Era hermoso, de
un verde brillante, ojos saltones de pupilas horizontales con iris dorados, y
una dulzura que lo hacía especial en su especie. Su madre, una sapa joven y muy
codiciada en la laguna, estaba orgullosa de ese hijo que prometía seguir con
los beneficios de la lindura.
Él se crió rodeado de mimos,
placeres y reconocimiento de sus congéneres. Se caracterizaba por ser un sapo
de una variedad no muy común, mucho más acuático y ágil que los de otras
especies ya que sus largas patas traseras le permitían dar saltos que lo
trasladaban rápidamente de un lugar a otro de la comarca. Jamás sufrió
necesidades, la comida abundaba en el lugar y las sapitas también. Si bien
tenía hábitos crepusculares, su morada estaba cubierta por una frondosa
vegetación que lo protegía de todo aquello que pudiese dañarlo, por lo que
vivía sin mayores alteraciones y se trasladaba de un lugar a otro sin ningún
tipo de peligro. Se podría decir que era un sapo feliz, pero también ambicioso.
Se caracterizaba por querer cada vez más y por soñar despierto. Lo mucho le
parecía poco y lo poco lo irritaba.
Una mañana lluviosa, con un
cielo de un color violeta que asustaba, él decidió dar una vuelta más allá del
bosque, aprovechando quizás el mal tiempo, ya que con semejante tormenta todos
los animales estaban en sus guaridas, y sabía que pasaría totalmente
desapercibido. Su color le ayudaba, casi se podría decir que se mimetizaba con
la vegetación del lugar.
Cuando traspasó la última
hilera de pinos, se encontró frente a una majestuosa llanura cubierta de un
pastizal tupido y muy colorido, quedó maravillado. Comenzó a saltar y a corretear como si fuera un niño, pero de pronto recordó las palabras de su madre cuando
le prohibió terminantemente alejarse del bosque. Luego pensó que eso había sido
cuando era pequeño, que ya adulto sabría cuidarse de los peligros que pudieran
acecharlo en ese lugar.
De pronto sintió un ruido
ensordecedor detrás suyo y al volverse para ver de qué se trataba, se dio
cuenta que una caravana al galope atravesaba por el lugar. De repente se hizo
un silencio que lo paralizó, los jinetes habían detenido su paso justamente a
unos pocos metros de donde él se encontraba.
Se escucharon voces de jóvenes
que alardeaban del resultado de la cacería, y pudo ver cómo cada uno mostraba
sus presas y competía por el número alcanzado. En medio de ese parloteo se sintió
una voz de mujer que les decía: –ya que paró la lluvia, comamos en este lugar–.
Se trataba de la única mujer del grupo, era una muchacha de unos veinte años,
con cabellos rubios como el trigo maduro, ojos color esmeralda y una figura que
dejaba boquiabierto también a los sapos.
Se escondió detrás de una mata
para poder observarla, y se enamoró. Lloró durante una hora al darse cuenta que
su amor jamás sería correspondido, él era un sapo y ella una princesa.
Cuando la caravana siguió su
rumbo, él volvió a la laguna con una tristeza más profunda que el mar. Perdió
desde ese día el deseo de vivir, jamás había amado de ese modo y pensó que
nunca más podría ver a su amada, no sabía de dónde ella venía, ni a cuál de los
tantos castillos pertenecía.
Su estado lo llevó a un
deterioro que conspiró para que los cazadores de sapos lo atraparan sin mayores
problemas. Por esos tiempos, las fuentes de los castillos estaban habitadas
algunas por peces y otras con sapos de colores, y el sapo verde era el más
codiciado.
Una vez que se recobró del aturdimiento
que le produjo el viaje, que por cierto duró horas, se encontró en una inmensa
fuente con gran cantidad de plantas acuáticas que eran la delicia de parientes
cercanos que también habían caído en las redes de los cazadores. Todos parecían
estar muy contentos en ese lugar, a nadie parecía importarle que los hayan
alejado de la familia.
Con gran esfuerzo, intentaba
alimentarse para recobrar las fuerzas y poder huir de ese lugar, cuando de
pronto vio como los otros sapos se paralizaron y entraron en estado de
ensoñación. Eso se produjo a raíz de una dulce melodía entonada por una joven
que se acercaba lentamente a la fuente.
Se creó un clima tan
particular, tan increíblemente paradisíaco, que allí encontró la explicación de
porqué sus parientes se sentían tan conformes en ese lugar.
Al tener a la muchacha frente
a sí, se dio cuenta que se trataba de la princesa que él amaba. Ayudado por sus
largas patas traseras, pegó un gran salto y cayó en su regazo. Un calor
profundo se apoderó de su cuerpo exhausto, y no supo muy bien si nacía de él o
la muchacha se lo estaba trasmitiendo con sus manos. Era de una belleza
celestial, la deseó con todo su corazón y sintió que moriría entre sus brazos
al no poder ser correspondido.
