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viernes, 10 de mayo de 2013

¿QUÉ NOMBRE LLEVARÁ MI TUMBA?


                                 
Imagenes de Fantasía

Catalina llegó a una etapa de su vida en la que se sintió una cebolla. Siempre decía que capas y más capas encerraron a su corazón, el que quedó en el centro de una estructura potente, con personalidad e identidad totalmente definida para el exterior. Cierto día, muy apesadumbrada y vaya a saber por qué circunstancia se hizo esta pregunta ¿qué nombre llevará mi tumba?
Ella escuchó decir muchas veces que el ser humano está apto para desempeñar todos los roles de los que sea capaz, y sólo entonces es considerado como una persona completa.
En este juego de los roles que se deben desplegar en la vida para poder subsistir, a veces necesitó aferrarse sólo a uno para poder hacer frente a lo que se esperaba de ella. Fue muy buena alumna, la eligieron mejor compañera en la escuela secundaria, tuvo un novio por vez, salvo en una inolvidable excepción, se casó por Iglesia, tuvo hijos, una profesión que le permitió vivir holgadamente, fue una hija excepcional, según lo dijeron sus padres, una esposa modelo, palabras de su marido, una madre inigualable, dicho por sus hijos, en fin, alguien de quien se puede hablar sin vergüenza y a la vez con mucho orgullo.
Pero un día se cansó, y sin querer hacerse un planteo existencial, ni ponerse en el plano de mártir, que es así como los que se dicen expertos rotulan a las mujeres madres de familia cuando presentan alguna queja, se dispuso a hacer una prieta síntesis de lo que le hubiese gustado ser, porque ella decía que, era necesario despejar el “querer” del “poder”, ya que lamentablemente en esta vida, la mayoría no hace lo que quiere sino simplemente lo que puede.
Ella hizo lo que pudo, pero quería hacerse la película, necesitaba ver su vida desde la óptica de haber hecho lo que quería. Todas las tardes se sentaba en la sala, desde la cual se veía ese extenso parque que, pletórico de una majestuosa arboleda, le daba el marco perfecto para soñar con los ojos abiertos. La tarea le llevó más tiempo del esperado. De ese modo conformó un escenario perfecto, en el que tenía lo que quería, sin limitaciones.
Se proyectó desde muy pequeña, allí hizo lo que quiso, tuvo todas esas muñecas que le fueron privadas a esa edad dado que era la quinta hija en un hogar de clase media baja, y lo único que allí sobraban eran las necesidades. Se dio con el gusto de vivir en una casa lujosa con un garaje que podía albergar hasta tres autos, que por supuesto tenía la familia, jardines que se le perdían en el horizonte, decenas de amigas con las que jugaba todas las tardes, los mejores vestidos y cientos de viajes por el mundo, cosa que jamás había podido hacer. Por esos tiempos para la familias de clase trabajadora, la frontera estaba marcada por el barrio que seguía al de uno, y las vacaciones no existían. Es por eso que de no ser por los viajes que había realizado siendo mayor, ni siquiera hubiese podido concebirlos en sus sueños.
Ella siempre decía que cada edad le hizo ver las mismas cosas de un modo diferente y le intrigaba saber cómo sería con diez años ver la torre Eiffel o el Vaticano.
También se vio de adolescente, era la más bella y la más solicitada por los jovencitos que se peleaban por llevarla a los bailes. Manejó su propio auto, lució la mejor ropa, los mejores zapatos y una cantidad incalculable de joyas regaladas por sus padres y abuelos. Se dio con el gusto de repetir una y mil veces esa historia que tanto la atrapaba y era aquella que le permitió por tan sólo tres días, tener dos novios. Con ese recuerdo, la adrenalina le subía hasta el cuello, se le aceleraba el ritmo cardíaco y un vehemente cosquilleo en el estómago la hacía sentir muy cerca del éxtasis. Eso era justamente lo que había perdido, la capacidad de sentirse como un ser único, casi lo que hoy llamamos el ombligo del mundo, pero para ella misma, no para el resto. Estudió menos e hizo más sociales. No desperdició ninguna invitación y se preocupó de que el resultado fuera el mismo, sólo que unos añitos más tarde. Gozó de las amistades, de los compañeros de la facultad, se sintió sin presiones para poder vivir a fondo esa edad en la que los sueños ocupan todos los espacios posibles.
Intentó salir de esa etapa para poder continuar fantaseando con las que le sucedieron, pero no podía. Era tan grande el embelesamiento que le producían esas sensaciones, que se resistía a dar vuelta la hoja.
