
En un país no muy lejano, había una inmensa granja, digamos que una de las más grandes de la comarca, cuya principal fuente de ingreso era la comercialización de las gallinas y sus productos. Como era milenaria, muchos
dueños pasaron por ella, y de más está decir que no todos trataron a los
habitantes del gallinero del mismo modo.
Grandes campos de maíz circundaban el lugar, por lo que casi
siempre, no siempre, se alimentó a las gallinas con esos granos dorados que la
tierra brindaba al granjero de turno.
Es sabido que esta ave, comparada con otros animales que se crían en granjas, no
produce grandes erogaciones, salvo las de un comienzo, o sea la elección y
compra de las que conformarán la población del corral. Luego, sólo hay que
esperar a que se reproduzcan, y eso sí, hay que tenerlas bien alimentadas para que
brinden al dueño lo que éste quiere, vivir a costa del gallinero. Es por eso
que venden los huevos, las matan para vender su carne y un gran negocio suele
ser la venta del excedente de producción.
En este gallinero de un país no muy lejano, había distintos tipos de gallinas, las productoras de huevos, las de de carne, las de ambos propósito, las mejoradas y los infaltables e insustituibles gallos de raza pura que no contaminaran la perfección lograda a través de los años, los que eran cambiados después de un tiempo para que los nuevos apareen a las gallinitas obtenidas el año anterior.
Por una selección casi natural, ya que no hubo derecho al pataleo, los diversos escalones que conformaban la estructura del corral en su parte cubierta, eran ocupados conforme la categoría de las aves. Arriba las que más producían y de ahí para abajo las que menos. Creo que de allí nació la famosa Ley del Gallinero: “LAS GALLINAS DE ARRIBA ENSUCIAN A LAS DE ABAJO”, la palabra “ensucian” no es precisamente la utilizada, pero queda más elegante decirlo de ese modo. De los distintos dueños que pasaron por la granja, no fue la mayoría la que se ocupó de darle maíz a la población del corral, algunos les daban las sobras de la comida de los peones, otros, distintos granos mezclados con basura orgánica y unos pocos hasta se olvidaban de alimentarlas, ahora, se les exigía la cantidad de doscientos huevos al año, las que no los producían eran vendidas o simplemente iban a parar a la olla como parte de un buen puchero para la peonada.
La manipulación genética de los tiempos modernos, sumada a la extrema domesticación, puso el acento en lograr la mayor eficacia con la mínima alimentación. Pero…a
pesar de todos los esfuerzos realizados por los granjeros de turno, las
gallinas conservaron a través de su memoria genética, comportamientos
naturales de sus antepasados, que eran salvajes.
Muchos esfuerzos se han hecho para disciplinarlas, aún así, ellas no han perdido conductas ancestrales tales como la construcción de
jerarquías, tema ya tratado cuando se habló de los escalones del gallinero, la
de picotear y la de bañarse con tierra, entre otros.
Sucedió que en este gallinero de un país no tan lejano, apareció
un nuevo dueño que quiso sacar el mayor provecho de los cientos de años
trabajados por los granjeros anteriores. Comenzó con prácticas muy modernas
pero que bajaban de un modo cruel la calidad de vida de las aves. Las encerró en
jaulas tan pequeñas que no podían extender sus alas, pretendiendo de ese modo
que todos esos instintos ancestrales no pudieran ser desarrollados. Las
gallinas enjauladas comenzaron a sufrir enfermedades, muertes prematuras,
lentas y bastantes salvajes, en especial para las que tenían la mala suerte de
caer en la parte de atrás de la jaula y por tal motivo no tenían fácil acceso a
la comida, por lo que morían de hambre.
Por este motivo comenzaron a alzarse voces de protesta de las que
estaban enjauladas, hablaban sobre la injusticia de esa situación, fue
entonces que pidieron igualdad, y contra todo lo imaginado, cacarearon bien alto
reclamando para que todas fueran enjauladas. Habían tomado conocimiento de que en una
granja vecina, esa igualdad reinaba y ninguna gallina gozaba de libertad, todas
estaba enjauladas y eso les pareció lo mas justo, sintieron que la ley debía
aplicarse a todas por igual.
