La caída de un diente de leche, en aquella edad, era una de
las cosas más significativas que nos podía suceder. A cambio de ese tesoro que
abría inmensos portones en nuestra boca, se nos dejaba debajo de nuestra
almohada, que era el lugar en donde los escondíamos, una moneda.
Así
como Papá Noel, el Niñito Jesús o los Reyes Magos, el Ratón Pérez era uno de
esos personajes que nos quitaban el sueño o lo que era mejor, nos introducía en
el país de las maravillas.
La
caída se produce entre los cinco y siete años, al menos en mi caso fue así. A
esa edad somos un libro en blanco en donde lo que se escribe permanece intacto
por el resto de nuestras vidas, y los escritores no somos nosotros, sino el
mundo que nos rodea.
En
mi inconsciente creo que quedó incorporado el concepto de que cada vez que la
vida nos quita algo, siempre nos paga con otra cosa de mucho valor.
En
menor o mayor escala esto se reprodujo en mi niñez, ya que cuando perdí mi caja
de colores en la primaria y muy angustiada regresé a casa, papá se ocupó de
reponerla con una mucho mejor de la que perdí.
Cuando mi hermano me masticó las manos de mi primera muñeca
Pierágeli e hizo de ellas una larga e indefinida tira de goma, mi madre me
recompensó con otra que la superaba ampliamente.
Cuando
se me rompió el triciclo, vino el sulkyciclo, y así sucesivamente. Siempre mis
pérdidas fueron reparadas y eso me daba mucha paz y tranquilidad. Aprendí con
creces sobre las mermas, pero de inmediato venía el incremento, y todo lo que
me hacía llorar, a la larga o a la corta me volvía en felicidad.
A
medida que iba creciendo, comenzaron a abrirse más portones en mi vida y no
eran precisamente por la caída de un diente de leche. De a poco comencé a
percibir que las pérdidas no cabían debajo de la almohada, por ende, el Ratón
Pérez no sabría en dónde buscarlas.
Tampoco
mis padres pudieron reemplazarlas por algo mejor, porque para esas brechas que
comenzaron a conformar mi vida, no había repuestos. Ahí me di cuenta que lo que
yo consideraba pérdidas en mi niñez, no se correspondían demasiado con las que
fui detectando a medida que me hacía grande.
Por
un momento me desorienté, y aturdida no hacía más que esperar, cuando no
berrear para que la devolución fuese rápida.
Al
ver que el tiempo pasaba y que nada me era devuelto tal como yo lo tenía
entendido, fui tomando conciencia de que me encontraba frente a algo diferente,
que no podía o no sabía manejar.
Mientras
tanto, las pérdidas fueron aumentando y yo debía buscar el modo para que esa
situación no me acobardara, ya que estaba visto que nadie me daría una solución.
Perdí
novios, la confianza, a mis abuelos, la paciencia, a mi marido, a mis padres, a
tíos, y hasta en un momento, la fe.
No
quería echarle la culpa al Ratón Pérez, él quizás no estaba ni enterado de todo
lo que fui perdiendo a lo largo de mi vida; tampoco a mis padres, porque cuando
fui creciendo, ante la segunda pérdida, dejé de chillar ya que me di cuenta que
no lograba nada, en consecuencia tampoco se estaban enterando.
Hubo
un tiempo, creo que tenía diez años, en el que pensé seriamente en una
conspiración, y eso fue cuando intentaron convencerme de que no existían ni los
Reyes Magos, ni Papá Noel, ni la cigüeña, ni el Ratón Pérez… Piensen que los
diez años de antes no eran lo que son ahora.
Me
pregunté entonces qué era lo cierto y qué era mentira, quién había traído a
este mundo a mis hermanos, quién me dejaba los regalos para Navidad y quién
había osado robarme mis dientes de leche, bueno, no robado, comprado. Para
colmo, por esos tiempos nadie contestaba mis preguntas, o sea que mis preguntas
junto con todos esos personajes se esfumaban sin consideración.
