Caía la noche en Villa Rica cuando don Rudecindo Paredes, hijo del dueño de prácticamente todo el pueblo, pasó con su camioneta a toda velocidad por la puerta de mi casa, espantando de un modo brutal a las pobres batarazas que lentamente se dirigían al corral en busca de comida.
Si será bruto el mocito, le comenté indignada a mi madre.
Ella me dijo que quizás el muchacho andaría con algún apuro. Efectivamente,
luego nos enteramos que el padre, Jacinto Paredes Ezcurra, había sido atacado
por un puma que hacía más de tres meses acechaba al pueblo causando todo tipo
de destrozos y pérdida de animales.
Paredes, Melgarejo, Agapito Runez y Saavedra, habían salido la noche anterior de cacería y el puma casi se los comió a los cuatro. La gente del pueblo, al enterarse del ataque brutal del animal, se puso a disposición de las familias y mi madre no tuvo mejor idea que mandarme a mí como emisaria a lo de Paredes.
Paredes, Melgarejo, Agapito Runez y Saavedra, habían salido la noche anterior de cacería y el puma casi se los comió a los cuatro. La gente del pueblo, al enterarse del ataque brutal del animal, se puso a disposición de las familias y mi madre no tuvo mejor idea que mandarme a mí como emisaria a lo de Paredes.
––Rosarito, vaya a lo de don Jacinto y preste la ayuda
necesaria. Doña Rosita debe andar a las corridas. Acá le preparé arrope, patay
y un dulce de mamón que sé que a el señor le encanta.
––Mire mamá, le conozco las intenciones, Rudecindo jamás
se va a fijar en mí, es un mocito agrandado y anda tras las mejores polleras
del pueblo, a las que no les llego ni a los talones.
––Mija, si usted anda por la vida creyéndose menos, va a
ser menos. No puedo dejar de darle la razón en algo, hay muchachas muy bellas en
Villa Rica, pero usted sepa que no se queda atrás.
Y así partí por la mañana a la casa de los Paredes, con
mi canasta llena de presentes para don Jacinto. Me atendió Rosita, la hermana
del hombre herido que hacía cinco años había quedado viudo de doña Macarena,
una mujer asombrosa, traída de otros mundos.
Jacinto me hizo pasar a su cuarto y amablemente me pidió
que me sentara cerca de él. Preguntó por la familia, por mis estudios y sobre
una serie de temas que me asombraron. De repente le advertí un interés que
jamás había demostrado por mí, apenas me
saludaba cuando me lo cruzaba.
De regreso a casa, pensé muy ilusionada que Paredes hizo
tal indagación, porque había puesto sus ojos en mi persona por su hijo, el
soltero más codiciado de la región. Del almacén de don Falucho salió mi madre y
me atormentó con sus preguntas, “que si había visto a Rudecindo”, “si había
sido bien recibida”, “si Paredes agradeció los presentes” y otras que no
alcancé a escuchar porque aceleré el paso para que no me siguiera abrumando. De
todos modos me mandaba a diario a esa casa.
A los días, cuando llegaba del colegio, encontré a mi
padre saltando de alegría. Rudecindo nos había visitado y dejó una invitación a
la familia para la semana entrante. Se festejaría la completa recuperación de
su padre y la caza del puma que tanto daño causó en Villa Rica.
Las noches en mi pueblo eran mágicas, el olor a la
peperina mezclado con el rocío, nos creaba ese espacio para soñar que difícilmente
se encuentre en la ciudad. Saqué mi reposera y me senté al lado de un viejo
aromo, cerré los ojos y comencé a imaginar mi vida al lado de Rudecindo.
El problema era Ignacia, la hija de otro poderoso que le
había echado el ojo a mi príncipe, pero me atasqué en la imagen de don Jacinto,
que en cierta forma había puesto su mirada en mí y no en ella para su hijo. Para el heredero
debía buscarse una mujer de su casa, con fuerte disposición a las tareas
hogareñas, a ellos les gustaba ver a la señora cocinando, planchando, lavando y
atendiendo a sus amigos como a reyes. Y esa era yo, Ignacia no sabía ni lo que
era entrar a una cocina, ese recuerdo me apaciguó.
La noche del convite pareció vestirse de luceros para
engalanar la fiesta. Mi madre se puso su vestido floreado, con el que sale en
todas las fotos, es decir, el único que tiene para esas ocasiones, papá la
bombacha beige con una camisa al tono y un pañuelo en el cuello que le daba una
prestancia particular.
