Aunque todos digan que se trata de un color, para mí
significa más que eso. Sepia es un tiempo, un espacio, una dimensión lejana, en
donde los sonidos eran acordes y las palabras versos.
Sepia es el color de la inocencia, de los cantos
infantiles, de los coros de calandrias y de las interminables reuniones con
chicos de mi barrio. Es el perfume de mi madre, las pisadas de mi padre, las riñas
y el amor de mis hermanos, los pequeños paracaídas que caían desde el cielo con
alguna propaganda que pudiese llegar a toda la ciudad. Sepia es la foto de mi
abuelo, un español llegado con millones de sueños a la tierra prometida, de mi
abuela alemana que atravesó el gran océano para echar raíces en este continente terroso,
perfumado y lleno de promesas. Sepia fue mi primer beso, bajo aquél nogal añoso
que con su tupido follaje escondió mis demandas juveniles. También fue sepia mi
primera lágrima llorada por amor, o esa sonrisa desplegada frente a un nuevo
encuentro. En ese espacio sepia estaba el cine de mi barrio, colmado de risas
infantiles mientras veíamos a los Tres Chiflados, a Tarzán y la mona Chita, o
los dibujos animados de Walt Disney.
Sepia era la luna antes de ser pisada por el hombre, ésa
que atesoró mis sueños y el sol dorado de cada uno de esos días en los que el
astro rey no significaba aún ningún peligro.
En mi tiempo color sepia, las mariposas inundaban los
veranos, los tuquitos iluminaban esas noches frescas en las que todos salíamos
a disfrutar de la brisa con olor a
azahares.
Calles de tierra, carnavales a baldazos, disfraces
repetidos de una colegiala, de pistolero, de un indio si es que te dejaban usar algún
plumero, y la Caperucita Roja
que en lo único que coincidía era en la canasta, y tal vez en el pañuelo rojo. Puertas
que no se cerraban, casas sin rejas, granadina con soda, el afilador de
cuchillos, el colchonero, golondrinas
surcando el cielo, pabellones multicolores, el “tatadiós” o mamboretá, el
bichito canasto, la vaquita de San Antonio, el ramito de violetas, la fogata de
San Juan y San Pedro, el olor a tierra mojada, la cruz de sal cuando llovía y
el viejo de la bolsa.
Sepia
era ese espacio seguro en donde el peligro no existía, o al menos no del modo
en el que lo conocemos en esta era multicolor.
Sepia
era ese tiempo en el que todavía quedaba mucho por hacer, en donde nuestra imaginación
podía volar hasta lugares insospechados. Tiempo en donde había tiempo para
hacer todo lo que quisiéramos: jugar, jugar… ¡ah! y me olvidaba, jugar.
Recuerdo
que jugábamos a ser grandes, sin tener conciencia de lo que eso significaba, y
al no tenerla, lo disfrutábamos de un modo espectacular. Éramos grandes sin
obligaciones, sin cargas, sin contaminación, grandes en color sepia.
Hoy me
pregunto cuándo fue que mi mundo sepia se convirtió en un mundo de colores, tal
vez cuando el hombre llegó a la luna y desde allí vio a nuestro planeta de
color azul, o cuando apareció la televisión en colores y nos dimos cuenta que
no todos los actores tenían ojos negros. O quizás cuando las tazas de café con
leche pasaron del blanco al rojo o al verde, no lo sé, pero me parece que fue
por esos tiempos en los que mi mundo sepia desapareció.
Como
ese mundo también ocupaba un espacio, me pregunto a dónde está ese lugar sepia que de pronto desapareció sin previo aviso, juro que traté de buscarlo y no lo pude encontrar. ¿Lo habrá
matado el color?, no creo que así haya sido, dicen que el mundo de colores es
un millón y medio de veces mejor que el sepia, esto puede ser cierto y yo ser
una triste mortal daltónica que no le encuentra las maravillas al color. Sin
embargo, debo decir que el mundo de colores también para mí tiene un significado
especial, de espacio y de tiempo. En
esta era apareció el ruido, no dejando escuchar a la palabra, ni a la música,
ni a la poesía.
Nació
también un nuevo modo de comunicación, en el que se me hace un tanto difícil
compartir… todo, absolutamente todo. Y no es que la culpa la tenga el color, lo
que sucede es que debo ubicarlo dentro de un espacio y de un tiempo, que es ni
más ni menos el hoy.
Es muy
probable que mis nietos recuerden esta era como yo a la era del sepia, y
extrañen otras cosas, pero que en definitiva los definió de algún modo, como lo
hizo conmigo. O también es probable, que por
ser tiempos en lo que todo va demasiado rápido, cuando quieran recordar se
vean abrumados por millones de datos que les brindó la era del color y que ésta
se les vaya borrando. Aunque también puede llegar a suceder que el sepia no me
haya dejado crecer lo suficiente como para que de una vez por todas me olvide
de él y siga mi camino como cualquier mortal en esta tierra, disfrutando de esa
extensa gama de matices que la ultramodernidad ha puesto a mi alcance.
Pero
no veo barriletes en el azul del cielo, ni mojarritas en el río color turquesa,
tampoco violetas en los jardines, o chicos jugando libremente en las calles. Lo
que sí veo son rejas en las casas, que a su vez tienen rejas en las ventanas,
que a su vez tienen alarmas con monitoreo policial, y también seguro por si las
roban. Veo muchos policías en las calles y no tantos jóvenes paseando, tomados
de la mano y disfrutando de un helado. Cámaras de seguridad por todos lados y
pocos gorriones trinando en las plazas.
¿A
dónde habrán ido a parar las mariposas?, esa es una pregunta que me taladra la
cabeza, ya ni sapos encuentro en mi patio, recuerdo que el último se me
apareció hace treinta años, era inmenso, le puse Cristóbal, era el que se ocupaba de
mantener el equilibrio en el ecosistema de mi espacio sepia. También había
caracoles, lagartijas y chelquitos, benteveos y horneros, curucuchas y
picaflores.
Eso
sí, ahora comenzaron a aparecer otras especies, no tan románticas como en la
era sepia, pero sí abundantes. Especies nuevas no sólo de animales, sino de
humanos, los mutantes, lo digo de ese modo porque no me sale otra palabra, ¡perdón!. Son esos que perdieron las ilusiones, los que se mantienen al margen de
la vida, los que chillan y llorisquean sin mover un dedo por sus ideales.
Sepia
era esperanza, conciencia, fe, honestidad, valores que al ir tomando color, se
desvirtuaron. Aunque insisto, no tiene la culpa el color, pero debo ubicarlos en
alguna era, y la que primero me aparece es ésa.
Hay
una canción que dice “Pintarse la cara color esperanza, entrar al futuro con el
corazón”
A ver…
¿qué color tiene la esperanza? Para mí sepia, para ustedes no tengo la menor
idea, pero convengamos que si hubiera un color para entrar en el futuro con el
corazón la letra lo diría ¿o no?
Probemos: “Pintarse la cara color amarillo, entrar al futuro con el
corazón”, ¡no!, sigamos: “Pintarse la cara color verde, entrar al futuro con el
corazón”, ¡no!. Pero: “Pintarse la cara color sepia, entrar al futuro con el
corazón”, ¡¡¡siiiiiiii!!!, por lo menos para mí. Y eso tiene de bueno poder
plasmar en palabras lo que uno siente, porque es lo que UNO SIENTE, el resto
podrá estar de acuerdo o disentir, también es válido hacerlo.
UNA ABRAZO SEPIA PARA TODOS, QUE TENGAN UN MUY BUEN DÍA.
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