Catalina llegó a
una etapa de su vida en la que se sintió una cebolla. Siempre decía que capas y
más capas encerraron a su corazón, el que quedó en el centro de una estructura
potente, con personalidad e identidad totalmente definida para el exterior. Cierto
día, muy apesadumbrada y vaya a saber por qué circunstancia se hizo esta
pregunta ¿qué nombre llevará mi tumba?
Ella escuchó decir muchas veces que
el ser humano está apto para desempeñar todos los roles de los que sea capaz, y
sólo entonces es considerado como una persona completa.
Pero un día se
cansó, y sin querer hacerse un planteo existencial, ni ponerse en el plano de
mártir, que es así como los que se dicen expertos rotulan a las mujeres madres
de familia cuando presentan alguna queja, se dispuso a hacer una prieta
síntesis de lo que le hubiese gustado ser, porque ella decía que, era necesario
despejar el “querer” del “poder”, ya que lamentablemente en esta vida, la
mayoría no hace lo que quiere sino simplemente lo que puede.
Ella hizo lo que
pudo, pero quería hacerse la película, necesitaba ver su vida desde la óptica
de haber hecho lo que quería. Todas las tardes se sentaba en la sala, desde la
cual se veía ese extenso parque que, pletórico de una majestuosa arboleda, le
daba el marco perfecto para soñar con los ojos abiertos. La tarea le llevó más
tiempo del esperado. De ese modo conformó un escenario perfecto, en el que
tenía lo que quería, sin limitaciones.
Se proyectó
desde muy pequeña, allí hizo lo que quiso, tuvo todas esas muñecas que le
fueron privadas a esa edad dado que era la quinta hija en un hogar de clase
media baja, y lo único que allí sobraban eran las necesidades. Se dio con el
gusto de vivir en una casa lujosa con un garaje que podía albergar hasta tres
autos, que por supuesto tenía la familia, jardines que se le perdían en el
horizonte, decenas de amigas con las que jugaba todas las tardes, los mejores
vestidos y cientos de viajes por el mundo, cosa que jamás había podido hacer.
Por esos tiempos para la familias de clase trabajadora, la frontera estaba
marcada por el barrio que seguía al de uno, y las vacaciones no existían. Es
por eso que de no ser por los viajes que había realizado siendo mayor, ni
siquiera hubiese podido concebirlos en sus sueños.
Ella siempre
decía que cada edad le hizo ver las mismas cosas de un modo diferente y le
intrigaba saber cómo sería con diez años ver la torre Eiffel o el Vaticano.
También se vio de adolescente, era
la más bella y la más solicitada por los jovencitos que se peleaban por
llevarla a los bailes. Manejó su propio auto, lució la mejor ropa, los mejores
zapatos y una cantidad incalculable de joyas regaladas por sus padres y
abuelos. Se dio con el gusto de repetir una y mil veces esa historia que tanto
la atrapaba y era aquella que le permitió por tan sólo tres días, tener dos
novios. Con ese recuerdo, la adrenalina le subía hasta el cuello, se le
aceleraba el ritmo cardíaco y un vehemente cosquilleo en el estómago la hacía
sentir muy cerca del éxtasis. Eso era justamente lo que había perdido, la
capacidad de sentirse como un ser único, casi lo que hoy llamamos el ombligo
del mundo, pero para ella misma, no para el resto. Estudió menos e hizo más
sociales. No desperdició ninguna invitación y se preocupó de que el resultado
fuera el mismo, sólo que unos añitos más tarde. Gozó de las amistades, de los
compañeros de la facultad, se sintió sin presiones para poder vivir a fondo esa
edad en la que los sueños ocupan todos los espacios posibles.
Intentó salir de esa etapa para
poder continuar fantaseando con las que le sucedieron, pero no podía. Era tan
grande el embelesamiento que le producían esas sensaciones, que se resistía a
dar vuelta la hoja.
Ese lugar, esa ventana, se
convirtieron en el santuario al que recurría para armar una identidad a la que
ella pensaba hubiera accedido si hubiese podido hacer lo que quería.
No supo entonces de qué modo
escaparle a la vida, en sus fantasías por supuesto, porque por más que se
esforzara en querer cambiarla, siempre le aparecían las cargas, esas a las que
ella le quería disparar con ese mecanismo que usaba para quizás, evadirse por
unos segundos de una realidad que de algún modo le incomodaba.
En un determinado momento se dio
cuenta de que ya había perdido las ganas de jugar, no sabía cómo manejar el
juego y ya no pudo volver a esa etapa que la hizo tan feliz. Cerró la ventana,
desarmó ese espacio que la llenaba de luz y pisó tierra las veinticuatro horas
del día. Se dio cuenta que había una realidad irreversible y que por más
vueltas que diera, siempre caería en lo mismo. Su esencia era la misma, en los
sueños y en la vida real.
Al ver el asombro de su amiga,
trató de explayarse sobre el tema diciendo, soy hija, amiga, madre, quizás
algún día abuela, y yo me preguntó ahora, ¿verdaderamente quién soy?, siento
que puedo ser más que eso, pero no puedo encontrar la respuesta, y tratando de
encontrarla me situé en un plano en el que yo era la única protagonista, con
una identidad que no dependía de terceros, pero llegó un momento en el que eso
se me hizo imposible, es por ello que volví y acá estoy, simplemente
preguntándome ¿qué nombre llevará mi tumba?, porque está visto que lo que soy
es lo que los otros dicen de mí.
Una mañana, se reunieron todas las
amigas que aún quedaban vivas y decidieron visitar la tumba de Catalina que
había muerto hacía un par de años, ninguna de ellas asistió al
entierro ya que la familia no las pudo ubicar a tiempo. Fueron llevadas
por la hija de Martina.
Al llegar vieron que estaba la
enterrada al pie de un añoso árbol, tan viejo como la sumatoria de los años de
las que se encontraban presente y cuya sombra la cobijaba a toda hora. Flores
de distintos colores fueron puestas sobre la tumba, y con gran emoción Martina
leyó lo que decía la lápida que la cubría.
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