El trayecto fue largo y tortuoso, me pareció que jamás
llegaría. Uno a los viajes los planifica de antemano, tratando de dejar todo en
orden para que cuando llegue el momento, no nos sorprendamos con eso que
siempre falta. Si bien era un destino esperado, me tomó por sorpresa, hasta
diría que fue repentino.
A medida que me acercaba al lugar, el cansancio iba
desapareciendo, pienso que era la consecuencia de ese deseo de bajar del
transporte y estirar las piernas, por largo tiempo las sentí entumecidas.
La gente que viajaba conmigo era extraña, una mezcla rara,
había gente mayor, algunos niños y también muchos de mi edad. Lo que me
sorprendió fue que casi todos lo hacían solos.
Cuando avisaron que faltaban cinco minutos para el arribo,
todos sentimos un gran alivio. Comencé a buscar mis pertenencias y no las
encontré, ––me robaron –– fue lo primero que pensé. Quise acercarme al
conductor para protestar y ya no estaba, la gente se atropellaba por bajar, así
que debí hacerme a un lado.
Esperé a que todos descendieran con la ilusión de encontrar
mis cosas, pero fue en vano, habían desaparecido. A través de la ventanilla vi
a mamá, estaba con sus brazos levantados saludando con una sonrisa que no le
cabía en la cara. Verla me hizo olvidar de todo, tampoco era mucho lo que me
había desaparecido.
Cuando bajé, ella corrió a mi encuentro y nos fundimos en
un interminable abrazo.
––Se te ve espléndida mamá.
––A vos también hija, no sabés cuánto te he extrañado.
––Yo a vos también mamá, te fuiste sin avisar, nos dejaste
muy angustiados.
––En unos minutos vas a entender todo. Ya estamos juntas,
ahora a disfrutar.
––Contame cómo estás.
––Muy bien, con tu padre te estábamos esperando. Vamos
rápido, sabés que se impacienta si nos demoramos.
Salimos las dos de la terminal y nos dirigimos a su nuevo
hogar. Recorrimos unos pocos kilómetros y llegamos a un prado cubierto de
margaritas, y ya desde la ruta se podía ver la casa. Blanca con tejas
coloradas, igualita a la que teníamos cuando éramos chicos.
Somos tres hermanos, dos mujeres y un varón, yo soy la más
grande. Qué felices fuimos en esa casa, creo que es por eso que hicieron una
réplica.
Cuando papá nos vio llegar, salió corriendo a encontrarse
con nosotras, se lo veía tan joven, tan saludable, ése era el mayor premio que
me podían dar en ese momento, mis padres sanos, fuertes y con una alegría
indescriptible.
––Qué gusto verte hija, esta distancia ha hecho darme
cuenta de lo mucho que los quiero a vos y a tus hermanos.
––Papá, a nosotros no nos ha hecho falta ninguna distancia
para saber que nos amás. ¡Te ves tan bien!
––Estoy muy bien. Esto es una verdadera sorpresa, no te
esperábamos tan pronto.
––A este viaje no lo tenía planeado. Se presentó de repente.
Si bien no puedo decir que haya sido de un día para el otro, no pensé que se
diera tan rápido.
Nos sentamos en la sala y comenzamos a recordar viejos
tiempos, mamá preparó el té y sentados frente al hogar con leños recién
encendidos, comenzaron a brotar de nuestros recuerdos miles de anécdotas de
cuando con mis hermanos éramos chicos.
Volver a casa era lo más maravilloso que me estaba pasando.
A mi padre hacía quince años que no lo veía y a mamá cinco. Se separaron por
diez años, pero finalmente estaban de nuevo unidos, se amaban y no tenían otra
forma de concebir sus existencias sin estar juntos.
La vida o lo que sea, a veces se ocupa de separar a las
familias sin darnos mayores explicaciones. Cuando papá se fue, una soledad muy
grande ocupó mi alma, era mi amigo, mi compañero de travesuras, mi confidente. Con
su partida conocí el verdadero sonido del silencio. Recuerdo haber llorado
meses pidiendo que volviera, que lo sucedido fuese un sueño, pero cada
despertar me indicaba que él no estaba, y yo no sabía si algún día lo volvería
a ver. En ese lapso me casé y no vino para llevarme al altar, tuve a mis hijos
y tampoco vino a conocerlos, enfermé de gravedad y no estaba a mi lado para
darme fuerzas. Fueron quince años de una ausencia que la sentí del mismo modo
desde que se fue hasta que lo ví parado allí, esperando a darme un
abrazo.