Mis hermanos, para no desentonar, lucieron sus mejores
galas, y yo, la elegida, escogí mi pollera amarilla, chatitas blancas que hacía
juego con una blusa de broderie hecha por mi madre y que me quedaba
pintada.
Como no contamos más que con caballos para movernos de la
casa, nos fuimos caminando ese kilómetro que nos separaba de lo de Paredes. Las
camionetas pasaban por las calles de tierra a mucha velocidad lo que hacía
levantar una polvareda infernal que de a poco nos iba desluciendo. Pero ya
estábamos acostumbrados a llegar de un modo distinto al que salíamos, bastaba
una sacudida al entrar y ya.
Al llegar, don Jacinto tuvo la amabilidad de esperarnos
en la tranquera y en su auto nos trasladó hasta el casco de la estancia. Se lo
veía en muy buen estado y excesivamente arreglado para las costumbres del
pueblo. Cuando bajamos del coche, hizo a un lado a mis padres y comenzó a
hablar con ellos. Supuse que le estaba pidiendo mi mano para su hijo.
Vi a mi padre palidecer y a mamá a punto de desmayarse.
Luego de unos minutos pintaron su mejor sonrisa en la cara y nos adentramos en
la mansión.
––Mamita, ¿le pidió mi mano?
––Sí Rosarito, pidió su mano.
––Bueno, entonces cambie la cara, ¿no es lo que usted
quería?
––No precisamente mi niña, pidió su mano para que se case
con él.
––¿Con don Jacinto?
––Sí.
––¿Y usted que le dijo?
––Rosarito, es usted la que debe decidir y así se lo
transmitimos con su padre.
––En qué lío me han metido. Tiene la edad de papá.
––Pero no es su papá mi niña. La última palabra la tiene
usted.
Debía pensar muy bien qué hacer. Desairar a Paredes no
era cosa fácil y casarme con él me parecía una locura. Durante la reunión
comencé a prestarle atención, algo que jamás había hecho, ya que por su edad jamás
me lo hubiera permitido, podía ser mi padre. Tendría unos cuarenta años, yo
dieciocho, mucha diferencia pero debo reconocer que él no representaba esa edad.
Alto, cabellos dorados por el sol con
algunas canas en las sienes, y muy
bellos ojos, de un color azul profundo con los que debió haber hecho suspirar a
más de una mujer. Nada mal.
Rudecindo salió a él, hermoso muchacho que esa noche no
tenía ojos más que para mi hermana menor de dieciséis años. O sea que por ese
lado no debía abrigar ningún tipo de expectativas.
Cuando largaron con la música, don Jacinto me sacó a
bailar, ni bien puso su mano en mi cintura, comencé a temblar como una hoja. Me
penetró con esos ojos llenos de mar y de esperanza, y en menos de un segundo
fuimos uno al compás de una canción lenta que invitó a bajar las luces del
inmenso parque. Allí me declaró su amor y me pidió matrimonio. Él, en cierta
forma, ya me había hecho suya, era imposible decir que no a esa mirada llena de
evocaciones juveniles que seguramente yo le despertaba, de ansias contenidas vaya a saber por cuanto tiempo y por sobre todo, cómo se podía decir que no al único hombre que pudo encerrar el cielo en sus ojos.
Llevo casada con Jacinto diez años, tenemos dos hijos
y jamás creí que la vida me sorprendería con un alma tan compatible con la mía,
llena de una madurez cautivante que con su dulzura, amor y respeto, me ordenó
la inexperiencia y me demostró que la edad no cuenta cuando encontramos a ese
ser que Dios destinó para nosotros.
Hoy soy madrastra y cuñada de Rudecindo, él se casó con
mi hermana y casi diría que son tan felices como nosotros. En abril nace mi
sobrino…o vendría a ser mi nieto…, que se yo... no importa, son sólo rótulos.
Qué hermoso cuento Amanda! Me gusta este tipo de relato tuyo. Tiene ternura y está muy bien ambientado. Felicitaciones.
ResponderEliminarGracias amiga, tus elogios me hacen tener las fuerzas para seguir remando en el mundo de las letras. Un abrazo.
ResponderEliminarHermosa historia y la llevas con genialidad, haciendome situar y vivirla en nuestros pasos criollos, felicitaciones.
ResponderEliminarGracias Shoin, te mando un beso con sabor a peperina y un abrazo con aroma a piquillín.
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