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domingo, 10 de febrero de 2013

TACONES ROJOS

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A Sara le costaba levantarse por las mañanas, pero debía hacerlo, ya que la niña necesitaba de su ayuda para con los deberes de la escuela. Martita tenía tan sólo seis años y requería de una atención permanente.
Eran las diez, y ella no tenía las fuerzas suficientes para dejar la cama, su cuerpo dolorido le pedía más horas de descanso, pero no podía, tenía tantas obligaciones que cumplir, que a veces el día se le hacía muy corto. Pensando en eso, saltaba al piso frío para que el impacto la terminase de despertar. Esa mañana, sin saberlo, se le presentaría otro desafío luego de aquél que le hizo contestar una pregunta que quizás no estaba preparada para responderle a su hija. Sin saber lo que le esperaba, se calzó las ojotas verdes que le había regado Leonor, su mejor amiga, y partió a levantar a su hija.
Martita ya estaba levantada, y cuando la vio le dijo:
—Ma, anoche me desperté y tuve mucho miedo. Cuando fui a buscarte no te encontré, ¿a dónde estabas?
—Cuidando a don Felipe hija, sebés que él no está bien, y yo para ganarme unos pesos a veces lo acompaño por las noches.
—¿Y qué pasó con la escuela?
—No te entiendo, ¿tú escuela?
—No ma, en la que vos enseñabas. Me dijiste que ése era un buen trabajo.
Sara recordó que hacía un par de años, para justificar sus salidas, le dijo a la pequeña que trabajaba como maestra en una escuela nocturna. 
Ella fue echada de su casa a los dieciocho años por haber quedado embarazada de un compañero de colegio, según decían,. Eso hizo que no terminara la secundaria y que pasara todo su embarazo en la calle.
—Hija, eso se terminó hace tiempo. Ahora cuido enfermos por las noches.
—Cuando yo sea grande voy a trabajar y te voy a ayudar.
—Sí mi amor, cuando seas grande…
Tuvo que retirarse de la vista de su hija ya que un profundo ahogo le impidió seguir hablando.
—Ma, ¿me puedo poner unos zapatos de tacos altos?, quiero tomar la leche vestida de grande.
—Ponete los que quieras.
A los minutos apareció la niña con sus tacones rojos.
—Martita, escuchame, nunca te pongas esos zapatos ¿me oíste?, — le dijo a su hija al borde del llanto.
—Me dijiste que me pusiera los que yo quisiera mami.
—Sí, menos los rojos.
La niña se fue al cuarto y se los cambió por unas sandalias negras con plataformas muy altas, que según ella, la hacían parecer más grande. Cuando apareció en la cocina, Sara la besó y la acompañó hasta la mesa para que tomara su desayuno.
Sara nunca terminaba con las tareas diarias del hogar, ya que entre el cansancio y el hastío, hacían que le llevara más tiempo que a cualquier otra persona.
Cuando llegaba la noche, luego de hacer dormir a su hija, salía a trabajar subida en sus tacones rojos, esos que le aseguraban tener el sustento del día siguiente. Cada vez le costaba más conseguir clientes, su estado físico, su desgano y por sobre todo su profundo asco, hacía que los hombres eligieran a muchachas con mejor aspecto. Jamás repitió un hombre, los que la conocían le huían, es por eso que cada semana cambiaba de lugar y peleaba con las dueñas de las esquinas para conseguir un espacio en donde poder ofrecer ese cuerpo dañado por las necesidades y la vergüenza.  
El tiempo pasó demasiado rápido para ella en algunas cosas, se perdió la niñez de su hija, no podía disfrutar de nada ya que le ganaba el cansancio. Cuando Martita cumplió los quince años, pudo hacerle una pequeña fiesta, para lo cual, debió trabajar horas extras, y esas horas extras la aniquilaron, pero le pudo regalar una fiesta a su hija.   
La chica siguió creciendo y cuando cumplió los dieciocho, luego de recibirse de bachiller, le dijo a la madre que conseguiría un trabajo para ayudarla. Sara no tuvo las fuerzas para oponerse, su sueño era que Marta estudiara medicina, sin embargo, sintió que su cuerpo hacía tiempo que le estaba pidiendo un descanso. En dos oportunidades en los últimos tiempos, había sido golpeada por un matón que quería sacarle parte de su ganancia, ella por oponerse recibió una par de tundas que la llevaron al hospital, en la segunda necesitó varios días de cama.
Se estaba reponiendo de la última, cuando Marta le dijo que había conseguido trabajo como camarera en un restaurante de una zona muy paqueta de capital, en donde le pagarían muy bien ya que la habían contratado para la noche.
—Hija, no me gusta que trabajes de noche.
—Mamá, vos lo has hecho toda la vida, o al menos desde que yo recuerde. Con eso me mantuviste y salimos adelante. Ahora quiero devolverte todo lo que has hecho por mí, y te prometo que cuando estemos en mejores condiciones, sigo con los estudios.
—Te tomo la palabra.
Finalmente Sara pudo bajarse de los tacones rojos y darle a su cuerpo un respiro, lo que ganaba Marta les alcanzaba para vivir bastante bien. Cuando su hija cumplió los veinte, le preguntó en dónde había quedado la promesa de seguir estudiando y ella le contestó que tenía una sorpresa para darle, que había rendido para entrar a la facultad con éxito y que en ese año que comenzaba, ingresaría a estudiar.  
Sara trató de ponerse en forma para poder ayudar económicamente a su hija, pero para su sorpresa, Marta comenzó a llevar más y más dinero a la casa. Le contó a su madre que la habían hecho encargada del restaurante y que el sueldo se triplicó.
La muchacha jamás estaba en la casa, ya que con el pretexto del trabajo y los estudios, su madre casi no la veía. Marta estaba cada vez más bella, igual a cuando ella era muy joven, Sara nunca dudó de lo exitosa que iba a ser la muchacha, ya que su espíritu emprendedor la estaba llevando lejos, mucho más de lo que ella misma lo hubiera soñado.
Por fin, se dijo, una buena en esta vida miserable que he llevado. ¡Gracias Dios!, por darme este regalo del cielo, ahora puedo descansar.
Sara esperaba a su hija con las mejores comidas, le mantenía la ropa impecable y por sobre todo la llenaba de ese amor guardado que muchas veces no le pudo demostrar porque su ritmo de vida no se lo permitía.   
El tiempo pasó y Marta comenzó a mostrar un cansancio que Sara reconoció de inmediato. Para no crear en su cabeza un fantasma que seguramente la mataría del dolor, decidió seguir a su hija para ver en dónde trabajaba. Su sorpresa fue mayúscula cuando la vio entrar en una pensión de mala muerte y salir a los pocos minutos con otras dos chicas vestidas de un modo vergonzoso, pero lo que más le dolió fue ver a su hija, a Martita, encima de sus tacones rojos. Todo ese pasado que para ella fue una pesadilla le puso un espejo ante sus ojos en la que esta vez la protagonista era nada menos que ese ser por el que casi dio la vida. Con un grito desgarrador, lo único que atinó a decir antes de sentir que se le derrumbaba el mundo sobre su pobre alma, fue:
—¡Hija, te dije que los tacones rojos no!

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