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miércoles, 10 de abril de 2013

EL LUGAR MÁS TRISTE DE LA TIERRA

                             Águilas

La tribu amaneció convulsionada. Aquene había informado horas antes al cacique Calana que las plantaciones habían sido atacadas por la noche y que poco quedaba de ellas. Ese año especialmente, por las inclemencias del tiempo y la gran sequía, les había costado un esfuerzo sobrehumano la siembra. La tierra estaba seca y quebradiza, el sol castigaba como pocas veces lo habían visto y la hambruna ya se estaba haciendo sentir.
Calana buscó durantes semanas la explicación a tal sufrimiento, pensó que los dioses por algún motivo los estaban castigando. Para apaciguarlos, efectuaron un sinfín de ceremonias pidiéndole al padre sol y la madre luna que les concediera la bendición de la lluvia.
El brujo de la tribu, bajo los efectos del cebil, un alucinógeno potente usado en las ceremonias, tuvo una visión apocalíptica que no pudo dejar de transmitírsela a Calana. El cacique escuchó con atención y a su rudo rostro los traspasó el desasosiego, sabía que cuando Alúm recurría a él de inmediato, era porque lo que se venía no era bueno.
Alúm era un viejo chamán que se caracterizaba por ser un hombre de pocas palabras y muy respetuoso de los ánimos del cacique, sin embargo, cuando veía algo grave, corría a su encuentro para que las soluciones fueran rápidas y se evitaran los daños posibles.
La visión fue concluyente, ambos interpretaron esa noche que tiempos duros se avecinaban y tenían que estar preparado para una guerra desconocida, es por eso que en el momento en que Aquene le dio la noticia, no lo relacionó con la devastación de la cosecha.
A pesar de que se traban de dos cosas diferentes, Calana no pudo dejar de prestar atención a lo sucedido. Él sabía que los Sanavirones, en su afán expansionista, tomaban tierras de un modo inescrupuloso y para eso estaban preparados, pero no estaba muy seguro que se tratara de ellos o de otros vecinos que con el pretexto de la cacería arrasaban con todo lo que encontraban a su paso.
Los Comechingones eran pueblos sedentarios y pacíficos, aunque se ponían bravos cuando de defender sus tierras se trataba. Calana, pertenecía a esta tribu; se lo veía muy triste, no sabía qué iba a comer su pueblo hasta poder reponer la cosecha. Una noche, y bajo los efectos del achuma, vio a un águila majestuosa que con su pico le señalaba los cuatro puntos cardinales. Luego, dibujando círculos, se elevó a los cielos dejando caer decenas de plumas sobre su pueblo. Para Calana ese no era un buen presagio.
Para resolver los dos inconvenientes por los que estaba atravesando, le pidió a Aquene que juntara a un grupo de jóvenes, a los que considerara más preparados para el combate, y que se dirigiera al este ya que su intuición le decía que ahí se encontraba el problema mayor.
Obedeciendo las órdenes del cacique, en menos de una semana el grupo salía rumbo al este a buscar respuestas. Mientras esto sucedía, otro grupo partía a cazar guanacos, venados, liebres y ñandúes, con la recomendación de que cualquier fruto que vieran en el camino también fuera recolectado.
Andar por las sierras no era nada fácil, pero peor fue ver cómo morían los niños de hambre. A todo debían hacerlo rápido, el tiempo se les terminaba, ya que con la confianza de una buena cosecha, no habían tenido la previsión de juntar otro tipo de provisiones. Sólo quedaban algunos pescados, algo de carne secados al sol y pocos granos sobrantes de la siembra. La situación era por demás grave y complicada.
Luego de varias lunas, Aquene llegó a una zona con gente extraña, sus vestimentas les eran desconocidas, también su idioma. Ocultos tras pequeños montes se quedaron observando aturdidos a seres que parecían venir de los cielos. Alcanzó a distinguir a muchos de tribus vecinas, que eran llevados en cajas tiradas por bueyes a construcciones desconocidas. Parecían enfermos, y sí que lo estaban.