Una noche, cuando la situación ya se había convertido en
insostenible, una de las gallinas más viejas, que nadie entiende porqué motivo
se había salvado del degüello, alertó al resto del gallinero para que se
tomaran medidas apoyadas en lo que su historia genética les marcaba. Ellas
solían ser aguerridas y no fáciles de manipular, pero la domesticación fue
hecha por los granjeros de un modo tan sutil y hasta placentero en un comienzo,
que naturalizaron esa circunstancia sin darse cuenta que se las estaba llevando
a la degradación de la especie. La lucha comenzó por parte de las que no
estaban encerradas, ya que éstas últimas poco podían hacer. Lo difícil fue
hacerles entender a las enjauladas que se debía igualar para arriba y no para
abajo, o sea que debían bregar por ser libres y no para que se enjaulara a todo
el gallinero. Costó muchísimo hacérselos entender, ya que al haber nacido en
cautiverio o al estar encerradas por tanto tiempo, les hizo perder la noción de
lo que exigían.
El granjero, que no era tonto, advirtió algo extraño en el
comportamiento de la población avícola y recurrió al espionaje para esclarecer lo que se estaba tramando a sus espaldas. La tecnología y algunos peones
soplones lo ayudaron a descubrir algunas de las tácticas de la vieja gallina, a
la que mandó a desalojar para que no siguiera llenándoles la cabeza a las
demás.
Lo cierto fue que cuando el granjero descubrió el complot, ya la
veterana había dejado algunas enseñanzas a las más jóvenes, las que se
multiplicaron en número y fuerza. La primera acción o el primer choque frontal
con el dueño de la granja, fue romper los propios huevos. Esto despertó la ira
del hombre, quien como represalia dejó de alimentarlas por un tiempo, pero
obtuvo una rápida consecuencia a este estúpido actuar, ya no se necesitaban romper los huevos, los huevos
se rompían solos por la mala calidad de una producción hecha por gallinas
enfermas.
Frente a esta situación, el granjero comenzó a prestarle más
atención a las enjauladas, pero también fue tarde, ya que las garras les
crecieron torcidas y en algunos casos se enredaron en los alambres de la jaula, hecho que las enfermó y en ellas también comenzó a disminuir la producción.
Fue en ese momento que las enjauladas entendieron lo que la gallina vieja les había dicho,
cuando el dolor les fue insoportable y veían cómo morían de las formas más
horrendas que se hayan podido imaginar.
El hombre se desconcertó y vio cómo de a poco el gran negocio se
le escapaba de las manos. Sin embargo, en lugar de aprender la lección, castigó
duramente a las gallinas, las enjauló a todas y buscó en otros animales hacer
que su negocio fuera productivo.
La gallina vieja que había sido abandonada a su suerte en medio
del bosque, acudió en auxilio del gallinero abandonado a su suerte por el amo,
y muy lentamente comenzó a cavar un hueco cerca del alambrado; pudo entrar y
con su pico gastado y sus uñas ensangrentadas liberó a casi todas las gallinas.
Escaparon una noche hacia el bosque y desde allí pudieron observar
cómo el granjero comenzó la domesticación de otros animales. Ellas
sobrevivieron en su gran mayoría, hubo muchas que lamentablemente no pudieron
abandonar las jaulas porque sus uñas enredadas no se lo permitieron a pesar del
gran esfuerzo de las demás por zafarlas de los alambres.
Al granjero jamás le importó la suerte corrida por la población
del gallinero. Pero a las gallinas sí les importó la suerte que corrían los otros animales de la granja. Se dice que hay noches de luna llena en las que
algunas de las gallinas se acercan al lugar para despabilar a los que están en
vías de domesticación para que no pierdan su esencia, esa memoria genética que
a ellas las salvó, ya que el lema del granjero sigue siendo “Hay que
disciplinar al gallinero”, haciendo sarcástica referencia a lo sucedido en el
lugar y sobre lo cual él jamás aprendió nada.
Como moraleja dejo la siguiente frase: La estupidez insiste
siempre. ALBERT CAMUS
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