Cada vez que se sentaba frente a la ventana, insistía en ese período de su vida. Su inconsciente la tenía atrapada en una época que quizás le planteaba la posibilidad de mayores desafíos.
Ese lugar, esa ventana, se convirtieron en el santuario al que recurría para armar una identidad a la que ella pensaba hubiera accedido si hubiese podido hacer lo que quería.
Pero llegó un momento en el que irremediablemente debió pasar a otra etapa, creyó que no era bueno anclarse en el tiempo. Fue entonces que comenzó a transitar la era de las responsabilidades, o lo que comúnmente llamamos la adultez. Allí se sintió un tanto incómoda ya que el encantamiento que le producía la anterior, casi había desaparecido. A pesar de que se veía como una excelente empresaria, felizmente casada y con unos hijos maravillosos, se dio cuenta que su responsabilidad crecía para arriba y para abajo, o sea con sus padres y con sus hijos, y a eso ya no lo resolvía el dinero, ni los autos, ni la maravillosa casa que se había inventado para vivir.
No supo entonces de qué modo escaparle a la vida, en sus fantasías por supuesto, porque por más que se esforzara en querer cambiarla, siempre le aparecían las cargas, esas a las que ella le quería disparar con ese mecanismo que usaba para quizás, evadirse por unos segundos de una realidad que de algún modo le incomodaba.
En un determinado momento se dio cuenta de que ya había perdido las ganas de jugar, no sabía cómo manejar el juego y ya no pudo volver a esa etapa que la hizo tan feliz. Cerró la ventana, desarmó ese espacio que la llenaba de luz y pisó tierra las veinticuatro horas del día. Se dio cuenta que había una realidad irreversible y que por más vueltas que diera, siempre caería en lo mismo. Su esencia era la misma, en los sueños y en la vida real.
Según le contaba a sus amigas, no hubo un tiempo en que se sintiera tan plena como en ése en el que desplegó sus alas a la ensoñación. Martina una vez le preguntó qué era lo que tanto le molestaba de su vida para necesitar inventar una paralela, ella le contestó que absolutamente nada, que era feliz, además se había dado cuenta que cualquiera fuera la forma en la que hubiera vivido, siempre terminaría siendo la misma  persona que era en ese momento. Martina, que no era de aquellas que se quedaban con respuestas que no podía entender, insistió diciéndole que si recurría a fantasías, era porque seguramente había algo que la mantenía insatisfecha. Catalina, con su característica voz monocorde, le respondió que lo único que ella quería saber era, qué nombre llevaría su tumba, y sin darse cuenta recurrió a ese mecanismo para buscar una identidad que creía perdida, necesitaba imperiosamente asegurarse de que no se había equivocado con la vida llevada hasta esos momentos.
Al ver el asombro de su amiga, trató de explayarse sobre el tema diciendo, soy hija, amiga, madre, quizás algún día abuela, y yo me preguntó ahora, ¿verdaderamente quién soy?, siento que puedo ser más que eso, pero no puedo encontrar la respuesta, y tratando de encontrarla me situé en un plano en el que yo era la única protagonista, con una identidad que no dependía de terceros, pero llegó un momento en el que eso se me hizo imposible, es por ello que volví y acá estoy, simplemente preguntándome ¿qué nombre llevará mi tumba?, porque está visto que lo que soy es lo que los otros dicen de mí.
Martina no pudo soportar este planteo y sin darle más vueltas al asunto la mandó al psicólogo.
Pasaron muchos años, Catalina fue abuela y como en todos los roles que había desempeñado en su vida, fue la mejor. También le llegaron los bisnietos y a pesar de que ya casi no veía, su corazón estaba lleno de toda esa ternura que fue cultivando con los años hacia aquellos a los que amaba profundamente.
Una mañana, se reunieron todas las amigas que aún quedaban vivas y decidieron visitar la tumba de Catalina que había muerto hacía un par de años, ninguna de ellas asistió al entierro ya que la familia no las pudo ubicar a tiempo. Fueron llevadas por la hija de Martina.
Al llegar vieron que estaba la enterrada al pie de un añoso árbol, tan viejo como la sumatoria de los años de las que se encontraban presente y cuya sombra la cobijaba a toda hora. Flores de distintos colores fueron puestas sobre la tumba, y con gran emoción Martina leyó lo que decía la lápida que la cubría.
Catalina, dijo en voz baja mirando a ese espacio en el que reposaba su amiga, tu tumba lleva la definición exacta de lo que fuiste en vida, tus hijos, nietos y bisnietos pusieron sobre ella “Aquí descansa el amor”, no te preocupes, ya quedaron aclaradas todas tus dudas.


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