Los recuerdos de mi niñez son
grandes, inmensos, diría que gigantescos. En esa edad en la que anidan los
sueños, todo para mí era enorme. La casa de mis padres un palacio. La jaula de
pájaros de los jardines del palacio de Schonbruun, en donde vivía la bella
Sissi, emperatriz de Austria, a los trece la vi más grande que a mi cuarto. Esa
lomita que estaba a una cuadra de mi casa, en la que jugábamos a los policías y
ladrones todas las tardes luego de terminar la tarea, para mí era tan grande
como el Cerro Uritorco. Mi papá medía como tres metros y qué decir de mi mamá.
Creo que eso no sucedía
precisamente porque yo era pequeña, a la estatura me refiero, ya que a los
trece casi tenía la altura que tengo hoy, aunque debo aclarar que hace unos
añitos atrás era un tanto más alta. Evidentemente el fenómeno no sucedía porque
yo miraba las cosas desde más abajo y tampoco porque yo haya perdido hoy mi
capacidad de asombro.
Algunos dicen que los viejos
decrecemos porque dejamos de producir calcio, entonces los huesos se desgastan,
otros dicen que lo que se desgastan son las articulaciones, o que la glándula
pituitaria deja de producir hormonas, y los más aventurados, que las células
desarrollan una actividad fagocitaria que las lleva a comerse entre sí y es por
eso que se va perdiendo masa muscular. Teorías las hay por cientos y no sé cual es
la verdadera.
No hace mucho me enteré que la
luna también se achica, dicen que en cada fase lunar, ella pierde volumen, o
sea que a la larga también termina
siendo víctima del tiempo.
Entonces me surge una
pregunta, ¿si fue en la luna en la que forjábamos los sueños, al achicarse,
también se achican ellos? Recuerdo haber recibido mi primer beso bajo la luz de
nuestro satélite natural, las nueve lunas rubricaron el nacimiento de mis hijos,
bajo ese manto de estrellas que a veces la esconde, pasé cientos de mis noches
juveniles, rodeadas de mis más caros afectos, esos a los que a los fagocitó el
tiempo, como a nuestros músculos cuando envejecemos. “Noche de luna fue, la
noche en que la vi, la noche en que le di mi corazón, la luna se sonrió y un ojo
nos guiño…” cantada por Billy Cafaro, no me pueden decir ahora que la luna se
achica…
Necesito imperiosamente
encontrar la diferencia que existe entre estos tres conceptos: ley, teoría e
hipótesis. Dicen que cuando hablamos de ley, estamos hablando de un factor
constante e invariable en las cosas; cuando nos referimos a teoría, que es el
conocimiento especulativo que no ha sido comprobado en la práctica o sea que es
considerado con independencia a toda aplicación. En cambio una hipótesis es la
respuesta tentativa a un problema que debe ponerse a prueba para determinar su
validez.
De lo expresado deduzco que a
la hipótesis le falta comprobación para ser teoría, a la teoría le falta
generalidad para ser ley, y a la ley, en mi caso, que me convenza para someterme
a ella.
De todos los conceptos que se
nos inculcan a través de la vida, la mayoría nos lo son impuestos como leyes a
los que debemos sujetarnos para ser “buenas persona”. Entonces debí ser buena
niña, recatada jovencita, excelente esposa, mejor madre y excepcional abuela.
Según mis mayores, esos
principios no eran meras hipótesis ya que habían sido largamente comprobadas en
la sociedad, tampoco teorías porque lamentablemente no habían excepciones,
entonces no les quedaba otra que ser leyes a las que debíamos sujetarnos inexorablemente.
¿Serán quizás esas leyes las
que revolearon mis fantasías y las dejaron colgadas en un rincón del patio de
mi escuela?, porque en verdad un día la visité, es en la que cursé mis estudios
primarios y secundarios, yo ya era bastante mayor, entonces vi con gran asombro que el patio era mucho más chico de lo que
lo recordaba, el mástil súper bajo; la que seguía flameando del mismo tamaño,
era la bandera, ahora que lo digo no deja de llamarme la atención que ella
también no se hubiera encogido. Pero lo que sí se había agigantado a contrapelo
de todo lo demás, era ese enorme tendedero del que colgaban las utopías,
algunas eran las mías y las otras vaya a saber a quiénes les pertenecían.