Ese delicado pecho en el que
recostó su cabeza, lo llevó al sueño. Muy despacio fue cerrando sus grandes
ojos y se dejó llevar al paraíso. Una vez instalado en el país de lo posible,
pudo disfrutar de una extraña pero deliciosa metamorfosis que lo convirtió en
un príncipe. Cuando se despertó ya no estaba en el castillo, pero eso no lo
preocupó, ya que se había convertido en un humano, se sintió bello, fuerte, y
por sobre todas las cosas, capaz de enamorar a la princesa y ser correspondido.
Para corroborar lo que sentía,
buscó un lago en donde pudiera ver reflejada su figura. Luego de mucho caminar,
llegó a la vera del más grande de la comarca. Muy despacio se acercó, con temor
a que el agua no le reflejara lo que él verdaderamente sentía. Una vez en la
orilla, se arrodilló y dejó expuesta su cara en ese gran espejo de agua. Era
hermoso, un príncipe al igual que el de los cuentos. Entonces se animó, y se
dijo que buscaría a su amada.
La buscó por todos los
rincones, recorrió los parajes más peligrosos de su tierra, esos que estaban
repletos de pantanos, trampa mortal en la que perecieron muchos caballeros.
Enfrentó al enemigo y salió
airoso de cada una de las batallas, luchó con los monstruos más espantosos que
haya conocido en su vida, y eso que él creía que los había visto a todos. Debió
atravesar el territorio de las plantas carnívoras, con las que tuvo que hablar muy
seriamente porque ellas lo seguían viendo como a un sapo. Salió ileso del
lugar, pero no muy convencido de haber podido demostrar que él ya no era un
batracio.
Sintió que había pasado mucho
tiempo desde que salió en busca de su amada, el dolor se le hizo callo en ese
corazón flechado por cupido, el cansancio comenzaba a apoderarse de su cuerpo, el que evidentemente ya comenzaba a mostrar las secuelas del desaliento. A ese
sentimiento ya lo conocía, no era la primera vez que corría tras un sueño, pero
no quería darse por vencido, sabía que si la encontraba, todo ese dolor
desaparecería en el instante mismo en el que mirara esos ojos color esmeralda
que tanto amor le habían despertado.
Finalmente llegó al último
castillo y reconoció su fuente, esa que lo albergó cuando no era más que un
sapo verde. Saltó de alegría y por fin pudo descansar. Se sentó a la sombra de
un árbol añejo al que aprovechó para contarle sus pesares. El árbol lo
escuchó atentamente, y luego de que el príncipe terminara su larga confesión, le
dijo con esa contundencia que solamente la dan los años, que las princesas no se
enamoran de los sapos y es un grave error que los sapos se enamoren de ellas.
Él, muy enojado, le contestó que no era sapo. Contrariado se levantó del mullido
espacio y decidió no parar hasta encontrar a su bella dama. En el recorrido que
hizo por el castillo, nadie parecía reparar en su presencia, pero ese hecho no
lo amilanó, muy por el contrario, le dio las fuerzas suficientes para seguir
buscando y estar tranquilo porque nadie se interpondría en su camino.
Mientras buscaba comenzó a
sentir una suave melodía que se parecía mucho a la que coreó la princesa en su
otra vida. Su corazón saltó de alegría, había encontrado a su dulce amada. Se
imaginó tomarla entre sus brazos, besar esa boca que parecía una fresa madura y acariciar su piel que se asemejaba mucho al musgo fresco que bordeaba las lagunas y que él tantas veces recorriera cuando no era más que sapo.
Corrió de un lado para el otro
y en cada lugar al que llegaba creyendo que la encontraría, la melodía
desaparecía y comenzaba a escucharse en otro lado. Miró por los grandes
ventanales y advirtió que el sonido llegaba del jardín y pensó que era por eso
que resonaba en todo el interior del gran castillo.
Corrió entre las matas de
alelíes, bordeó la de los rojos tulipanes, tuvo que saltar los canteros de
narcisos hasta que llegó a la gran fuente, ya que de allí parecían venir los
acordes melodiosos que afanosamente él buscaba. Pero en las inmediaciones no
estaba la princesa, de todos modos se aproximó a ella. El sonido se hacía más
potente a medida que se acercaba a donde él creyó que encontraría a su amada.
Cuando llegó, se asomó tímidamente, y en esa fuente de aguas cristalinas, vio
unos ojos bellos que lo cautivaron al instante, haciéndolo olvidarse de
inmediato de la princesa. El hecho no dejó de sorprenderlo, se había enamorado
nuevamente, eso le llevó una dulce calma a su atribulada alma y pensó que
habían terminado sus pesares.
Con toda esa ternura que tenía reservada, tomó a su nueva
amada entre sus manos, besó delicadamente su cabeza, acarició su cuerpo con una
pasión desenfrenada y cuando cayó en la cuenta de que él en ese momento era un
príncipe, se enojó con su destino caprichoso y muy travieso, que lo había hecho
enamorarse,… de una rana.
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