Me refugié en mi madre, la que creo enloqueció por su
ausencia. La pobre sacó fuerzas de donde pudo y nos ayudó a seguir mirando la
vida con optimismo, pero el peso de la partida de papá ahogaba todo
intento.
Un día mamá enfermó gravemente y nos explicó que el único
modo de curarse era al lado de mi padre, nos sorprendió la determinación con la
que lo dijo. Lo que nunca nos imaginamos fue que ella también nos iba a
abandonar. Una mañana, al levantarnos nos dimos cuenta que se había ido. Eso
nos enojó mucho, nos cansamos de preguntarle a Dios por qué los padres
abandonan a los hijos cuando éstos más los necesitan, aunque a decir verdad fue
una pregunta estúpida, ya que uno los necesita siempre y nunca es tiempo para
que nos dejen solos.
Muchas cosas pasaron y no las pudimos compartir con ellos.
Eso nos ocasionaba un dolor indescriptible. Miles de veces nos preguntamos si
mamá encontró a papá, supusimos que sí, pero sin ningún fundamento sólido,
también nos preguntamos si ellos nos extrañarían tanto como lo hacíamos
nosotros.
El tiempo pasaba y al menos en mi mente se me iban
desdibujando, pude recuperar sus caras por las fotos que por descuido nos
dejaron, lo que no podíamos recuperar era la voz, y eso nos desesperaba. A papá
no lo vi envejecer, se fue cuando era muy joven, a mamá sí, pero después de
todo ese tiempo no sabía cómo se vería su cara, su cuerpo.
A veces, cuando me encontraba sola en mi casa, me daba la
impresión de sentir los pasos de mi madre, recorriéndola. Ante ciertos eventos
recordaba la sonrisa de papá, pícara y cómplice, pero en segundos se
esfumaba.
––Hija, este encuentro te debe servir para darte cuenta que
de qué se trata la vida. Ella es sólo un puente que cada uno atraviesa como
puede. Las separaciones son siempre momentáneas y de lo único que debemos estar
seguros es de que a ese puente todos lo atravesamos en distintos tiempos y bajo
distintas circunstancias. No existen los abandonos, tomalo como espacios
pasajeros que nos separan por un tiempo más corto del que nos imaginamos. Yo
nunca pensé que nos encontrarías tan pronto, ––dijo mi madre.
––Yo tampoco mamá, todo fue muy repentino. Te juro que lo
único que quisiera ahora es que los que dejé en el mundo de los vivos supieran
lo hermoso que es esto y de ese modo se sientan tranquilos. Si esto es el
cielo, los que se ocuparon de contarnos de qué se trataba, no sabían de lo que
hablaban, esto es superlativo. ––Y aún no has visto nada, con respecto a los que se quedan
en el mundo de los vivos, no te preocupes, esas piedras, como por ejemplo las
ausencias a las que vos llamás abandono, que se nos pone en el camino, no son
más que guías que nos sirven para que no nos separemos del camino que nos
conduce a este lugar. Algo así como un mapa de ruta.
Cuando pude entenderlo, comencé a gozar del paraíso que se
nos prometió al nacer. Me quedé tranquila, porque los que quedaron estaban bien, sabía que me extrañarían, pero el tiempo es un gran sanador y también sabía que tarde o temprano todos estaríamos nuevamente juntos celebrando el amor.
Bueno después de un tiempo retirado del mundo de los blog y por motivos de mi viaje a casa, ahora vuelvo para leer tu blog y cuando lo abro me encuentro con éste relato que no solo es genial si no que me toca profundamente, como imagino lo hace con vos. No te imaginas las veces que he viajado con la imaginación a ésa casa para encontrar a los viejos, realmente no sé si será así pero el revivirlo aunque sea con la imginación (que es magia) es como estar con ellos. Gracias, gracias y gracias.
ResponderEliminarSí, la verdad es que hay momentos en que los extraño mucho, será que cuando tenemos algunos problemas nos volvemos chiquititos y necesitamos ese nido contenedor de nuestros padres. Suguro va a ser así, al menos soñando con eso se me va el miedo a partir!!!!
ResponderEliminarRelato de conmovedora belleza...
ResponderEliminarMuchas gracias!!!!
ResponderEliminar