Me senté en uno de los
escalones del patio del colegio y vinieron a mi mente canciones infantiles que
por esos tiempos eran un bálsamo que nos distraía de las “arduas” tareas
cotidianas. ¡La pucha que si eran “graves” para nosotros las dificultades que se
nos presentaban a esa edad!
Ahora me doy cuenta que esos
problemas también se achicaron, cosa que me tranquiliza. Pienso que es bueno
que ellos mengüen, no así los sueños, o la casa de mis padres o la Jaula del palacio de Sissi o
mi cuerpo.
Si analizo este fenómeno del
achicamiento, observo que ciertas cosas no lo han hecho, ya hablé de la
bandera, tampoco la figura de mis padres, el recuerdo de mi primer novio, mi
fiesta de quince, en fin, quizás sean muchas más las cosas que no sufrieron el
desgaste que ocasiona el tiempo.
A esa edad en la que todo era
posible, soñaba con ser grande, con casarme con ese príncipe azul que se me fue
destiñendo con el tiempo, con tener muchos hijos, con formar esa familia que
todos los domingos se juntara para simplemente celebrar la vida, con tener una
casa enorme para que toda esa familia se quedara a dormir cuando lo deseara.
Soñaba con siempre ser amada, con envejecer al lado del padre de mis hijos, con
tener mucho dinero para ayudar a los míos y tener una vejez digna, con viajar y
con otras tantas cosas que aún llevo dentro de mi corazón.
Cuando el hombre llegó a la
luna, soñé alguna vez con encontrarme con un extraterrestre, y cuando me dijeron
que todo eso había sido una enorme farsa, no lo creí. A los siete años vi a los
reyes magos, ahora sé que lo que vi no fue real, que no existen ni ellos, ni
Papá Noel, ni Blanca Nieves, ni la Bella
Durmiente , ni siquiera el Ratón Pérez existe. ¿Cuántas
muelitas habrán ido a parar a la basura?, y a eso sí lo tuve que creer.
Entonces me pregunto, ¿cuánto
de lo que hoy sueño o en lo que hoy creo, es real o alcanzable? Tengo la vida
colmada de afectos, de comodidades, de esa salud que es aceptable conforme los
parámetros establecidos para mi edad, pero siento que he dejado demasiados
sueños colgados en el patio de mi escuela.
“Estaba la paloma blanca
sentada en un verde limón, con el pico cortaba la rama y con rama cortaba la
flor…” y yo estoy sentada en el patio del colegio, buscando el modo de cortar
la soga del tendedero para poder vaciarla de mis sueños, poder recuperarlos y
empezar de nuevo.
Vi que muchos más de los que
se encontraban en el lugar, se parecen a los míos, es más, en un momento temí
descolgar alguno ajeno. Con una profunda timidez tomé una vieja escoba que se
encontraba en el cuartito de los elementos de limpieza y comencé a zamarrearla,
eso me hizo recordar a cuando atrapaba mariposas en la montañita que está cerca
de mi casa. Sucedió que como las mariposas, al descolgarlos de la soga los
sueños se volaron, los vi partir hacia el cielo como si fueran globos de colores,
cada uno tomo su ruta, y yo ahí, en medio de ese patio, tratando de entender lo
sucedido.
Todo a mi alrededor comenzó a
empequeñecerse, más aún de lo que lo había hecho desde que egresé del colegio
hasta esa extraña visita. Los mosaicos del patio me absorbieron y el mástil con
la bandera aún flameando, se arrodilló para ver cómo yo partía al mundo real.
En este momento, a pesar de
que trato afanosamente de compatibilizar la realidad con mis recuerdos, no hay
caso, éstos siguen teniendo una dimensión que me hace dudar de cuál es
verdaderamente el tamaño de las cosas.
Pero más que el tamaño de las
cosas, me preocupa el destino de esos globos de colores en los que por tantos
años deposité mis fantasías y eso me hace preguntar una y mil veces ¿a dónde van
los sueños a parar?, ¿existirá en el Huerto del Señor un espacio en el que
reposen junto con esas mariposas que desaparecieron cuando me hice grande?
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