Me costó muchísimo aprender el nombre de lo que para mí fue
durante mucho tiempo, una linterna mágica. Quizás por su forma y por lo difícil
de su nombre lo confundí con algo que no tenía su encanto, quizás también por
eso le endosé el calificativo de “mágica”.
Para los que no lo
conocen, se trata de un cilindro con un agujerito por donde uno puede mirar las
más maravillosas formas y colores, y si uno lo hace girar, esas formas van
cambiando, construyendo algo así como flores con pétalos multiformes y matices
sorprendentes.
Esa es precisamente la
definición que hasta los once años yo tenía de mi juguete preferido, pero
cuando crecí, mi padre me explicó, luego de que el caleidoscopio se hiciera
añicos, que se trataba de un cilindro con tres espejos colocados en forma de
prisma triangular y siempre poniendo la parte que refleja del espejo, hacia
adentro. En un extremo estaba el hueco por donde mirábamos y en la otra punta,
dos láminas de acetato y en el medio de éstas, cortes de varias formas de un
material liviano de distintos colores.
Todo esto, da como resultado que cuando uno lo mueve, esos
cortes se pongan en movimiento y por un efecto logrado a través de los espejos,
se obtengan formas diversas y maravillosas.
Sin embargo, pegado a mis recuerdos, existe un resquicio
por el que no puedo impedir que se filtren pequeñas tentaciones que me hacen
ver la vida a través de mi linterna mágica. Mi primer impulso es creer, en
todo, sin limitaciones, sin impedimentos, con esa inocencia con la que vine al
mundo y que se fue desvaneciendo a medida que me definían la vida.
Pero debo reconocer que
muchas veces la vida se definía sola, y era en esos momentos en los que se
rompía uno de los tantos caleidoscopios por los que la miré a través de los
años.
No sé a ciencia cierta
cuándo comenzaron a romperse, de lo que sí estoy segura, es que después de
mucho tiempo me di cuenta que el efecto de los espejos no me estaba sirviendo
para avanzar o concretar las etapas que necesariamente me llevaban a la madurez.
Y hablando de madurez,
quizás ella sea uno de los tantos conceptos que entorpecieron mis sueños por
mucho tiempo, junto con la coherencia, la sensatez, la prudencia y otras tantas
que a modo de mazazos me entraban en el inconsciente para alertarme sobre el
modo o el camino correcto para hacerme grande.
Hoy me pregunto cuál es
la incompatibilidad entre el caleidoscopio y la madurez, quizás un psicólogo se
haga un banquete con mi planteo, pero para que ellos se queden tranquilos o no
tanto, este planteo nace de una profunda indagación respecto de si lo uno
necesariamente confronta con lo otro.
En un curso de
meditación, al que apelé para encontrar una respuesta, me despaché con la
novedad de que uno de los propósitos de ésta era la conexión con el cosmos para
encontrar respuestas a preguntas universales. Me dije en ese momento que mi
finalidad era demasiado egoísta como para utilizar esa técnica para encontrar
la solución a mis problemas, casi diría, existenciales.
De todos modos lo
intenté, y luego de decenas de reuniones me di cuenta que había encontrado
nuevamente a mi caleidoscopio, salvo que esta vez era inmenso y más colorido
que cualquier otro que hubiese tenido en mis manos.
Una vez logrado el objetivo,
no asistí más porque tenía terror de que de algún modo se volviera a romper y
alguien osara a definírmelo de nuevo.
¡Cuántos años pasaron
luego de esa experiencia!, creo que más de la mitad de mi vida y aún sigo con
ciertos resabios del dilema.
Hoy me pregunto por qué
es tan difícil seguir teniendo al niño dentro de nuestro corazón, y de
inmediato me viene la respuesta, porque hay demasiadas personas grandes en
nuestras vidas.
Y a este planteo no me
lo hago porque me estoy haciendo viejo, me lo hice desde que mi padre me
definió al caleidoscopio, desde que quizás comencé a ver la vida sin la
fascinación de los ocho años, o cuando me di cuenta que valoraba más lo que se
pensaba de mí a lo que yo pensaba de mí, o que yo valía según la medida que otros
me dieran, perdiendo tal vez el sentido de mi auto valoración.
Dentro de mi linterna
mágica, no existía el tiempo, a esa edad yo sentía que no existía el límite,
que todo iba más allá de las demarcaciones de los adultos. Hoy quizás haya
aprendido o mejor dicho me hayan enseñado que eso no es así, pero de todos
modos sigo buscando la forma de compatibilizar a mis flores de colores con la
vida definida.
A veces me pregunto, ¿y
si realmente no estuviera equivocado?, ¿y si la vida no es más que un caleidoscopio
gigante en donde nosotros somos esos trocitos de material atrapados entre dos
planchas de acetato que bailamos al compás de las manos de un ser superior que
juega con nuestras formas?
Ni la meditación me dio
esa respuesta, pero me resisto a creer que eso pueda ser cierto, como que
también me resisto a creer que tengamos que sepultar al niño para madurar. ¡Es
tan lindo edificar la vida sobre esos cimientos que construimos en la niñez! Si
una gran casa se sustenta en las primeras piedras que cuidadosamente se colocan
para sostener su estructura, si para hacer un carro debió primero inventarse la
rueda, me pregunto por qué el niño que llevamos dentro no pueda ser el motor
que paute con su sabiduría primaria los actos de nuestra vida.
Con esa convicción, que
no es más que una decisión íntima y personal, pasó demasiado rápido el tiempo.
Hoy, rozando a la muerte, veo cómo me he convertido en un gran caleidoscopio
operado por mi niño interior, que le pone a la vida los colores que más lo
hagan sentir feliz. No es que me niegue los “problemas”, sino que frente a
ellos adopto soluciones simples, sin hacer demasiado enredo para llegar a los
remedios que quizás no sean tan perfectos o no cumplen con las expectativas de
los que me rodean, pero soy feliz.
Por ser mayor, por ser
una linterna mágica, hoy estoy alejado quizás con motivos valederos de toda la
gente grande que me rodeó en la vida. Una mañana amanecí en un lugar extraño,
creo que es uno de esos lugares a donde se llevan a los caleidoscopios, y saben
qué, me siento mejor, acá cada uno de nosotros brilla con luz propia y da
vuelta el cilindro cuando algo nos hace sentir mal.
Muchas
veces me he planteado si mi elección fue la correcta, pero luego me di
cuenta que ese planteo nació sólo de mis tan arraigados registros inculcados
por la gente grande respecto de volver y volver sobre el camino para no errar
en las decisiones; entonces una y otra vez concluyo en que mal o bien fue el
camino que elegí y el que me hace que hoy espere que alguien mire a través de
ese agujerito para que yo le pueda mostrar los millones de posibilidades que se
consiguen con sólo darme una vuelta.
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