A Sara le
costaba levantarse por las mañanas, pero debía hacerlo, ya que la niña
necesitaba de su ayuda para con los deberes de la escuela. Martita tenía tan
sólo seis años y requería de una atención permanente.
Eran las
diez, y ella no tenía las fuerzas suficientes para dejar la cama, su cuerpo
dolorido le pedía más horas de descanso, pero no podía, tenía tantas
obligaciones que cumplir, que a veces el día se le hacía muy corto. Pensando en
eso, saltaba al piso frío para que el impacto la terminase de
despertar. Esa mañana, sin saberlo, se le presentaría otro desafío luego
de aquél que le hizo contestar una pregunta que quizás no estaba preparada para
responderle a su hija. Sin saber lo que le esperaba, se calzó
las ojotas verdes que le había regado Leonor, su mejor amiga, y
partió a levantar a su hija.
Martita
ya estaba levantada, y cuando la vio le dijo:
—Ma,
anoche me desperté y tuve mucho miedo. Cuando fui a buscarte no te encontré, ¿a
dónde estabas?
—Cuidando
a don Felipe hija, sebés que él no está bien, y yo para ganarme unos pesos a
veces lo acompaño por las noches.
—¿Y qué
pasó con la escuela?
—No te
entiendo, ¿tú escuela?
—No ma,
en la que vos enseñabas. Me dijiste que ése era un buen trabajo.
Sara
recordó que hacía un par de años, para justificar sus salidas, le dijo a la
pequeña que trabajaba como maestra en una escuela nocturna.
Ella fue
echada de su casa a los dieciocho años por haber quedado embarazada de un
compañero de colegio, según decían,. Eso hizo que no terminara la secundaria y
que pasara todo su embarazo en la calle.
—Hija,
eso se terminó hace tiempo. Ahora cuido enfermos por las noches.
—Cuando
yo sea grande voy a trabajar y te voy a ayudar.
—Sí mi
amor, cuando seas grande…
Tuvo que
retirarse de la vista de su hija ya que un profundo ahogo le impidió seguir
hablando.
—Ma, ¿me
puedo poner unos zapatos de tacos altos?, quiero tomar la leche vestida de
grande.
—Ponete
los que quieras.
A los
minutos apareció la niña con sus tacones rojos.
—Martita,
escuchame, nunca te pongas esos zapatos ¿me oíste?, — le dijo a su
hija al borde del llanto.
—Me
dijiste que me pusiera los que yo quisiera mami.
—Sí,
menos los rojos.
La niña
se fue al cuarto y se los cambió por unas sandalias negras con plataformas muy
altas, que según ella, la hacían parecer más grande. Cuando apareció en la
cocina, Sara la besó y la acompañó hasta la mesa para que tomara su desayuno.
Sara
nunca terminaba con las tareas diarias del hogar, ya que entre el cansancio y
el hastío, hacían que le llevara más tiempo que a cualquier otra persona.
Cuando
llegaba la noche, luego de hacer dormir a su hija, salía a trabajar subida en
sus tacones rojos, esos que le aseguraban tener el sustento del día siguiente.
Cada vez le costaba más conseguir clientes, su estado físico, su desgano y por
sobre todo su profundo asco, hacía que los hombres eligieran a muchachas con
mejor aspecto. Jamás repitió un hombre, los que la conocían le huían, es por
eso que cada semana cambiaba de lugar y peleaba con las dueñas de las esquinas
para conseguir un espacio en donde poder ofrecer ese cuerpo dañado por las
necesidades y la vergüenza.
El tiempo
pasó demasiado rápido para ella en algunas cosas, se perdió la niñez de su
hija, no podía disfrutar de nada ya que le ganaba el cansancio. Cuando Martita
cumplió los quince años, pudo hacerle una pequeña fiesta, para lo cual, debió
trabajar horas extras, y esas horas extras la aniquilaron, pero le pudo regalar
una fiesta a su hija.
La chica
siguió creciendo y cuando cumplió los dieciocho, luego de recibirse de
bachiller, le dijo a la madre que conseguiría un trabajo para ayudarla. Sara no
tuvo las fuerzas para oponerse, su sueño era que Marta estudiara medicina, sin
embargo, sintió que su cuerpo hacía tiempo que le estaba pidiendo un descanso.
En dos oportunidades en los últimos tiempos, había sido golpeada por un matón
que quería sacarle parte de su ganancia, ella por oponerse recibió una par de
tundas que la llevaron al hospital, en la segunda necesitó varios días de cama.
Se estaba
reponiendo de la última, cuando Marta le dijo que había conseguido trabajo como
camarera en un restaurante de una zona muy paqueta de capital, en donde le
pagarían muy bien ya que la habían contratado para la noche.
—Hija, no
me gusta que trabajes de noche.
—Mamá,
vos lo has hecho toda la vida, o al menos desde que yo recuerde. Con eso me
mantuviste y salimos adelante. Ahora quiero devolverte todo lo que has hecho
por mí, y te prometo que cuando estemos en mejores condiciones, sigo con los
estudios.
—Te tomo
la palabra.
Finalmente
Sara pudo bajarse de los tacones rojos y darle a su cuerpo un respiro, lo que
ganaba Marta les alcanzaba para vivir bastante bien. Cuando su hija cumplió los
veinte, le preguntó en dónde había quedado la promesa de seguir estudiando y
ella le contestó que tenía una sorpresa para darle, que había rendido para
entrar a la facultad con éxito y que en ese año que comenzaba, ingresaría a
estudiar.
Sara
trató de ponerse en forma para poder ayudar económicamente a su hija, pero para
su sorpresa, Marta comenzó a llevar más y más dinero a la casa. Le contó a su
madre que la habían hecho encargada del restaurante y que el sueldo se
triplicó.
La
muchacha jamás estaba en la casa, ya que con el pretexto del trabajo y los
estudios, su madre casi no la veía. Marta estaba cada vez más bella, igual a
cuando ella era muy joven, Sara nunca dudó de lo exitosa que iba a ser la
muchacha, ya que su espíritu emprendedor la estaba llevando lejos, mucho más de
lo que ella misma lo hubiera soñado.
Por fin,
se dijo, una buena en esta vida miserable que he llevado. ¡Gracias Dios!, por
darme este regalo del cielo, ahora puedo descansar.
Sara
esperaba a su hija con las mejores comidas, le mantenía la ropa impecable y por
sobre todo la llenaba de ese amor guardado que muchas veces no le pudo
demostrar porque su ritmo de vida no se lo permitía.
El tiempo
pasó y Marta comenzó a mostrar un cansancio que Sara reconoció de inmediato.
Para no crear en su cabeza un fantasma que seguramente la mataría del dolor,
decidió seguir a su hija para ver en dónde trabajaba. Su sorpresa fue mayúscula
cuando la vio entrar en una pensión de mala muerte y salir a los pocos minutos
con otras dos chicas vestidas de un modo vergonzoso, pero lo que más le dolió
fue ver a su hija, a Martita, encima de sus tacones rojos. Todo ese pasado que
para ella fue una pesadilla le puso un espejo ante sus ojos en la que esta vez
la protagonista era nada menos que ese ser por el que casi dio la vida. Con un
grito desgarrador, lo único que atinó a decir antes de sentir que se le
derrumbaba el mundo sobre su pobre alma, fue:
—¡Hija, te dije que los tacones rojos no!
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