Hasta que apareció esta tecnología
que a veces a los mayores nos abruma, éramos absoluta y totalmente necesarios
para nuestros hijos. De los padres y la escuela, ellos se nutrían con toda esa
sabiduría que los llevaría a recorrer el mundo sin el estigma de la ignorancia.
¿Y por qué?, era una pregunta millones de veces repetidas y a veces absolutamente agotadora. Sin embargo, allí estábamos los padres, respondiendo a cada uno de esos por qué. Les leíamos cuentos por las noches, les enseñábamos a armar rompecabezas, hacíamos obras faraónicas con los ladrillitos de plástico, nos pasábamos tardes enteras jugando a la casita robada con ese mazo de cartas que de tan usado ya casi no se le notaban las figuras.
¿Y por qué?, era una pregunta millones de veces repetidas y a veces absolutamente agotadora. Sin embargo, allí estábamos los padres, respondiendo a cada uno de esos por qué. Les leíamos cuentos por las noches, les enseñábamos a armar rompecabezas, hacíamos obras faraónicas con los ladrillitos de plástico, nos pasábamos tardes enteras jugando a la casita robada con ese mazo de cartas que de tan usado ya casi no se le notaban las figuras.
Éramos la fuente inagotable de esa
sabiduría quizás chiquita que ellos necesitaban mientras crecían, de nosotros
dependían en todos los aspectos de la vida, éramos para ellos tan importantes
como los dibujitos animados de los canales infantiles.
Había una hora para comer, otra para dormir y
fundamentalmente una para dialogar. Las milanesas con papas fritas y los fideos
con tuco, eran las comidas favoritas; el dulce de leche, un flancito casero, o una buena porción de un fresco y batata, los postres cotidianos.
Las tardes en el
barrio se llenaban de voces pequeñitas que hacían la música diaria para
nuestros oídos. Sus calles se agotaban con esas golondrinas que cambiaban en
segundos el fútbol por la bici y a ésta por las carreras en patines.
Ni
hablar de las salidas a los cines cuando se estrenaba una nueva de Disney,
¡programa si los había!, una chocolatada entes de entrar, los Sugus mientras
veíamos la película, las risas que inundaban las salas antiguas de las calles
céntricas. Cuando salíamos, no nos venía mal una porción de pizza en Colón y
General Paz.
Lógicamente esas salidas eran los sábados, porque
al otro día no había clases. Recuerdo que nos dábamos el gusto de comentar en
el bondi los pormenores de la película y seguir en casa cruzando opiniones
sobre lo visto.
Los
domingos sí que eran gloriosos, toda la familia alrededor de la mesa, hablando
todos a la vez, comentando los chismes de la semana y
algunas anécdotas milenarias contadas por el abuelo que eran la delicia de los
chicos y el asombro de los grandes. Él sí que era un sabio.
Por
aquellos tiempos nuestros hijos nos necesitaban. Y nosotros, orgullosos de ser
necesitados, le trasladábamos todo lo que ellos reclamaban. La plata no era un
problema, era sólo un medio para cubrir las necesidades chiquitas de esos
pichones en los albores de la vida. Tenían una vida social para nosotros
conocida, hacían amigos a los que les veíamos la cara, había un Pedro, un
Pablo, un Juan, una Laura, una Virginia y tantas otras que desfilaban cada
tarde por las calles, veredas y hasta por los interiores de nuestras casas.
De
vez en cuando el cartero les traía alguna carta de ese amigo que se había ido a
vivir al sur o de esa tía que le pusimos como madrina al mayor para seguir con
una tradición familiar.
Y
como la naturaleza va haciendo lo suyo, ellos iban creciendo, gracias a Dios con
todo eso vivido en la niñez. Conocieron a Mickey Mouse, al Gato y al Ratón, al
Corre Caminos, al Pájaro Loco y a otros tantos personajes que eran el deleite
de las tardes luego de que se terminaban las tareas del colegio. Pero con el
paso del tiempo, vinieron las fiestas de quince, los viajes de estudiantes y
también Internet.
Internet,
que reemplazó al padre, a la madre, a Mickey, al gato y al ratrón, a este
último pobrecito por el mouse, no tan gracioso ni tan inquieto, pero tan
necesario como una cuchara para tomar la sopa.
