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jueves, 30 de abril de 2015

LA VIDA DESDE ABAJO

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¡Era tan duro mirar la vida desde abajo!, y no lo digo en sentido figurado. Cuando nací entraba en una caja de zapatos, era tan pequeñita que hasta la ropa de las muñecas me quedaba grande. Una preciosura decía mi madre, y mi padre solo me miraba, creo que se quería convencer de que a él eso no le estaba sucediendo.
Con el paso de los meses los médicos diagnosticaron una enfermedad incurable llamada acondroplasia, lo que vulgarmente se llama enanismo. Si contundente era su nombre, no se imaginan lo que fue para mis padres escucharlo. Por supuesto que de eso no tengo memoria, a Dios gracias, todo me fue contado por mi abuela paterna para justificar ciertas actitudes incomprensibles de mi padre.
Según ella me dijera, él sufrió de un modo atroz, era su primogénita y ese percance le quitó las ganas de seguir teniendo hijos. Hace cincuenta años no había forma de remediar el mal, hoy en cambio existen intervenciones quirúrgicas que a uno le pueden hacer ganar centímetros, pero para mí ya es tarde, que les puedo decir, no tengo ganas de cambiar lo que en mi caso, fue el aprendizaje más grande que tuve en la vida.   
Dicen que la enfermedad se presenta en uno de cada veinticinco mil niños vivos, en eso no debo quejarme, salí sorteada ganando de ese modo la confirmación de las estadísticas médicas. Pero también tuve otras ventajas, siempre era la primera en la fila del colegio, me sentaba en el primer asiento, muy cerca de la seño, mamá me llevó a upa hasta casi los once años, edad en la que comencé a juntar kilos que hacían imposible que la pobre siguiera cargándome.
Yo no sé si el hecho de bajarme de los brazos de mi madre me hizo pisar finalmente la realidad o esa realidad me cacheteó ferozmente en los comienzos de una adolescencia que sumó un sinfín de dolores que tibiamente venía acumulando en una mochila que resultaba pesada para mi estatura. 
Dolores que mirados hoy pierden relevancia, pero que en su momento me sacudieron hasta la última de las fibras de mi reducido cuerpo. Tengo en el libro de mi haber, incontables anécdotas tan bizarras que algunas valen la pena ser contadas.
Recuerdo que cuando mi madre me anotó en la escuela primaria y tuvimos una entrevista con la directora, porque al ser diferente obtuve el extraño privilegio de tener una audiencia que ningún otro alumno tenía, ella nos comenzó a marcar los “inconvenientes” que aparejaba mi pequeñez. Visto desde mi perspectiva, no dejaba de ser un honor que ella me recibiera. Era una mujer extraordinaria, hizo lo imposible por hacerme sentir bien, emitiendo desde su asombro una serie de  dislates, perdonables puesto que su intención era la mejor. Primer problema: el uniforme. Ellos tenían una fábrica que se los proveía y que por supuesto lo fabricaban en serie conforme los talles, de ese modo salían más baratos para los padres, pero el mío era algo especial según ella lo dijo, tenía que ser hecho a medida, por lo que nos recomendó una modista que le arrancó la cabeza a mamá con el precio, pero nos ahorramos algo en la cantidad de tela. Ni qué hablar de los zapatos, mocasines, que de mi tamaño no los había y no podían hacer excepciones, porque según dijo, esa era la puerta de entrada a otras peticiones del resto de los padres que no podían ser toleradas por la escuela. Conseguimos un zapatero que prometió hacer una obra de arte, y sí, lo hizo. Amé a esos zapatos y como no crecía lo usé por más años de los que usualmente lo hacen los niños “normales”.
Pero eso pasó a ser sólo una anécdota al lado de lo que me tuve que enfrentar el primer día de clases. Mis compañeros me miraron como a un bicho raro, entre risitas y caras de asombro, ocupé mi lugar en el primer banco de la fila. Todo me quedaba grande, mis pies no alcanzaban el suelo y así comencé a flotar en el aula y en la vida. Los recreos eran dignos de una película de terror, decenas de niños mirándome y murmurando entre ellos vaya a saber Dios qué cosas. Todo fue cambiando con el tiempo, creo que se acostumbraron a mi presencia pequeñita y dejé en algún momento de ser una novedad. Me costó hacer amigas, sin embargo, y con muchos artilugios de mi parte lo logré.
Si bien obtuve el mejor promedio durante varios años, jamás pude ser abanderada, imagínense que con noventa centímetros, era imposible sujetar una bandera y tampoco era cuestión de hacer también una a mi medida. Izar o arriar la enseña patria, imposible, el aparejo quedaba muy alto como para que yo pudiera alcanzarlo. Eso sí, en los actos del colegio siempre había un lugar para mí cuando se hacían las famosas obras teatrales, yo era el Niñito Jesús, la hija menor de alguna compañera que hacía de mamá, hasta una vez fui el Pato Donald, personaje principal de una obra infantil.
