Matilde, atacada por la poliomielitis en la década del cincuenta,
quedó con una cojera advertida hasta por los más distraídos. Su vida no fue nada
fácil.
Creció con la burla de sus compañeros de colegio, pero su tormento
disminuía cuando su padre le explicaba que los niños suelen ser muy crueles, y que
generalmente cuando crecen, esa crueldad desaparece.
Esperando que sus compañeros crecieran, se le fue la adolescencia.
Su visión de la vida comenzó a distorsionarse, cuando al recibir el título de
bachiller, se enteró de un festejo al que no la habían invitaron.
Increpó a su madre pensando que ella, en un descuido, pudo haber
perdido la tarjeta del convite. Ramona por más memoria que hizo, no recordaba
haber recibido nada para su hija. No obstante, y adivinando lo sucedido, le
dijo que la perdonara, que seguramente se había ido a la basura con el resto de
la correspondencia vieja.
Quedaban sólo dos días para el ágape, por lo que debió apurarse a elegir el atuendo
ya que quería lucir hermosa.
Matilde era bajita, pasada en kilos ya que a sus angustias las
canalizaba comiendo, pero había algo que la destacaba de las demás y eran esos
hermosos ojos azules enmarcados con negras pestañas y que según su madre había
heredado de su abuelo materno. No le fue muy fácil conseguir un vestido acorde
a las circunstancias, ya que la moda comenzaba a hacerse para las chicas lánguidas,
las robustas eran historia antigua.
Su elección fue bastante acertada y Ramona muy sorprendida ayudó a
acicalar a su hija para que no se sintiera como sapo de otro pozo en esa
fiesta. El resultado sorprendió a toda la familia.
Cuando llegó a la fiesta nadie la miró, lo cual no dejaba de ser apreciado
por Matilde, prefería ser transparente a blanco de chanzas que esa noche no
estaba dispuesta a soportar.
El ambiente era muy interesante, las luces tenues hacían parecer a
todas las muchachas iguales y eso jugó muy a su favor.
En un rincón del salón, estaban las rezagadas de siempre, las que
no eran populares. Ella las miraba con admiración, ya que nada podía ser peor
que su cojera. Caminó hasta el lugar y previo a tomar una copa de champaña, se
sentó junto a estas muchachas. Fue bien recibida y al cabo de media hora,
estaba parloteando con todas de un modo bastante ameno.
En el festejo estaban invitados los hermanos y hermanas de los
egresados, por lo que había mucha gente desconocida, lo que para Matilde fue
una bendición. Luego de escucharse las palabras de una de las profesoras y de
la alumna medalla de oro, comenzó el baile.
Ella estaba acostumbrada a sentirse ajena en todos los lugares,
por lo que de algún modo comenzó a disfrutar de cosas a las que otros no les daban
importancia, y fue así que comenzó a conocer a la gente por sus gestos, sus
movimientos, sus risas, y esa noche a través del baile.
Sabía en qué momento Carolina iba a reírse, Claudia iba a hablar,
o Pedro acercarse a la chica más famosa de la escuela, y sin quererlo hizo un
juego mental que la iba sacando de a poco de ese sentimiento que le provocaba
ser transparente.
De pronto sintió que alguien le preguntó al oído si quería bailar,
al darse vuelta se encontró con un muchacho bastante guapo que la miraba de un
modo en el que jamás lo habían hecho. Matilde se levantó, clavó sus ojos azules en
los del muchacho y le dijo que no podía bailar ya que su cojera se lo
imposibilitaba. Él le pidió que lo intentase y que si no lo lograba se sentarían
a conversar. La llevó al centro del salón y comenzó a intentar que ella
bailara. En menos de dos minutos, todos los concurrentes estaban en círculo
mirando los intentos fallidos de Matilde. A ella no le importó, se sintió la
reina de la fiesta. Cerró sus ojos y creyó volar en los brazos de ese
guapo muchacho que le había prestado atención.
Lo que no alcanzó a comprender, fue que no pudo moverse del lugar,
todo transcurría en su imaginación y su acompañante mientras ella soñaba, la
tironeaba para sacarle al menos un paso. Al terminar la canción y en medio de
las carcajadas de sus compañeros, abrió los ojos y le agradeció al joven la amabilidad.
Se sentía en las nubes, alguien se había fijado en ella y por si esto fuera
poco, la había sacado a bailar.