Cuando se preparaba a volver para llevarle las novedades a Calana, fueron tomados prisioneros por un grupo de soldados españoles y llevados ante un hombre que trataba de hacerse entender, sin lograrlo. Luego de infructuosos intentos los trasladaron a una habitación en donde otros de su tribu, tomados prisioneros unos meses antes, les contaron lo que había sucedido con su pueblo, radicado más al norte de donde ellos tenían el asentamiento.
Lo que escuchó Aquene fue algo que debía ser transmitido a su pueblo, él no podía permitir que se lo sometiera a las atrocidades que estaba escuchando. No sólo mataban a hombres, mujeres y niños, mataban a sus dioses, a su cultura y hasta su idioma, eran desposeídos de sus tierras y sus mujeres violadas. Aquene era fuerte, pero ese día lloró. No era bueno lo que le pasaría su pueblo si los descubrían.
Luego de ser sometido a infinidad de tormentos para que hablara sobre la ubicación de su tribu, el lugar fue atacado por un malón venido del norte, y en un descuido, él y otro de su grupo pudieron escapar. El trayecto de vuelta no fue fácil, estaban muy heridos y hambrientos. Pero una fuerza poderosa los hacía seguir, debían comunicar lo que iba a suceder para que su gente pudiera escapar a otro lugar.
Al llegar se enteraron de que Calana estaba grave, la visión lo había enloquecido ya que no veía esa luz que lo guiara por el camino correcto. Aquene pensó que de todos modos debía hablar con él y así lo hizo. El cacique se transfiguró con los que escuchó de su boca y haciendo un gran esfuerzo reunió a toda la tribu, y les habló.
––Llegará del Este la peste, algo que no conocemos y que al parecer es muy fuerte y arrasará con nuestras tierras, nuestros dioses y nuestras vidas. Vi al águila, y su mensaje no fue bueno, tiempos duros se aproximan y los dejo en libertad para sean ustedes los que elijan el camino a seguir. Yo estoy muy débil y no quiero ser una carga. Me entré que Olayón murió en combate intentando defender a su pueblo, yo lo único que les puedo ofrecer es su libertad y que la usen responsablemente por ustedes y por sus hijos.
Mientras Calana hablaba, gran parte del pueblo tuvo una visión y los que vieron no fue bueno. Sin esperar más tiempo cada familia se reunió y sin una conversación previa entre los grupos tomaron la determinación más triste de la historia.
Estaban muy cerca del cerro Colchiqui, ese que enterraría sus sueños, sus dioses, su cultura, su idioma y a todas sus familias. Ese fue el día en el que decidieron no combatir al extraño mal, ya que sabían que serían vencidos, lo que no significó darse por vencidos, sino mantener intacta cerca del padre sol y de la madre luna, sus convicciones.
Desde ese cerro, cientos de familias, se tiraron implorando a la madre tierra que los acogiera en sus entrañas. Fue un suicidio masivo para algunos, para ellos seguramente la salvación y la vida eterna con su cultura intacta.
Visitar Ongamira, es pisar tierra doliente, uno no puede separar la belleza del lugar con esa energía que transmite uno de los dolores mejores expresados por la naturaleza. Tierra roja, bañada por la sangre de esa gente que prefirió morir dignamente a ser asesinada y humillada por ese mal extraño al que hoy llamamos colonización.
El Poeta Pablo Neruda lo describió como “El lugar más triste de la tierra”.

                                                             

2 comentarios:

  1. No sólo está bellamente escrito, si no que se llega a sentir correr la mismisima sangre de nuestros antepasados por nuestras propias venas.
    Gracias por tan hermoso y valioso regalo

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  2. Así es Shoin, sangre brava y dispuesta a seguir luchando para mantener intacta nuestra cultura y nuestras convicciones. Ni antes, ni ahora, ni nunca se las entregaremos a nadie, lo hicieron nuestros antepasados y seguramente lo podremos hacer nosotros. Gracias por tus comentarios. Un fuerte abrazo de sangre!!!!!

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