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viernes, 8 de febrero de 2013

CUANDO EL DÍA TENÍA VEINTICUATRO HORAS

                       Los Niños, Jugar, Roca, Swing, Ocio

¿Alguien recuerda cuando el día tenía veinticuatro horas? Yo sí, creo que eso sucedió hasta que cumplí los doce años. No entiendo muy bien qué pasó, teorías hay más de una, pero lo cierto es que había tiempo para hacer de todo.
Recuerdo que por las mañanas mamá me despertaba y ya estaba en la mesa el café con leche calentito y un pan flauta partido por la mitad, arriba, manteca bañada con azúcar. Un deleite.
Luego venía la hora del peinado y después el guardapolvo, blanco, con tablas grandes y un ancho cinto de la misma tela que se ataba por detrás. El portafolio de cuero marrón, los útiles necesarios para el día y las galletitas Manón. A veces se nos sorprendía con un sándwich de queso o alguna golosina,  pero muy de vez en cuando. El vasito plegable, las figuritas que llevábamos escondidas y un pañuelito para cualquier eventualidad.
Las mañanas se hacían interminables en la escuela, gracias a Dios existían los recreos que cortaban la monotonía de clases interminables, llenas de muy buenas intenciones, aunque muy aburridas.
Los recreos… esos sí que eran cortos. No nos daba tiempo a nada, entre que comíamos las Manón, que hacíamos alguna que otra ronda y formar fila cuando tocaba la campana, se nos iban sin remedio. El camino hacia el aula era interminable, y la cara de la directora inolvidable. Era agria como pocas veces he visto a ser humano sobre esta tierra, casi comparable a la del cura de la misa de los domingos.
La vuelta a casa era una bendición, nos esperaba el almuerzo que generalmente se trataba de carne hecha de distintas maneras y un buen puré o ensalada. De postre ni hablar, ese venía los domingos cuando mi tía Esther nos traía el flan con nueces y papá ponía el asado y el dulce de leche, para el flan por supuesto.
La siesta era sagrada, mientras mis viejos dormían yo me prendía a la radio Serra Ranser, en esos años no existía el televisor, y me acuerdo que escuchaba las novelas de Ana María Alfaro y Jaime Kloner. “El Negro que habló con Dios”, “El León de Francia”, “Nazareno Cruz”, entre otras. Luego las tareas y después, a la calle.
Por esos tiempos los vecinos eran como de la familia, con ellos se podía contar para todo. Por ser un barrio relativamente nuevo, sobraban las parejas de gente joven y por ende, muchos chicos para jugar. En mi cuadra éramos no menos de doce.
Las calles eran de tierra y cada casa tenía el árbol que quisiese, había paraísos, naranjos, siempre verdes, con una mezcla de perfumes que no se han borrado de mi memoria.
Debo dar gracias a Dios por haber nacido en una época en la que todo estaba por hacerse, por lo que nuestros juegos eran de una creatividad sorprendente. Carritos de rulemanes, autitos de carrera hechos con unos de plástico barato que rellenábamos con plastilina y bolones de acero para darles estabilidad y a sus ruedas de plástico las reemplazábamos con las tapitas de goma de los frascos de penicilina, y otras infinidades de cosas que hoy parecerían increíbles. 
Por esos tiempos jugábamos con los varones como uno más de ellos, y los pobres para no desairarnos hicieron de papás de nuestras muñecas en más de una oportunidad y tomaron el té en esas tacitas que una vez me me trajo el Niño Dios. Existían juegos que estaban absolutamente prohibidos por nuestros padres, en esos momentos no entendí muy bien porqué. El prohibidísimo era, jugar al doctor…
También recuerdo que había mariposas, yo no sé muy bien qué pasó con ellas, de pronto desaparecieron, como lo hicieron lo tuquitos, las langostas, las lagartijas y hasta el bicho canasto.