Fue
en eso momento en donde se terminaron los por qué, hacia nosotros por supuesto,
ya que sólo con poner la pregunta en Google, el problema se resuelve
automáticamente y quizás de un modo más sabio que el nuestro.
Los
hijos dejaron de necesitarnos. Pero paradójicamente somos nosotros los que
ahora dependemos de ellos. Ya que para no quedar colgados en la palmera de la vida,
debemos, precisamos, estamos obligados a acoplarnos a este gran invento que de
tan grande no dejó lugar a la pelota, al patín, a la bicicleta ni a las
sobremesas.
Cuando por primera vez me dijeron que mi computadora tenía un virus, surgió mi primer estado de desorientación. Yo tengo a mi médico de cabecera que me soluciona todos los problemas de salud, pero caerle para que me solucionara éste, no me parecía decoroso. Luego me explicarían, mis hijos por supuesto, que ese virus no es más que un software malintencionado que se infiltra en la computadora para dañarla. No quise seguir preguntando, no tenía idea de lo que me estaban hablando. Llamé entonces al hospital de las computadoras, que pensé que quedaba al lado del hospital de los muñecos, a donde fue Pinocho mal herido, pero no, estaba también en Internet, no sé muy bien al lado de quién ni por dónde. Mágicamente se me proporcionó una vacuna o un antivirus y solucioné el problema.
Me instalaron una Webcams y hablo con toda mi familia, eso sí, me tengo que vestir como si estuviera de visitas, nos sea cosa que me vean con la facha con la que ando por mi casa.
No podemos llamarles la la atención, ya que es la afrenta más grande que se les pueda hacer a estos pichones que volaron no del nido, sino de la realidad para meterse en ese mundo que ni siquiera sé en dónde se encuentra.
Hasta han cambiado el carácter, creo que nos hemos vuelto molestos porque si nos atrevemos a distraer su atención mientras están en las máquinas, no sólo que no nos escuchan sino que dan claras muestras de fastidio.
Casi no uso el teléfono, ni ellos tampoco, al fijo me refiero, porque también apareció el celular y eso sí que es un delirio. Por ejemplo, los domingos, ya no son como en otros tiempos. Hoy, alrededor de la mesa, seis personajes, los de la era informática están con sus celulares que ahora también tienen Internet, siguiendo el partido de fútbol, comunicándose con millones de amigos, creo que son los de Roberto Carlos, a los que yo no conozco, ni a uno, y juro que es así, dejando de ese modo que se enfríe la comida y no prestando atención al resto, a los de la era de hielo, a los dinosaurios, ya que por más esfuerzo que hagamos, de ningún modo podremos alcanzarlos en la frenética carrera de la informática. Internet y los celulares terminaron siendo los mentores de esta nueva era, en donde el modo en el que se comunican ha cambiado y ni hablemos del lenguaje. Se murió el chorlito, el chucho, el cusifai, el fiolo, el mersa, el palmó, me da pavura, me dio un pechazo, me reviré, y miles más. En su lugar aparecieron los nop, sip, buenazo o re-bueno, fashion, no limes o está limando, estoy joya, a full, bajá un cambio, de pronto, obvio, nada, chan, digo, o sea, vos fumá, porfi, tal cual, bolu, y otras tantas que por tantas ya no las recuerdo.
Y como envejecer es la forma de vivir mucho tiempo y si uno vive mucho tiempo tiene que ir adecuándose a los cambios, debí aprender lo que era “flogger”, “dark, “emo”, “fecebook”, “fotolog”, “Mp3”, y cuando ya lo estaba entendiendo apareció el “Mp4”, todo a través de mis hijos de los que dependo más de lo que lo hice en su tiempo con mis padres. Pero debo confesar que mis padres me brindaron muchísimo más tiempo que el que hoy me dan mis hijos, y no por mala gente sino porque ya no lo tienen.
Antes todo era más fácil, “el Wincofón”, “el Gelosso”, “la mini Spica”, “el fono” y como gran avancela Polaroid , quizás por eso los padres tenían más tiempo.
Pero definitivamente la vida ha cambiado y debemos adecuarnos a ella, nuestros hijos son hoy nuestros maestros y dependemos como jamás lo hicimos de persona alguna. Lo que no deja de ser a veces una gran complicación.