Pero un día terminó el colegio y yo ya no quise saber más nada de seguir estudiando, sentía que era demasiado esfuerzo encontrar la aprobación de todo el mundo y que me trataran como a un ser normal. Yo soy normal, salvo que me encuentro en un cuerpo demasiado pequeñito. Sí, tuve la loca idea de trabajar, ahí me topé con uno de los dolores más grandes, en ningún lugar había espacio para una enana, el mundo estaba hecho para los altos, solo el circo era para los enanitos. Entonces me dije por qué no, quizás allí encontrara esa oportunidad que me estaba siendo negada.
Cierta vez, pasó por la ciudad uno de los circos más famosos del país y buscaban gente de la zona para trabajar, pero no como artistas sino como armadores de la carpa y cuidadores de los animales. Fui lo mismo, no perdía nada con intentar. Me atendió uno de los dueños y al ver mi pequeñez quedó alucinado. El enano del circo me llevaba más de una cabeza, era varón y no le cayó mal la idea de tener una pareja de chiquitines. Quedé contratada, lo que significó que debía convertirme en una trotamundo, idea que me llenó de felicidad. Mi madre casi muere de tristeza, en mi padre vi una cara de alivio que me destrozó el corazón, pero lo entendí, no le había sido fácil al pobre cargar con mi pequeñez por tantos años y encima privarse de tener más hijos por temor a que todos le salieran enanos.
En ese circo fui una más dentro de la inmensa variedad de personas especiales. Había un hombre que pesaba más de doscientos kilos y la hazaña era competir con alguien del público para ver si le ganaban comiéndose una torta entera de chocolate, pequeño favor le hacían al pobre. Había una mujer con una edad por nadie sabida, que tenía una enfermedad llamada Hiperlaxitud Articular y era la contorsionista, que cada dos por tres terminaba lesionada ya que su arte no provenía de un entrenamiento sino de un mal que hacía frágiles sus articulaciones. La infaltable mujer barbuda que sufría de Hirsutismo una especie de desorden hormonal que le cargaba de bellos el rostro. También el hombre elefante con su cara llena de tumores que de verdad lo hacían monstruoso, creo que sufría mucho más que yo el pobre, y la gente era con el que más se reía porque le hacían hacer cosas tremendas. Luego estaban las bellas, las trapecistas, las bailarinas y otras figuras envidiables por sus cuerpos y belleza.  
Al estar en ese medio y ver tanta desgracia junta, me di cuenta de que nadie me prestaba atención, los lindos porque estaban acostumbrados a ver gente extraña y los extraños porque ya bastante tenían con sus problemas. Fue entonces que a fuerza de ser casi invisible para los demás, comencé a ver a través de mis propios ojos y no a través de los que lo demás veían de mí. Para esto ya había perdido muchos años entre el sufrimiento y la incomprensión, a veces también por la maldad fruto de la ignorancia de mucha gente. Pero el hecho de mirarme a través de mis ojos produjo un click en mi cabeza, por fin dejaba de lamentarme por mirar desde abajo y comencé a crecer del único modo en el que podía. Me hice grande a través de cultivar precisamente todo lo grande que había dentro de mí. Hasta llegué a casarme con un muchacho que medía un metro cuarenta y cinco, de ese modo zafó de ser enano pero jamás perteneció al mundo de los altos. No nos unió el espanto sino el amor. Con mucho temor tuvimos dos hijos, a los que hoy con un infinito placer miramos desde abajo, sacaron la estatura de los abuelos, más de un metro setenta los dos.
Hoy puedo decir con orgullo, que nuestros hijos nos devolvieron todo eso que se nos privó por años, para ellos somos su orgullo y el ejemplo a seguir en la vida, ya que nuestro tesón los ayudó a no achicarse ante nada ni nadie. Todas estas experiencias nos dejó una gran enseñanza, la valía de un hombre no se mide por su tamaño físico, sino por la fuerza interior con la que se enfrenta a una vida que reparte como puede.                   

4 comentarios:

  1. Una prueba más de que las buenas esencias vienen en frascos pequeños, no pares de escribir porque es un bálsamo para tu alma y para quienes te leemos. Gracias.

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  2. Muy bueno, es cierto....gracias por tus comentarios Shoin, también son un bálsamo para mi alma. Un abrazo y hasta poquito!!!!!!

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  3. Todos tus escritos me parecen tan impredicibles que me mantiene pegadita hasta tu ultima palabra. Un concepto muy bello de vida, resumido en...."Me hice grande a traves de cultivar precisamente todo lo grande que habia dentro de mi"....Me encanto..Gracias!! y mas...mas!! :)

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  4. Gracias Tere, no sabés lo que me alienta saber que te gusta lo que escribo. Son esos besitos al corazón que los que escribimos necesitamos de vez en cuando, ese mimo del lector que no da su visto bueno. Un abrazo inmenso.

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