Tributo a los muertos en la tragedia de Once
Eran las cinco de la mañana, me levanté como todos los días, a las corridas. Tomé el mate cocido y partí a la parada del colectivo que me lleva a la estación de trenes.
A pesar de ser muy temprano,
el ómnibus venía repleto de trabajadores, que cual hormigas obreras se
desparraman por la gran ciudad en donde todos somos anónimos. Yo trabajo reciclando un edificio, hace cuatro meses que
tengo trabajo fijo y eso me tenía más contento que perro con dos colas.
El tren que me llevaba a Once al parecer venía con
retraso, por lo que debí esperar más tiempo del calculado. Pasada la hora en la que debía
arribar a la estación, la formación no asomaba por esas vías cansadas de tan
viejas y olvidadas. Creo que me dormí o al menos cabeceé por unos instantes, me
despertó el viejo Sarmiento que ya venía cargado como pocas veces lo vi.
Subimos como sardinas en lata,
creo que más de doscientas personas estaban en el tercer vagón que es en el que
yo me trepé, ni soñar con encontrar un asiento para que se hiciera más llevadero el
largo trayecto que me esperaba hasta llegar a destino.
En ese vagón había de todo, jóvenes, mujeres con niños, un par de ancianos, y decenas de cabezas
que seguramente pertenecían a esa gente que se convirtió en una masa informe
luego de que el tren reanudara su marcha. Yo subí en Ituzaingó y ya en Liniers me pareció que el tren tenía cierta dificultad para frenar, pero
no era la primera vez que sucedía, lo tomé como uno de los miles de
inconvenientes que tiene ese medio de transporte irreemplazable para algunos, ya
que no hay modo de llegar a destino de otra forma, especialmente para los que tenemos los bolsillos más apretados.
En Flores bajó un número
considerable de personas y subió el doble, por lo que un puñado quedó colgado
de las puertas como lo hacen cada una de las mañanas en la que viajo a mi
trabajo.
Nada hasta ese momento era
distinto a lo que yo viví durante esos largos meses, por lo que ninguna
inquietud me sacó la modorra que sumada al vaivén de la máquina me hizo
cabecear más de una vez.
Durante algunos segundos, las
voces y los ruidos se alejaban, me parecía perder contacto con la realidad, los
párpados me pesaban y el cansancio se apoderaba de mí sin darme la posibilidad
de reaccionar. Pero como estaba arriba de ese tren, sin responsabilidades, ya
que aún no era mi horario ni mi lugar de trabajo, me permitía esa licencia sin
cargo de conciencia, salvo por algún traspié con el que molesté a mi vecino que
venía tan dormido como yo.
Cuando el tren se detuvo en
Caballito, decidí despabilarme para no llegar con cara de cansado al trabajo. Al retomar su marcha, uno de los que iban cerca de la puerta contraria a la
que yo estaba, comento que el tren había vuelto a tener problemas para frenar.
Su interlocutor le contestó por encima de cuatro o cinco cabezas, -de qué te
asombrás hermano, si estas máquinas son de la época de la colonia-.
Ya llegando
a Once, todos nos preparamos para salir cual disparo de cañón ya que el
aire se había convertido en irrespirable. Un nene de unos cinco años había
perdido a su mamá y gritaba como un marrano, una señora mayor le pidió a otro
pasajero que lo levantara para que se encontrara con la mujer que al parecer
había quedado detrás de ese tumulto que pugnaba por salir apenas parara el
tren. Eran escenas comunes cuando el tren iba tan lleno.
Comenzó a disminuir la marcha
pero no paraba, sentimos que la máquina seguía su ruta como si faltaran varios
metros para llegar a la cabecera de la estación Once. De pronto un ruido como
una explosión nos dejó paralizados y en menos de unos segundo, la tragedia.
Caí al piso y sentí cómo esa
marea humana se me vino encima, no podía respirar, tenía sobre mí a varias personas gritando y pidiendo auxilio. Las puertas que se encontraban abiertas
no dejaban pasar suficiente oxígeno, creo que en ese momento perdí el
conocimiento.
Lo recobré en el andén de la
estación, la gente corría como loca de un lado para otro y yo no supe muy bien
qué era lo que había sucedido. De pronto me vino a la cabeza el atentado a un
tren en Atocha, España, ya que el cuadro que se presentaba ante mis ojos me
parecía una réplica de un video que vi por aquellos tiempos.