Lo lamento por los nacidos en este época, se perdieron los encantos de la anterior, pero es al vicio lamentarse, cómo extrañar algo que no se conoció, si aún los que los conocieron no los extrañan.
Mis queridos internautas, tengo una noticia para darles, la vida es lo que pasa mientras ustedes están frente a una computadora.
Cuando por primera vez me dijeron que mi computadora tenía un virus, surgió mi primer estado de desorientación. Yo tengo a mi médico de cabecera que me soluciona todos los problemas de salud, pero caerle para que me solucionara éste, no me parecía decoroso. Luego me explicarían, mis hijos por supuesto, que ese virus no es más que un software malintencionado que se infiltra en la computadora para dañarla. No quise seguir preguntando, no tenía idea de lo que me estaban hablando. Llamé entonces al hospital de las computadoras, que pensé que quedaba al lado del hospital de los muñecos, a donde fue Pinocho mal herido, pero no, estaba también en Internet, no sé muy bien al lado de quién ni por dónde. Mágicamente se me proporcionó una vacuna o un antivirus y solucioné el problema.
Me instalaron una Webcams y hablo con toda mi familia, eso sí, me tengo que vestir como si estuviera de visitas, nos sea cosa que me vean con la facha con la que ando por mi casa.
No podemos llamarles la la atención, ya que es la afrenta más grande que se les pueda hacer a estos pichones que volaron no del nido, sino de la realidad para meterse en ese mundo que ni siquiera sé en dónde se encuentra.
Hasta han cambiado el carácter, creo que nos hemos vuelto molestos porque si nos atrevemos a distraer su atención mientras están en las máquinas, no sólo que no nos escuchan sino que dan claras muestras de fastidio.
Casi no uso el teléfono, ni ellos tampoco, al fijo me refiero, porque también apareció el celular y eso sí que es un delirio. Por ejemplo, los domingos, ya no son como en otros tiempos. Hoy, alrededor de la mesa, seis personajes, los de la era informática están con sus celulares que ahora también tienen Internet, siguiendo el partido de fútbol, comunicándose con millones de amigos, creo que son los de Roberto Carlos, a los que yo no conozco, ni a uno, y juro que es así, dejando de ese modo que se enfríe la comida y no prestando atención al resto, a los de la era de hielo, a los dinosaurios, ya que por más esfuerzo que hagamos, de ningún modo podremos alcanzarlos en la frenética carrera de la informática. Internet y los celulares terminaron siendo los mentores de esta nueva era, en donde el modo en el que se comunican ha cambiado y ni hablemos del lenguaje. Se murió el chorlito, el chucho, el cusifai, el fiolo, el mersa, el palmó, me da pavura, me dio un pechazo, me reviré, y miles más. En su lugar aparecieron los nop, sip, buenazo o re-bueno, fashion, no limes o está limando, estoy joya, a full, bajá un cambio, de pronto, obvio, nada, chan, digo, o sea, vos fumá, porfi, tal cual, bolu, y otras tantas que por tantas ya no las recuerdo.
Y como envejecer es la forma de vivir mucho tiempo y si uno vive mucho tiempo tiene que ir adecuándose a los cambios, debí aprender lo que era “flogger”, “dark, “emo”, “fecebook”, “fotolog”, “Mp3”, y cuando ya lo estaba entendiendo apareció el “Mp4”, todo a través de mis hijos de los que dependo más de lo que lo hice en su tiempo con mis padres. Pero debo confesar que mis padres me brindaron muchísimo más tiempo que el que hoy me dan mis hijos, y no por mala gente sino porque ya no lo tienen.
Antes todo era más fácil, “el Wincofón”, “el Gelosso”, “la mini Spica”, “el fono” y como gran avance
Pero definitivamente la vida ha cambiado y debemos adecuarnos a ella, nuestros hijos son hoy nuestros maestros y dependemos como jamás lo hicimos de persona alguna. Lo que no deja de ser a veces una gran complicación.
Lo lamento por los nacidos en este época, se perdieron los encantos de la anterior, pero es al vicio lamentarse, cómo extrañar algo que no se conoció, si aún los que los conocieron no los extrañan.
Mis queridos internautas, tengo una noticia para darles, la vida es lo que pasa mientras ustedes están frente a una computadora.
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