Cuando cae la noche en la Villa 1-11-14, situada en la Ciudad Autónoma de
Buenos Aires, justo al frente de la
Cancha de San Lorenzo en el Bajo Flores, mi mundo se
transforma. Cambian los sonidos, sus calles se hacen más transitadas, los
dueños del delito muestran sus caras, y la gente que trabaja trata de sacudir
la modorra del día porque para ellos, ése es el momento de salir a buscar el
sustento del día siguiente.
Cartoneros, prostitutas,
mujeres con varios hijos abandonadas por sus hombres, chicos que aún no
deberían haber dejado de jugar y los abuelos de nadie, como tantos otros que
conforman la geografía de mi barrio, esconden la vergüenza de la exclusión y
viven cuando los demás seres de esta tierra duermen. Como hormigas se desplazan
por esas calles angostas, de tierra y con olor a cloaca, en busca de las
sobras, de alguna dádiva, de la retribución por el sexo, y muchos de ellos de
la droga.
Si yo pudiera cambiarles la
ropa, las calles y la precariedad de las casas, no habría demasiada diferencia
con algunos de los que viven a la luz del día. Los unos y los otros se codean con las
mismas miserias, pero es la noche la que pareciera potenciarlas frente a los
ojos de los demás. Los unos y los otros a la hora conveniente, confluyen en
esas calles que son testigos de que en el fondo, nada difiere.He visto a la luz del día prostitutas finas, esas que visten como la más recatada de las damas, buscando a sus presas en lugares distinguidos, también vi miserias y miserables, ladrones, estafadores y traficantes como los que se mueven en la noche. Muchas veces me pregunté si a la vergüenza solamente la conocen los humildes.
Pero para ser justo con mi villa,
debo decir que en ella conviven también trabajadores, padres excepcionales, como el mío por ejemplo, gente a los que la suerte abandonó desde que pisaron esta tierra. De esa extraña mixtura para algunos incomprensible, un veinticuatro de diciembre nací yo.
Según contara mi padre, cuando
llegué a este mundo me envolvieron como al Niño Jesús, con trapos, en mi caso
no demasiados limpios ya que cometí el grave error de hacerme presente antes de
lo esperado. Mamá fue asistida por la partera de la villa, una gorda hermosa
que atendió los partos de la mayoría de los niños del lugar.
Mi precaria cuna, que no estaba
hecha de heno, consistió en un cajón de manzanas tapizado en su base con
algunos diarios para que no tuviera contacto con el piso de mi casa, que era de
tierra, y encima de los diarios, una vieja colcha que papá heredó de su familia. No hubo ni una
vaca ni un asno para darme calor, sí estuve rodeado por los perros callejeros
que a su modo me dieron la bienvenida, y desde afuera de mi casa, una vieja
yegua que mi padre tenía para que lo ayudara en ciertos quehaceres, observaba
el extraño evento. Jamás me visitaron los reyes magos, ya no digo los tres, ni
siquiera vino uno. A la estrella de Belén jamás la vi, pero hoy estoy
agradecido de no haber sufrido esas otras tantas cosas que Él debió padecer,
aunque hubo tiempos en los que casi a diario me sentí crucificado por la
injusticia.
Al que tuvieron que sacar mis
padres esa noche casi a los empujones, fue a Carlitos, el borracho, ya que a toda
costa quería tenerme entre sus brazos. La persuasión con él no funcionaba,
tenía quemado el hígado y el cerebro por la ginebra. Cuando yo cumplí los cinco
años, murió aplastado en la avenida por un colectivo de línea.
Ese pequeño universo fue el
que me acogió y me maduró con sus penurias. Gracias a mis padres, que se
rompieron el lomo para sacarme bueno, terminé la escuela secundaria. Me
cambiaron muchas veces de colegio cuando veían que la exposición de nuestra
miseria podía dañarme de alguna forma. Es por eso que no tuve amigos, no quería
entrar en confianza con alguno de mis compañeros ya que de hacerlo,
invariablemente venían las invitaciones a jugar en su casa, invitaciones que debían
ser correspondidas.
