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jueves, 17 de enero de 2013

A DÓNDE VAN LOS SUEÑOS A PARAR


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Los recuerdos de mi niñez son grandes, inmensos, diría que gigantescos. En esa edad en la que anidan los sueños, todo para mí era enorme. La casa de mis padres un palacio. La jaula de pájaros de los jardines del palacio de Schonbruun, en donde vivía la bella Sissi, emperatriz de Austria, a los trece la vi más grande que a mi cuarto. Esa lomita que estaba a una cuadra de mi casa, en la que jugábamos a los policías y ladrones todas las tardes luego de terminar la tarea, para mí era tan grande como el Cerro Uritorco. Mi papá medía como tres metros y qué decir de mi mamá.
Creo que eso no sucedía precisamente porque yo era pequeña, a la estatura me refiero, ya que a los trece casi tenía la altura que tengo hoy, aunque debo aclarar que hace unos añitos atrás era un tanto más alta. Evidentemente el fenómeno no sucedía porque yo miraba las cosas desde más abajo y tampoco porque yo haya perdido hoy mi capacidad de asombro.   
Algunos dicen que los viejos decrecemos porque dejamos de producir calcio, entonces los huesos se desgastan, otros dicen que lo que se desgastan son las articulaciones, o que la glándula pituitaria deja de producir hormonas, y los más aventurados, que las células desarrollan una actividad fagocitaria que las lleva a comerse entre sí y es por eso que se va perdiendo masa muscular. Teorías las hay por cientos y no sé cual es la verdadera.
No hace mucho me enteré que la luna también se achica, dicen que en cada fase lunar, ella pierde volumen, o sea que a la larga también  termina siendo víctima del tiempo.
Entonces me surge una pregunta, ¿si fue en la luna en la que forjábamos los sueños, al achicarse, también se achican ellos? Recuerdo haber recibido mi primer beso bajo la luz de nuestro satélite natural, las nueve lunas rubricaron el nacimiento de mis hijos, bajo ese manto de estrellas que a veces la esconde, pasé cientos de mis noches juveniles, rodeadas de mis más caros afectos, esos a los que a los fagocitó el tiempo, como a nuestros músculos cuando envejecemos. “Noche de luna fue, la noche en que la vi, la noche en que le di mi corazón, la luna se sonrió y un ojo nos guiño…” cantada por Billy Cafaro, no me pueden decir ahora que la luna se achica…
Necesito imperiosamente encontrar la diferencia que existe entre estos tres conceptos: ley, teoría e hipótesis. Dicen que cuando hablamos de ley, estamos hablando de un factor constante e invariable en las cosas; cuando nos referimos a teoría, que es el conocimiento especulativo que no ha sido comprobado en la práctica o sea que es considerado con independencia a toda aplicación. En cambio una hipótesis es la respuesta tentativa a un problema que debe ponerse a prueba para determinar su validez.
De lo expresado deduzco que a la hipótesis le falta comprobación para ser teoría, a la teoría le falta generalidad para ser ley, y a la ley, en mi caso, que me convenza para someterme a ella.     
De todos los conceptos que se nos inculcan a través de la vida, la mayoría nos lo son impuestos como leyes a los que debemos sujetarnos para ser “buenas persona”. Entonces debí ser buena niña, recatada jovencita, excelente esposa, mejor madre y excepcional abuela.
Según mis mayores, esos principios no eran meras hipótesis ya que habían sido largamente comprobadas en la sociedad, tampoco teorías porque lamentablemente no habían excepciones, entonces no les quedaba otra que ser leyes a las que debíamos sujetarnos inexorablemente. 
¿Serán quizás esas leyes las que revolearon mis fantasías y las dejaron colgadas en un rincón del patio de mi escuela?, porque en verdad un día la visité, es en la que cursé mis estudios primarios y secundarios, yo ya era bastante mayor, entonces vi con gran asombro que el patio era mucho más chico de lo que lo recordaba, el mástil súper bajo; la que seguía flameando del mismo tamaño, era la bandera, ahora que lo digo no deja de llamarme la atención que ella también no se hubiera encogido. Pero lo que sí se había agigantado a contrapelo de todo lo demás, era ese enorme tendedero del que colgaban las utopías, algunas eran las mías y las otras vaya a saber a quiénes les pertenecían.
