Entre tantas cosas que heredé de mis padres, la mayoría
con valores simbólicos, me dejaron como su bien más preciado una jaula con
varios cuervos. Como los ejemplares habían crecido conmigo, me pareció absolutamente
natural seguir cuidando de ellos del modo en el que mis padres lo hicieron.
Por supuesto cada uno tenía su nombre, raros por cierto,
pero me acostumbré a ellos. Por momentos me pregunté si
era justa tal herencia, no me imaginaba andar por la vida con los cuervos a
cuesta y menos aún tener que dejárselos a algún vecino para que me los cuidaran
cuando salía de vacaciones, pero estos pájaros estaban tan incorporados en mi
vida que no me entraba en la cabeza sacármelos de encima, no entraba en mi escala de mandatos
sociales y principalmente familiares regalarlos.
Mientras mis padres los cuidaron, poca atención le presté
a la alimentación u otros detalles significativos en el mantenimiento de éstos pajarracos, lo que
me significó que una vez que fui su dueña, debiera buscar información para que
no sufrieran ni extrañaran la atención de sus antiguos dueños, sea de papá y mamá.
Descubrí cosas maravillosas en estos córvidos, una de
ellas fue que si se los captura jóvenes son de fácil domesticación, los míos ya
lo estaban pero era bueno saberlo, supuse que la cría no me daría problemas. Son
monógamos, entonces allí entendí porqué dos de ellos estaban en una jaula
separados del resto, me imaginé el flor de lío que se podía armar si a alguno de
los otros miraba a la hembra de la pareja feliz.
También aprendí, y casi diría que fue lo primero, que
comen cualquier cosa, lo que encuentran lo devoran. Y no son de esos que se
conforman con lo que hay, demandan hasta que uno los satisface.
Una de las cosas que me sorprendió, es que a contrapelo
de lo que sucede en otras especies, estos animales son asustadizos y tímidos, yo los llamaría cobardes, por lo que si alguien se acerca al nido en donde están sus polluelos, lejos de
defenderlos, como el tero por ejemplo, huyen para volver sigilosamente cuando el
peligro se aleja. También con gran asombro aprendí que cuando el espécimen adulto
se va del nido por alguna circunstancia, alimenta a la cría tirándole comida
desde arriba, pero no los vuelve a visitar ni se acerca al nido. Extraña conducta me dije, pero me sonaba algo conocida.
A pesar de ser un bicho dañino, muchas culturas los han
venerado, como por ejemplo la árabe, tan es así que los consideran inmortales. Pero eso tampoco me asombró, ¡a cuántos mortales hemos venerado como los árabes a los cuervos!
Como verán, me convertí de a poco en una “especialista en
cuervos”, pero todo lo que saqué de los libros fue poco a lo que aprendí criándolos.
Llegó un momento en el que les juro les tomé un cariño inmenso, eran mi
familia, y los cuidaba como tal.
En una oportunidad, un grupo de amigas viajaba al Caribe
y me invitaron, veinte días al lado del mar, era un convite difícil de
despreciar. Casi les dije que sí, pero recodé que tenía cinco cuervos en mi
casa y dos de ellos empollando. Lamentablemente debí desistir ya que a nadie
podía pedirle que los cuidara, sabía que como yo nadie podría atenderlos.
Con el fin de prepararme para futuras invitaciones, decidí
hacer un gran corral y poner en él sus jaulas, con las puertas abiertas por
supuesto, para que ellos se sintieran cómodos y no dependieran tanto de mí.
Alguien me dijo que era bueno dejarlos volar, que ellos
siempre regresaban. Me comentaron del hermoso vuelo que tenían y a eso lo pude
corroborar en los libros. Ya los había visto aletear en el corral y tratar de
hacer vuelos cortos, dentro de las limitaciones de ese no tan extenso perímetro.
Me dio mucha pena verlos haciendo el intento, así que un día, no sin antes encomendarme
a Dios, ya que a esa herencia debía cuidarla de un modo bastante especial, les
abrí la puerta del corral.
Los cinco comenzaron primero tímidamente y luego de un
modo bastante audaz a revolotear por las inmediaciones de la casa, su vuelo se convirtió en majestuoso. Dibujaron
el aire cientos de hermosas figuras, como queriéndome demostrar que eran felices
con esa libertad que les estaba ofreciendo, y yo, desde abajo, me sentí
orgullosa de haber tomado la determinación de dejarlos volar. Se los veía increíblemente
bellos.
Esperé ansiosa a que bajaran ya que los polluelos
comenzaban a inquietarse porque al parecer tenían hambre, como ellos no parecían
querer entrar al corral, me metí y me las ingenié para alimentar a la cría. Los
adultos seguían revoloteando y de vez en cuando algunos desaparecían de mi
vista. Les cuento que me preocupé, pero al cabo de unos minutos aparecían y
gozosos comenzaban nuevamente a danzar sobre mi cabeza, encima de la cual, algunos se dieron el lujo de hacer sus deposiciones.