Cuando pude incorporarme, a
pesar del dolor que tenía en todo mi cuerpo y que al parecer tenía partida la
nariz en cuatro, pude ver un vagón incrustado dentro de otro, gente
aprisionada, cuerpos cuyos torsos colgaban de las ventanillas sin yo saber si
estaban vivos o muertos. Era una imagen verdaderamente
dantesca.
En pocos minutos el ruido de
las sirenas y los helicópteros se unieron a los gritos y a los llantos
conformando la sinfonía más dolorosa que haya escuchado en toda mi vida. Por
los comentarios y los conceptos que emanaban de los cientos de testigos que
eran entrevistados por todos los medios de comunicación, me pude enterar de lo
que realmente había pasado, el tren no frenó.
Hubiera jurado que era una
bomba, no lo fue, pero el resultado y lo que yo estaba viendo era calcado.
Después de ver imágenes indescriptibles y casi imposibles de procesar por mente
alguna, me desmayé.
Desperté en un hospital de
Ramos Mejía, mi mujer estaba al lado mío llorando por la conmoción de lo que
había visto en esa estación. A las pocas horas me mandaron de vuelta a mi casa
con la expresa prohibición de ver las noticias. Pero juro que no podía,
necesitaba saber qué había sido de ese chico que chillaba, del que se dormía al
lado mío y de tantos y tantos trabajadores que como yo, lo único que quisieron
esa fatídica mañana, era llegar al trabajo.
Tenía por prescripción médica
setenta y dos horas de reposo, los golpes habían sido muy fuertes, pero lo peor
fue mi estado de shock. Esa primera noche no pude dormir, las imágenes del
accidente se sucedían apenas cerraba los ojos, así que debí recurrir a las
pastillas que me había recetado el médico y que en un primer momento las
rechacé de plano ya que pensé que no las necesitaría.
Pero mi peor pesadilla se
desató a las cincuenta siete horas de ocurrido el accidente, cuando dieron la
noticia de que después de todo ese tiempo, habían encontrado muerto entre
el tercer y cuarto vagón a un pibe que
buscaban desesperadamente y que todo hacía pensar que estaba vivo.
Pensé que podría haber sido yo
el que estuviera en su lugar, me imaginé a mi mujer deambulando por los
hospitales y la morgue buscándome, en ese momento sentí que comenzaba a perder
el contacto con la realidad y mi mente colapsó.
Desperté nuevamente en el
hospital. El médico me dijo que evidentemente estaba sufriendo un estrés post
traumático que debía ser tratado por una psicóloga ya que el hecho me había
afectado fuertemente. Me senté en la cama y con un grito desgarrador le dije, -No doctor, antes de hacer cualquier tratamiento necesito soltar esta bronca que
tengo atragantada y que sólo me sabrán
entender los pasajeros del Sarmiento-.
Me levanté como pude y me fui
a Once contra la voluntad de mi mujer y la expresa negativa de los médicos. Me
sentía en otra dimensión, algo raro me estaba pasando, en ese momento no me di cuenta de lo que se trataba, la ira era tan grande que si no la dejaba en ese
lugar, no podría seguir con mi vida.
Cuando llegué, dos realidades
opuestas y contrastantes se presentaron ante mis ojos, por un lado, la
continuidad de la vida con gente que subía al tren y viajaba como siempre, cual
ganado, colgada de las puertas, quizás doscientas personas en un lugar para la
mitad, y por el otro, la indignación y la perplejidad, la tristeza y el
profundo odio.
Sin pensarlo me uní a los que
decidieron parar el tiempo, a los que a su modo desgarraban sus gargantas
tratando de encontrar una respuesta a lo inexplicable. En medio de esa marea
humana con mezcla de furia y de congoja, solté un alarido que me nació en el
alma, recorrió todo mi cuerpo y expulsé como a un tumor maligno que seguramente
me iba a dejar eternamente su huella.
A mi alrededor se hizo un
silencia sombrío, todo ocurría como en cámara lenta y cuando creí que había
descargado el dolor, me di vuelta y vi ese altar repleto de recuerdos de las
víctimas, con flores, estampas y fotos. En la cuarta columna, al medio de
la de una señora y un muchacho de no más de veinte años, estaba mi foto,
y junto a ella vi a mi mujer y a mis hijos llorando la pérdida.
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