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sábado, 4 de octubre de 2014

MIS DÍAS SIN VOS...

tristeza sin ti

Me desperté sobresaltada, Ramiro no estaba a mi lado, pensé que ya se había levantado para ir a trabajar. Volví a acurrucarme en la cama y me quedé profundamente dormida.
Un ruido me despertó a las doce del medio día. Salté de la cama, mi esposo volvía a las dos de la tarde y yo no tenía ni idea de lo que le iba a dar de comer.
Tomé un café y abrí la heladera, pelada estaba la pobre, no había nada que me sacara del paso. Corrí hacia una de las alacenas, encontré un paquete de espaguetis y una lata de tomates. Tema resuelto.
Tomé una ducha rápida y me puse bonita para sorprender a Ramiro. Mientras esperaba a que hirviera el agua, improvisé el postre, unos pinchos con dulce de membrillo y queso brie, uno de sus favoritos.
A las dos en punto, tenía la mesa puesta y la comida lista. Corté rodajas de pan francés y las puse a tostar, sabía que eso a él lo volvía loco, las untaba con manteca aromatizada con hierbas antes de servirse el plato principal.  
Suele ser muy puntual, pero a veces el tránsito se complica y puede demorar unos minutos. Al cabo de media hora comencé a impacientarme. Lo llamé a su celular y no me respondió. Cuando insistí me pareció escucharlo en mi cuarto, efectivamente, allí estaba. Pensé que se lo había olvidado, cosa que jamás había ocurrido. Comencé a desesperarme a eso de las tres y media de la tarde. Llamé al trabajo y tampoco me atendieron, pero estaba claro que a esa hora no encontraría a nadie. Cierran para almorzar y abren a las cuatro de la tarde.
A esa hora volví a insistir y nada. Un fuerte dolor de cabeza estaba comenzando a ponerme más nerviosa de lo que me encontraba, tomé un calmante y me recosté con la idea de insistir en el trabajo luego de unos minutos.
El calmante hizo efecto a los quince minutos, de a poco comenzó a disiparse la jaqueca, no dejó de ser un alivio. Mis migrañas suelen ser bastante complejas, jamás encontraron el motivo por el que siempre vienen acompañadas de síntomas poco agradables.     
Sonó el teléfono, era mi madre. En ese momento no quise asustarla así que no le comenté respecto de mi preocupación hasta no volver a llamar a la oficina.
––¿Cómo estás hija?
––Bien mamá. ¿Y vos cómo andás?
––Si vos estás bien yo también, me has tenido preocupada este último tiempo y me alegra que te sientas mejor.
No entendí muy bien a lo que se refería mi madre, pero como ya había comenzado con algunos síntomas de una incipiente demencia senil, le seguí la corriente.
––No tenés de qué preocuparte, acá todo anda de maravillas.
Del otro lado se hizo un silencio interminable, tan es así que pensé que se había cortado la comunicación, pero no, luego de unos segundos me dijo:
––¿Te molestaría si te voy a visitar esta tarde?
––Hoy no mamá, estoy a punto de salir, voy a la peluquería.
––¿A la peluquería?
––Sí mamá, a la peluquería.
––Bueno Marcelita, te visito mañana.
––De acuerdo mamá, te espero mañana.
Una conversación poco coherente como las últimas mantenidas con mi madre. Tenía que acostumbrarme a eso y a más, pero me costaba.
Una vez que corté con ella volví a llamar al trabajo, esta vez me atendieron.
––Carolina, soy Marcela.
––Qué gusto escucharte Marcela, ¿cómo estás?
––Un poco preocupada, Ramiro no vino a almorzar y se dejó el celular en casa, es por eso que te molesto.
––No es molestia Marcela. Puede que tu marido haya ido con Rosales a una reunión que tenían con unos franceses y seguramente se encuentre demorado.
––Me dejás más tranquila. Decile que apenas llegue me llame. ¡Ah! y avisale que su celular está acá.    
––Está bien, se lo digo.
La noté medio cortada, Carolina siempre es muy cariñosa conmigo, esta vez no lo fue. Como soy medio paranoica, comencé a hacerme una película. Para despejar mis dudas, hice algo que en otro momento no me hubiera animado a hacer. Tomé el celular de mi marido y me puse a revisar los mensajes. Estaba con la batería agotada, mi llamado debe haber extinguido el último aliento del aparato. Lo puse a cargar y cuando resucitó, comencé a revisar los números agendados y los mensajes que estaban guardados. Nada, todo dentro de lo normal, salvo por el hecho de que el último mensaje recibido era uno mío de hacía más de una mes. Eso me puso contenta, era un texto en donde le decía cuánto lo amaba, ese día habíamos tenido una discusión estúpida y yo me arrepentí por haberlo peleado. Él lo guardó, es un dulce me dije.
A la hora aproximadamente escuché que alguien abría la puerta de calle. Pensé que era Ramiro, supuse que después de la reunión volvía a casa. Salté de la cama y salí corriendo a recibirlo. En la entrada me topé con  mamá. No recordaba haberle dado llaves de la casa, pensé que tal vez lo había hecho mi esposo. 
––¿Qué hacés acá?, dijiste que venían mañana.
––Me llamó Carolina, me dijo que llamaste buscando a Ramiro.
––¡Perdón!, ¿Carolina te llamó?, qué se piensa esa chica, no la entiendo, aunque debo decirte que la noté un poco rara.
––Marcela, sentate, quiero conversar con vos unos minutos.
Estaba muy seria y no se la notaba perdida ni desconectada, me asusté, así que me senté a su lado, le tomé las manos y le dije:
––Te escucho mamá.
––¿Estás tomanado la medicación que te dio el médico?
––¿De qué medicación me hablás?
––Marcela, escuchame bien, el doctor Arriola te dijo que si no la tomabas, esto podía pasar.
––Esto qué…
En ese punto mamá comenzó a llorar, algo no andaba bien y yo no lo estaba advirtiendo. Ahí me di cuenta que seguía con los síntomas de su enfermedad y lo que en un principio me pareció coherencia no lo era. Preocupada pero con toda las precauciones del caso, le dije que la llevaría al médico. Ella no se resistió, nunca lo hacía. Me cambié y ya a punto de salir se me hizo una laguna, no recordaba la dirección de su médico.
––¿Mamá cómo se llamaba el doctor que te atiende?
––Marcela llevame a la Clínica San José y allí lo encontraremos.
Comencé a sentirme desorientada, la demente parecía yo y no ella, ya me habían dicho que a veces la locura es contagiosa. Me guió hasta el lugar y de verdad no pude reconocerlo, comencé a preocuparme. Me pregunté si ese no sería otro de los síntomas que acompañaban a mis migrañas.
Entramos, nos anunciamos y esperamos a que nos llamaran para entrar al consultorio. La espera no fue larga, a los pocos minutos estábamos sentadas frente al médico. Lo reconocí y me desmoroné. Allí recordé todo.
Hacía un mes, diez días y doce horas que Ramiro había fallecido en un accidente automovilístico. Cuando la policía me lo comunicó, perdí el conocimiento. Estoy en tratamiento psiquiátrico desde entonces y el episodio de ese día llevó a que me internaran. Acepté cuando Arriola me dijo: ––Marcela, la permanente negación con el tiempo conduce a la locura ––. No podía darme ese permiso, mamá me necesitaba.

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