Me senté en uno de los escalones del patio del colegio y vinieron a mi mente canciones infantiles que por esos tiempos eran un bálsamo que nos distraía de las “arduas” tareas cotidianas. ¡La pucha que si eran “graves” para nosotros las dificultades que se nos presentaban a esa edad!
Ahora me doy cuenta que esos problemas también se achicaron, cosa que me tranquiliza. Pienso que es bueno que ellos mengüen, no así los sueños, o la casa de mis padres o la Jaula del palacio de Sissi o mi cuerpo. 
Si analizo este fenómeno del achicamiento, observo que ciertas cosas no lo han hecho, ya hablé de la bandera, tampoco la figura de mis padres, el recuerdo de mi primer novio, mi fiesta de quince, en fin, quizás sean muchas más las cosas que no sufrieron el desgaste que ocasiona el tiempo. 
A esa edad en la que todo era posible, soñaba con ser grande, con casarme con ese príncipe azul que se me fue destiñendo con el tiempo, con tener muchos hijos, con formar esa familia que todos los domingos se juntara para simplemente celebrar la vida, con tener una casa enorme para que toda esa familia se quedara a dormir cuando lo deseara. Soñaba con siempre ser amada, con envejecer al lado del padre de mis hijos, con tener mucho dinero para ayudar a los míos y tener una vejez digna, con viajar y con otras tantas cosas que aún llevo dentro de mi corazón.
Cuando el hombre llegó a la luna, soñé alguna vez con encontrarme con un extraterrestre, y cuando me dijeron que todo eso había sido una enorme farsa, no lo creí. A los siete años vi a los reyes magos, ahora sé que lo que vi no fue real, que no existen ni ellos, ni Papá Noel, ni Blanca Nieves, ni la Bella Durmiente, ni siquiera el Ratón Pérez existe. ¿Cuántas muelitas habrán ido a parar a la basura?, y a eso sí lo tuve que creer.
Entonces me pregunto, ¿cuánto de lo que hoy sueño o en lo que hoy creo, es real o alcanzable? Tengo la vida colmada de afectos, de comodidades, de esa salud que es aceptable conforme los parámetros establecidos para mi edad, pero siento que he dejado demasiados sueños colgados en el patio de mi escuela.   
“Estaba la paloma blanca sentada en un verde limón, con el pico cortaba la rama y con rama cortaba la flor…” y yo estoy sentada en el patio del colegio, buscando el modo de cortar la soga del tendedero para poder vaciarla de mis sueños, poder recuperarlos y empezar de nuevo.
Vi que muchos más de los que se encontraban en el lugar, se parecen a los míos, es más, en un momento temí descolgar alguno ajeno. Con una profunda timidez tomé una vieja escoba que se encontraba en el cuartito de los elementos de limpieza y comencé a zamarrearla, eso me hizo recordar a cuando atrapaba mariposas en la montañita que está cerca de mi casa. Sucedió que como las mariposas, al descolgarlos de la soga los sueños se volaron, los vi partir hacia el cielo como si fueran globos de colores, cada uno tomo su ruta, y yo ahí, en medio de ese patio, tratando de entender lo sucedido.
Todo a mi alrededor comenzó a empequeñecerse, más aún de lo que lo había hecho desde que egresé del colegio hasta esa extraña visita. Los mosaicos del patio me absorbieron y el mástil con la bandera aún flameando, se arrodilló para ver cómo yo partía al mundo real.
En este momento, a pesar de que trato afanosamente de compatibilizar la realidad con mis recuerdos, no hay caso, éstos siguen teniendo una dimensión que me hace dudar de cuál es verdaderamente el tamaño de las cosas.
Pero más que el tamaño de las cosas, me preocupa el destino de esos globos de colores en los que por tantos años deposité mis fantasías y eso me hace preguntar una y mil veces ¿a dónde van los sueños a parar?, ¿existirá en el Huerto del Señor un espacio en el que reposen junto con esas mariposas que desaparecieron cuando me hice grande?  
     

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