Jugábamos a la payana, a saltar la piola, a las figuritas, a la mancha, a los ladrones y policías, a los indios, y nuestro mundo se convertía en algo mágico. A ese hechizo a veces lo rompía algún mandado al almacén de Don Pepe para comprar azúcar que era envuelta en un papel blanco y cerrado a modo de repulgue de empanada, una botella de granadina, tres flautas, a veces queso y otras salame Milán o mortadela. Aunque lo lindo de la ida al almacén era ver todo lo que lucía en el mostrador y que no siempre podíamos comprar. Los caramelos mu-mu, las Rellenitas Trineo, las gallinitas, el Tatín, y las mermeladas. Las había de naranja, durazno y si mal no recuerdo de ciruela, el dulce de leche en esas grandes cajas de cartón marrón, y las latas de dulce de batata y membrillo. 
!Las gaseosas!, si la habremos mirado con fascinación, por esos tiempos era la Bidú Cola. En un costado lucían las bebidas con alcohol, el Fernet, la Ginebra Llave, el Anís Ocho Hermanos, el vino tinto Facundo..."El tigre de los vinos", el vino Montonero y otras que ya ni recuerdo.
De regreso el pan flauta volvía picoteado en las puntas, era un clásico, como también lo era la protesta de mamá.
¡A tomar la leche!, otro momento que rompía la magia de las tardes callejeras, aunque a veces lo hacíamos con algunos de los amigos en mi casa o en otra, pero el tiempo de la leche era sagrado, para mi madre no para mí.   
A la tardecita, ya cansados de jugar, nos sentábamos en el cordón de la vereda a charlar entre todos. Cómo hablábamos y la de cosas que nos contábamos, no teníamos secretos.
Lo más importante es que en esos tiempos conversábamos mirándonos a los ojos, cuando hacíamos una ronda nos tomábamos de las manos, y jamás faltó un abrazo para consolar a algún amigo.
Tipo nueve de la noche, nos íbamos a comer, generalmente había un plato de sopa y algo más "liviano" que al medio día. Luego nos bañábamos y a la cama. Esos eran para mí los mejores momentos. Un solo cuarto para los tres, era el verdadero momento en familia, en la chiquitita me refiero, la de los hermanos, ya que papá y mamá trataban de descansar de nosotros.
Para mí los días eran largos, super largos, como lo fue mi niñez. Recuerdo también que por esos tiempos había cuatro estaciones. La de la escuela, las de las vacaciones de julio, la de la escuela de nuevo y la de las vacaciones largas. Mi primaria duró algo así como cien años de hoy, pero había mariposas y tuquitos, con eso me bastaba para pasar el tiempo.              
A más de que los días tenían veinticuatro horas, habían cosas inolvidables y que determinaban la esencia del hombre de esos tiempos. Por ejemplo, existía el fiado, cada casa tenía una libreta, al mencionarla puedo recordar hasta su olor, en la que tanto el almacenero como el carnicero anotaba la deuda, pero lo asombroso era que lo hacían con lápiz, o sea…. con una “Dos Banderas” (marca de las gomas de borrar de la época) se podía licuar la deuda, pero no, esas deudas eran sagradas, eran verdaderas deudas de honor. La palabra valía, no existían las tarjetas de crédito, ni los pagarés, ni los cheques, era sólo la palabra.   
Pero la vida cambió, los días ya no tienen veinticuatro horas, no veo a las mariposas, ni a los tuquitos, ni a las lagartijas. Los chicos juegan con los chicos y las chicas con la chicas, si hasta entre ellos bailan, creo que es por eso que les cuesta conseguir un novio.  La comunicación se hace de otro modo y lo grave es que al no mirarnos a los ojos, cada uno le pone una intensión a la palabra escrita que quizás nada tenga que ver con lo que quiso transmitir el que la escribió. Cuéntenme los padres si algún mensaje de texto no les fue mal interpretado. O si alguna vez no recibieron un ataque a través de ese medio y que finalizaba con un jajajajajaja!!!!!, como si eso borrara  la embestida.
Quizás hoy sea todo más fácil y subyugante, pero quieren que les diga una cosa…!yo extraño los días de veinticuatro horas!
Mis más cálidos recuerdos a mis amigos de esos tiempos, a los que compartieron todos esos millones de horas conmigo. Corchi y Liliana, Estelita, Silvia, Cuqui y Cristina, Ramoncito, Normita, Leonardo, Rubén y Marito, a todos los hermanos Ludueña, y fundamentalmente a mis hermanos, cómplices de todas mis aventuras. Y también para los que se sumaban en las vacaciones largas, los primos. Todos ellos están en mi corazón, y creo que también deben estar añorando esos días que tenían veinticuatro horas. 

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