Me desperté sobresaltada, Ramiro no estaba a mi lado, pensé
que ya se había levantado para ir a trabajar. Volví a acurrucarme en la cama y
me quedé profundamente dormida.
Un ruido me despertó a las doce del medio día. Salté de la
cama, mi esposo volvía a las dos de la tarde y yo no tenía ni idea de lo que le
iba a dar de comer.
Tomé un café y abrí la heladera, pelada estaba la pobre, no
había nada que me sacara del paso. Corrí hacia una de las alacenas, encontré un
paquete de espaguetis y una lata de tomates. Tema resuelto.
Tomé una ducha rápida y me puse bonita para sorprender a
Ramiro. Mientras esperaba a que hirviera el agua, improvisé el postre, unos
pinchos con dulce de membrillo y queso brie, uno de sus favoritos.
A las dos en punto, tenía la mesa puesta y la comida lista.
Corté rodajas de pan francés y las puse a tostar, sabía que eso a él lo volvía
loco, las untaba con manteca aromatizada con hierbas antes de servirse el plato
principal.
Suele ser muy puntual, pero a veces el tránsito se complica
y puede demorar unos minutos. Al cabo de media hora comencé a impacientarme. Lo
llamé a su celular y no me respondió. Cuando insistí me pareció escucharlo en
mi cuarto, efectivamente, allí estaba. Pensé que se lo había olvidado, cosa que
jamás había ocurrido. Comencé a desesperarme a eso de las tres y media de la
tarde. Llamé al trabajo y tampoco me atendieron, pero estaba claro que a esa
hora no encontraría a nadie. Cierran para almorzar y abren a las cuatro de la
tarde.
A esa hora volví a insistir y nada. Un fuerte dolor de
cabeza estaba comenzando a ponerme más nerviosa de lo que me encontraba, tomé
un calmante y me recosté con la idea de insistir en el trabajo luego de unos
minutos.
El calmante hizo efecto a los quince minutos, de a poco
comenzó a disiparse la jaqueca, no dejó de ser un alivio. Mis migrañas suelen
ser bastante complejas, jamás encontraron el motivo por el que siempre vienen
acompañadas de síntomas poco agradables.
Sonó el teléfono, era mi madre. En ese momento no quise
asustarla así que no le comenté respecto de mi preocupación hasta no volver a
llamar a la oficina.
––¿Cómo estás hija?
––Bien mamá. ¿Y vos cómo andás?
––Si vos estás bien yo también, me has tenido preocupada
este último tiempo y me alegra que te sientas mejor.
No entendí muy bien a lo que se refería mi madre, pero como
ya había comenzado con algunos síntomas de una incipiente demencia senil, le
seguí la corriente.
––No tenés de qué preocuparte, acá todo anda de maravillas.
Del otro lado se hizo un silencio interminable, tan es así que
pensé que se había cortado la comunicación, pero no, luego de unos segundos me
dijo:
––¿Te molestaría si te voy a visitar esta tarde?
––Hoy no mamá, estoy a punto de salir, voy a la peluquería.
––¿A la peluquería?
––Sí mamá, a la peluquería.
––Bueno Marcelita, te visito mañana.
––De acuerdo mamá, te espero mañana.
Una conversación poco coherente como las últimas mantenidas
con mi madre. Tenía que acostumbrarme a eso y a más, pero me costaba.
Una vez que corté con ella volví a llamar al trabajo, esta
vez me atendieron.
––Carolina, soy Marcela.
––Qué gusto escucharte Marcela, ¿cómo estás?
––Un poco preocupada, Ramiro no vino a almorzar y se dejó
el celular en casa, es por eso que te molesto.
––No es molestia Marcela. Puede que tu marido haya ido con
Rosales a una reunión que tenían con unos franceses y seguramente se encuentre
demorado.
––Me dejás más tranquila. Decile que apenas llegue me
llame. ¡Ah! y avisale que su celular está acá.
––Está bien, se lo digo.
La noté medio cortada, Carolina siempre es muy cariñosa
conmigo, esta vez no lo fue. Como soy medio paranoica, comencé a hacerme una
película. Para despejar mis dudas, hice algo que en otro momento no me hubiera
animado a hacer. Tomé el celular de mi marido y me puse a revisar los mensajes.
Estaba con la batería agotada, mi llamado debe haber extinguido el último
aliento del aparato. Lo puse a cargar y cuando resucitó,
comencé a revisar los números agendados y los mensajes que estaban guardados.
Nada, todo dentro de lo normal, salvo por el hecho de que el último mensaje
recibido era uno mío de hacía más de una mes. Eso me puso contenta, era un
texto en donde le decía cuánto lo amaba, ese día habíamos tenido una discusión
estúpida y yo me arrepentí por haberlo peleado. Él lo guardó, es un dulce me
dije.
A la hora aproximadamente escuché que alguien abría la
puerta de calle. Pensé que era Ramiro, supuse que después de la reunión volvía
a casa. Salté de la cama y salí corriendo a recibirlo. En la entrada me topé
con mamá. No recordaba haberle dado llaves de la casa, pensé que tal vez
lo había hecho mi esposo.
––¿Qué hacés acá?, dijiste que venían mañana.
––Me llamó Carolina, me dijo que llamaste buscando a
Ramiro.
––¡Perdón!, ¿Carolina te llamó?, qué se piensa esa chica,
no la entiendo, aunque debo decirte que la noté un poco rara.
––Marcela, sentate, quiero conversar con vos unos minutos.
Estaba muy seria y no se la notaba perdida ni desconectada,
me asusté, así que me senté a su lado, le tomé las manos y le dije:
––Te escucho mamá.
––¿Estás tomanado la medicación que te dio el médico?
––¿De qué medicación me hablás?
––Marcela, escuchame bien, el doctor Arriola te dijo que si
no la tomabas, esto podía pasar.
––Esto qué…
En ese punto mamá comenzó a llorar, algo no andaba bien y
yo no lo estaba advirtiendo. Ahí me di cuenta que seguía con los síntomas de su
enfermedad y lo que en un principio me pareció coherencia no lo era. Preocupada
pero con toda las precauciones del caso, le dije que la llevaría al médico.
Ella no se resistió, nunca lo hacía. Me cambié y ya a punto de salir se me hizo
una laguna, no recordaba la dirección de su médico.
––¿Mamá cómo se llamaba el doctor que te atiende?
––Marcela llevame a la Clínica San José
y allí lo encontraremos.
Comencé a sentirme desorientada, la demente parecía yo y no
ella, ya me habían dicho que a veces la locura es contagiosa. Me guió hasta el
lugar y de verdad no pude reconocerlo, comencé a preocuparme. Me pregunté si
ese no sería otro de los síntomas que acompañaban a mis migrañas.
Entramos, nos anunciamos y esperamos a que nos llamaran
para entrar al consultorio. La espera no fue larga, a los pocos minutos
estábamos sentadas frente al médico. Lo reconocí y me desmoroné. Allí recordé
todo.
Hacía un mes, diez días y doce horas que Ramiro había fallecido
en un accidente automovilístico. Cuando la policía me lo comunicó, perdí el
conocimiento. Estoy en tratamiento psiquiátrico desde entonces y el episodio de
ese día llevó a que me internaran. Acepté cuando Arriola me dijo: ––Marcela, la
permanente negación con el tiempo conduce a la locura ––. No podía darme ese permiso, mamá me necesitaba.
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