevaría el nombre de mi abuelo paterno, Manuel. Adoré a ese viejo que me hizo tan feliz de niña, suplí con él y con mi abuela, mis carencias afectivas con una naturalidad asombrosa. El día que murió, lo lloré como si hubiese sido a mi propio padre, realmente estaba contenta de poder volver a pronunciar ese nombre dentro de la familia. Él me había prohibido que le dijera abuelo, lo debía llamar por su nombre.
Antes de regresar a mi ciudad, volví a la selva, esa que me acogió como una gran sala de partos para tener a mi hijo, y allí lo bauticé. Junto a la laguna estaba la garza Mora rodeada de sus polluelos, debían tener sólo unos días. Observó el rito con un respeto y un silencio conmovedor. El agua de la laguna fue bendecida por los duendes de la selva y fue la que derramé sobre la cabeza de Manuel para que el gran espíritu acompañara a mi niño en la vida. 
Hoy él tiene veinte años y desde de que aprendió a caminar reclamó ir a la selva. Se sumó a Arami para ir a ese lugar en donde atiende Dios, Buenos Aires, y pedir se prohíba la tala que desnudó a los bosques, por el agua que ya no existe porque el hombre cambió su rumbo, por los animales que se extinguen porque los matan o huyen, en fin, por esa tierra que era el paraíso prometido, morada de los espíritus y de nuestros ancestros y que de a poco va desapareciendo.  


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