A las horas volvieron, cada uno tomó su lugar y
reclamaron alimentos. Corrí en busca de su comida preferida y ellos, que habían
volado como nunca, desesperados de hambre me dieron algunos picotazos en las
manos. Me lastimaron y la lastimadura se infectó, tuve que estar cinco días con
antibióticos y otros tantos con una pataleta al hígado como consecuencia de los
medicamentos. Pero eso sí, jamás corté ese ritual que los hacía tan felices, el
del vuelo diario.
Los polluelos crecían gracias a que yo me ocupaba de
ellos, los adultos estaban descubriendo el mundo y eso creí que era más que
bueno. Todo parecía andar de maravillas cuando una tarde, un vecino se acercó
hasta mi casa y me dijo que mis cuervos habían matado a algunas de sus
gallinas. Yo no podía creer que estos pajarracos fueran capaces de hacer
semejante cosa cuando yo los tenía tan bien alimentados.
El hombre me dijo que esos hechos comenzaron a producirse
desde que aparecieron los cuervos, por lo que no le cabían dudas que fueran ellos.
No me quedaba más que pedir disculpas y decirle que no los iba a dejar volar
por algunos días y él se comprometió a comunicarme si seguían apareciendo gallinas
muertas. Ambos les dimos el beneficio de la duda a los pobres cuervos.
Desde que los enjaulé, no murieron más gallinas. O sea
que estos pajaritos a los que yo tanto amaba, eran los causantes de esas muertes.
Como consecuencia de tal certeza, los cuervos no salieron más del corral.
Pero yo aprendía cada vez más de ellos en la diaria. Como mientras volaban yo me ocupaba de la cría, sin darme cuenta y casi como un acto reflejo, quise entrar a alimentarla con ellos adentro. Se me vinieron encima como fieras, ellos eran los padres y ellos se ocuparían de la alimentación, eso creí que era lo que me estaban queriendo decir. Está bien me dije, a eso le llama responsabilidad, aunque me molestó la forma. En
dos oportunidades más me picotearon, pero ya no por la comida ni por querer alimentar a los polluelos, sino por motivos
que sólo ellos conocían, ya que yo no había hecho nada para merecerlo.
Pasado un par de años, mis amigas me volvieron a invitar
a un viaje y esta vez acepté. Los cuervos se quedarían al cuidado de un
bondadoso vecino que también me cuidaría la casa. El hombre, había advertido
que mi ausencia los puso algo inquietos, entonces decidió darle cada día a uno
el permiso para volar. Poe esos tiempos ya eran nueve, o sea que cuando volví, a la
semana, quedaban dos sin su vuelo diario. De esto yo no sabía nada.
Cuando entré para saludarlos, porque en verdad los había
extrañado, los dos que no habían volado, luego de picotearme las manos y la
cabeza, se escaparon del corral que por un descuido mío había quedado con la
puerta entreabierta.
Era tanta mi rabia, que a lo primero que atiné fue a
sacar a los restantes para que se fueran, de ese modo ya no tendría que estar
atada a estos bichos a los que les había dado años de mi vida y me lo estaban pagando de ese modo.
Mi curiosidad me llevó a hablar con ese vecino para que
me contara si él había notado algo extraño en mi ausencia, entonces fue cuando
me contó cómo los mantuvo tranquilos. Ahí entendí lo que había sucedido, y me
ataqué, cargándome de culpas por haberlos echado del corral, más aún a los que
no habían tenido lo culpa.
Me pasé días enteros rogando para que aparecieran, pero todo fue en vano. Más o
menos a los tres meses, luego de haber
aprovechado el corral poniendo algunas gallinas, tres de ellas aparecieron
muertas. Como éstas no vuelan saqué las chapas que había puesto a modo de techo
y seguramente por allí entró algún gato, eso fue lo que supuse.
Una tarde, sentada tomando mates al frente de mi ventana,
vi aparecer al uno de mis cuervos, que con una rapidez magistral entró al
corral y mató a dos gallinas, yo no lo podía creer, no me podían hacer a mí eso,
yo los había cuidado, los había alimentado y hasta los había amado.
Salí con una escoba para espantarlo y a cambio recibí
una agresión de este descontrolado que pensé me había olvidado o al que ya no
le interesaba. Pero no terminó allí la cosa, con un chillido espeluznante llamó a los restantes y entre todos me atacaron. Juré no tener más cuervos, porque debo confesar que en un
determinado momento pensé en conseguir un par para armarme de una nueva familia, frente
a este comportamiento decidí desistir de la idea.
De esa experiencia han pasado algunos años y les juro que
sin proponérmelo he vuelto a criar cuervos, que no son negros, ni tienen plumas,
pero por lo demás son idénticos.
…Y TE SACARAN
LOS OJOS.
Una historia fantástica y llena de verdades y que además encaja en situaciones de la vida misma. Yo mismo "crie" algún tipo de ésa especie y no me sacaron los ojos, pero me dejaron casi tuerto. Gracias otra vez por tu entrega.
ResponderEliminarShoin ¿quién alguna vez no crió cuervos? los importante es saber abrirles la puerta a tiempo. Un abrazo.
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