Ahí
fue que elaboré la teoría de la conspiración, ya que todos se habían puesto de
acuerdo para no tener que devolverme nada a cambio de mis tremendas pérdidas.
Traspasada
la edad de la inocencia, comencé a darme cuenta de cuál era la verdad y cuál la
fantasía. Una vez individualizadas las unas y las otras, debí reelaborar una
vida en la que no tenía o no me habían dejado demasiadas cosas a las que
asirme, por supuesto que eso es lo que pensaba yo por aquéllos tiempos.
Sin
darme demasiada cuenta y con ese instinto primario que caracteriza a los seres
humanos, fui conformando mi universo personal, en el que el debe y el haber
solamente dependían de mí. En fin, a eso le llaman crecer.
Allí
comenzó el hipogeo. Así se le llama a la galería o al pasaje de carácter
funerario. Yo estaba dispuesta a enterrar, primero al Ratón Pérez, ya que no me
era de ninguna utilidad, el pobre jamás se reencontraría con esas otras “muelas
de leche” que fui perdiendo con el tiempo ya que no cabían debajo de mi
almohada. Luego a Blanca
Nieves más los siete enanos, a Cenicienta,
a Rapunzel, a Caperucita Roja, al Príncipe Azul y a otros tantos
personajes que llenaron de felicidad mi niñez.
Lo
grave sucedió cuando quise enterrar a los Reyes Magos, juro que no pude, porque
también juro que alguna vez los vi. Pero como ya era mayorcita, para ellos dejé
un cenotafio, en donde todos creyeran que estaban pero en realidad no estaban.
Fue algo así como la
Tumba del soldado desconocido o el Parque de la
Paz diseñado
para conmemorar a los caídos en Hiroshima, era ese lugar al que yo podía
concurrir a llevarle una flor y en el que en realidad no había nadie, de ese
modo jamás me podrían preguntar porqué a ellos no los enterré.
Con
el tiempo, cuando las obligaciones ya no son tales, cuando los límites del
pudor nos abandonan y cuando afeitamos los últimos pelos que nos quedan en la
lengua, sentí que debía desempolvar de
mis recuerdos a todos esos personajes; había llegado la era de los nietos.
Yo
recuerdo que fue mi abuelo materno el que me introdujo en esa quimera que fue
mi niñez, él con su ingenio a flor de piel, me hizo recorrer los fantásticos
paisajes del ensueño. Él, que pudo sobrevivir a los otros tres abuelos que no
pudieron alcanzar mi uso de razón, me dejó el recuerdo exacto de cómo, cuándo y
dónde comenzar esa ruta en la que tejíamos el sorprendente mundo de la magia.
No
me costó demasiado traer a este presente a todo lo que había enterrado, muy por
el contrario, fue por demás reconfortante.
Pero
entonces sucedió algo inesperado, me acababa de enterar que los abuelos estamos
para otra cosa, que no debemos entorpecer la ardua tarea de la educación de
nuestros nietos con utopías que a la larga debemos destrozar para que comiencen
a pisar la realidad con fortaleza.
Me
di cuenta que en cierto sentido los hijos tenían razón, los hijos de mis hijos
no iban a tener que soportar el hecho de desenmascarar a los duendes, a las
hadas, a Los Reyes Magos y a otros tantos, por lo que debí retrotraerme en el tiempo
y dejar las cosas como habían estado por largo tiempo.
Hoy,
cuando veo a los niños frente a la computadora, interactuando con ella
como jamás vi hacerlo con amigo alguno, me pregunto qué les va a suceder cuando
tengan que desenmascararla, o cuando se den cuenta que el televisor no es el
que les ocupa el tiempo sino el que se los mata, o cuando se vean grandes
frente al espejo y adviertan que se han perdido la oportunidad de realizar ese
único viaje que nos sale gratis y que nos lleva al país de los ensueños.
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