Una vez me enamoré de mi
maestra, la seño Cristina, una mujer muy joven comparada con las otras del
colegio. Alta, delgada y con una dulzura solamente comparable a la de mi madre.
Otra vez me enamoré de la dulce Carolina, una niña blanca como la nieve y con
ojos del color de la miel, no me cansaba de mirarla en las clases, pero sabía
que jamás me correspondería.
Otro cambio de colegio hizo
que mi dolor mermara, pero es el día de hoy que la llevo en mi corazón como uno
de mis mejores recuerdos.
Con los años pude entrar a la
universidad, yo quería ser médico. A los dos años tuve que dejarla ya que papá
murió y debí hacerme cargo de la casa, de mamá y mis hermanos.
Busqué un trabajo para el día,
recorrí cientos de lugares en los que no calificaba por mis estudios avanzados.
En otros también me bajaron el pulgar por no tener estudios universitarios
completos. En algunos lugares mentí para ver si así me tomaban, simplemente
ocultaba mis estudios, pero sucedía que siempre me pedían antecedentes y no los
tenía, jamás los pude lograr porque nunca conseguí un primer trabajo, ese que
me sacara de la calle y de la noche.
Comencé a cartonear con mis
vecinos y era esa noche la nos brindaba las mayores posibilidades. En varias
oportunidades terminé en la comisaría, ya que estaba prohibido andar por la
calle con animales, en ese sentido las villas de la provincia tenían mejor
suerte, quizás por falta de controles o porque las leyes no eran tan estrictas.
Muchas veces debí recurrir a las puertas de los restaurantes caros, para
esperar que sacaran la basura y cuando los de limpieza se retiraban, revolvía
las sobras que habían dejado los que tenía la posibilidad de concurrir a esos
lugares. De ese modo mis hermanos conocieron lo que era comer un buen lomo, o
un pedazo de costilla bien asada, también conseguía algunas pastas y trozos de
tortas que se peleaban por probar.
Miles de veces hablé para que
no tiraran la comida y me la dieran en una bolsa, “no es la política de la
empresa”, me contestaban invariablemente. Mucho tiempo después pude comprender
a esa “política”, no se querían arriesgar a que alguien los acusara por
intoxicarse con las sobras que regalaban , hecho que ya había sucedido.
De esas incongruencias me
nutrí desde pequeño, pero lejos de ser un resentido, luche para
poder salir de esa miseria que se estaba llevando también la vida de mi madre.
En una de mis tantas
recorridas nocturnas en busca de alimentos, a la salida de un teatro que
quedaba cerca del restaurante al que yo asistía a revolver los tachos de
basura, vi a Carolina, de inmediato me escondí yo y mi vergüenza,
tras una columna de cemento. Hacía mucho tiempo que no lloraba, pero ese día se
me desbordaron los ojos de dolor, sólo Dios sabe lo que hubiera dado por
saludarla. Pero estaba hecho un desastre, había andado previamente en un basural
al que sabía asistir mi madre, ella ya no podía hacerlo porque se encontraba muy enferma y yo
la reemplazaba por las noches.
Pero un día pasó lo
inesperado, por un breve lapso de tiempo, todos vivimos en esa oscuridad que
para mí era mi día. La ciudad se volvió extraña, con un palpitar para todos
desconocido, salimos a la calle, nos unimos, sin acuerdo previo, en una mirada al
cielo, ese que en días normales se ocupaba de ser el marco de los que habitamos
esta tierra. Hablábamos como si nos conociéramos, el fenómeno nos hizo dejar de
ver por un momento a los costados, nos hizo olvidar de nuestra apariencia, y
todos de repente nos encontramos amalgamados por un hecho natural, que al menos
yo, no recordaba haber visto jamás.
Comenzó tímidamente, luego
mostró toda su majestuosidad ante la mirada atónita de los transeúntes.
Eclipse total de sol. Cuando
la luna nueva se encuentra más cercana a la tierra y traviesamente esconde tras
de sí al esplendoroso sol, todos nos parecemos, o al menos eso yo sentí por ese
corto lapso en el que quizás me hubiese atrevido a saludar a Carolina.
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