Javier, el muchacho en cuestión, la acompañó hasta la silla en la
que estaba sentada, y allí la dejó. Al retirarse vio cómo sus compañeros le
palmeaban la espalda y se reían con él. Supuso que lo estaban felicitando por
el gesto, ese que ninguno de ellos fue capaz de tener con ella.
Miranda, una de las chicas que estaban sentadas a su lado, muy
apenada le dijo que escuchó que los chicos había hecho una apuesta y ganaba el
que lograra sacarla a bailar. Matilde la miró y le dijo que aún así había pasado el
momento más feliz de su vida. Tomó su abrigo y se retiró de la reunión.
Su padre quedó en buscarla a las dos de la mañana, así que cuando
salió él no estaba esperándola. Se fue caminando a su casa que quedaba a unas quince
cuadras. En el camino tuvo sentimientos encontrados, por un lado no podía
sacarse de la cabeza esa hermosa sensación de haber bailado y por el otro, la
rabia que le producían las palabras escuchadas de boca de Miranda.
Lo preocupante en la vida de Matilde fue el hecho de que no
supiese distinguir la realidad de esa fantasía que iba creciendo en su interior
y a la que se aferraba para no morir de tristeza frente a la crueldad del
mundo.
Necesitó crecer, también algo de terapia y algunos consejos
paternos para comenzar a pisar tierra firme. Los años pasaron y entre las corridas
de la facultad y un trabajo que había conseguido en un banco, bajó esos kilitos
de más, y con rehabilitación y los avances de la medicina, lograron llevar a su
mínima expresión esa cojera que tan infeliz la hizo en su adolescencia.
Una vez que obtuvo el título de Contadora, quedó en ese banco con
un cargo codiciado por más de uno de sus compañeros varones. Ella se sentía
totalmente satisfecha con sus logros y trataba de dar oportunidades a aquellas
personas que por sus apariencias eran relegados, haciéndose caso omiso a sus capacidades.
Estaba como encargada del área de Recursos Humanos, cuando se llamó
a concurso para ocupar tres cargos en el banco. Dos eran gerenciales y el
tercero en el sector informático. Luego de los exámenes se seleccionaron a dos
personas por cargo y decidiría quién quedaba, una entrevista que tendrían con
ella, que era la más capacitada para descubrir a las personas detrás de todo lo
que ellas mostraban o intentaban mostrar. Con sólo observarlas unos minutos,
ella desentrañaba sus personalidades de un modo asombroso, y jamás se equivocaba,
es por eso que ocupaba ese lugar en el banco.
Menuda fue su sorpresa cuando el último entrevistado era Javier,
aquél muchacho que ganó una apuesta a costa suya en el baile de graduados.
––Dígame usted, ¿a qué aspira con este cargo?, ––le dijo Matilde mirándolo a los ojos.
––Mi aspiración es hacer más eficiente el funcionamiento del área.
Mi título y la capacitación en….
––¿Usted escuchó alguna vez la fábula del Viento y del Sol?
––No sé a qué se refiere, ––dijo Javier una tanto enfadado.
––El viento y el sol hicieron una apuesta para ver cuál de los dos
le sacaba la capa a un caminante. El viento aceptó y se dijo ––esta es la mía,
no va a poder conmigo, es muy fácil para mí hacerlo ––. El viento sopló fuerte
y mientras más lo hacía, el hombre más se aferraba a su capa. Entonces se dio
por vencido. Llegó el turno del sol, él humildemente y con sus tibios rayos
comenzó a calentar el cuerpo cansado del caminante, entonces el hombre comenzó
a sentirse acalorado y solo se sacó la capa.
––Mire señora, no la entiendo, quisiera tener mi entrevista con
alguien responsable. Esto para mí es muy importante.
––¿Sabe cuál es la moraleja de la fábula que le acabo de contar? “Más
vale ser sensato que presumido”. Por si no lo recordás Javier, te voy a
refrescar la memoria, yo soy Matilde, esa muchacha a la que sacaste a bailar en
la fiesta de egresados y a la que hiciste soñar por unos minutos. En ese
pequeño lapso de tiempo creí que eras el sol, y resultó ser que no eras más que
el viento.
Javier se levantó y desapareció. Por abandono quedó en el cargo el
otro postulante.
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