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lunes, 10 de junio de 2013

FLORES MARCHITAS

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El tata vino una mañana a los gritos, estaba contento y casi no le salían las palabras. Cuando recobró el aliento le dijo a mi madre que habían descubierto una mina de plata en Santa María y que seguramente eso le daría al pueblo un empuje que no había logrado ni con la ganadería ni con la agricultura.
Yo para esos entonces tendría once años, poco entendía del asunto, pero lo que a mi tata lo pusiera contento, me ponía contento a mí también. Recuerdo a mamá saltando de felicidad. Ellos eran así, las bendiciones que Dios mandaba a los pueblos aledaños los ponían contentos.
Recuerdo que a los pocos meses comenzaron a poner las vías del ferrocarril, absolutamente necesario para el transporte de los minerales y otros desechos de la mina. Qué distinto hubiera sido todo en Santa María, si a esa vía la hubieran puesto unos cuantos años antes, -dijo mi madre-. A su gente le costaba mucho el traslado de los animales y de las cosechas por otros medios. Santa María era un pueblo chico, olvidado, salvo para las elecciones por supuesto, ahí sí que aparecían los políticos en busca de votos y con miles de promesas. 
Escuché que alguna vez alguien dijo: si abres un camino, construyes un puente o vías para el ferrocarril, como manojos de flores comienzan a nacer los pueblos a sus alrededores.
Y así fue, no sólo Santa María creció, sino que pequeños pueblitos comenzaron con mucho sacrificio a formarse a la vera de las vías. El tata compró un terrenito a uno doscientos kilómetros de la capital con la idea de criar ganado y tener algunas siembras. Como él, mucho de los que pasaban hambre en la gran ciudad, ocuparon tierras abandonadas por el hombre para aprovecharlas hasta que los corrieran. No había mucha plata para comprarlas, mi tata tuvo suerte porque vendió lo que tenía y se hizo de unos pesos para la inversión.
A los largo de tres kilómetros, comenzaron a verse los primeros ranchos, que luego fueron casas con sus espacios para cultivo y corrales para el ganado. Al pueblo lo llamaron La Esperanza. Y sí, ese nombre no hizo más que reflejar toda la ilusión de decenas de familias llenas de necesidades pero con muchas ganas de trabajar. Eran tiempos duros, pero lo que jamás faltó fue la voluntad.
Jacinto puso un almacén de ramos generales, él decía que no servía para trabajar la tierra, y no le fue nada mal. Jacobo una tienda, el turquito sí que no servía para otra cosa. Para la dama y el caballero era su lema, tenía desde medias hasta trajes y vestidos paquetes para las señoras. Carlitos instaló un taller mecánico en un galpón que armó con chapas traídas del pueblo vecino, pero eso fue durante un par de años, luego hizo uno de ladrillos y trabajaba para la gente de la zona.
Unos kilómetros más adelante, nació otro pueblo, y luego otro y otro. Al cabo de diez años cerca de cinco bordearon las vías. Entonces vino la escuela, recuerdo que se llamaba “Evita”, nombre de la esposa del presidente de esos tiempos. También la Iglesia, una posta policial, una fonda, un par de hospedajes y el prostíbulo, uno para los cinco pueblos, el dueño era Batista, un fiolo venido de la capital, su negocio encontró una gran aceptación por parte de los mineros y de vecinos que de vez en cuando y a escondidas de las mujeres se hacían una escapadita en busca del placer prohibido.
Crecí junto con el pueblo y también crecieron mis ilusiones. Cuando terminé el colegio secundario, porque con nosotros creció la escuela y tuvieron que poner ese ciclo, mi tata me propuso ir a la capital a estudiar en la Universidad. Me costó, ya había conocido a Estrella, la hija de Carlitos, el mecánico, y estaba enamoradísimo de la muchacha. Era una decisión costosa, por suerte mi novia me alentó a seguir estudiando y finalmente me decidí, me encantaba la medicina.
Me iba los lunes y volvía los viernes, siempre me hospedé en la misma pensión, la de doña Juana María Colombres, una señora de la alta sociedad venida a menos por las malas mañas de su esposo, mujeriego y jugador. Ella, una gran persona, trabajadora y con una dignidad pocas veces vista.
Cada vuelta al pueblo, para mí era una sorpresa, caras nuevas, nuevos negocios, gente dispuesta a invertir para que el lugar progresara, lógicamente sacando buen rédito de sus inversiones, pero eso importaba poco, ya que era lo justo y a nosotros nos beneficiaba. La Esperanza llegó a tener diez mil habitantes y lo grandioso era que la mayoría de la gente que se iba a estudiar afuera, volvía una vez recibida apostando al lugar. 
El tren fue fundamental para el crecimiento del lugar, ya que era un medio de transporte barato y absolutamente necesario para el traslado de la producción de un pueblo que nació aprovechando sus bondades. No había un camino decente que nos uniera con la capital, por lo que ese tren fue el motor del progreso. Sentirlo transitar cada vez con más frecuencia era la señal de que todo andaba bien.
Cuando recibí mi título de médico, volví orgulloso a mi pueblo y el tata me tenía preparada una sorpresa. Había construido al lado de mi casa una sala para que allí montara mi consultorio. Sólo yo sé el sacrificio que hizo para construirla. Él me engañó diciéndome que esa construcción era para poner un puesto de venta de forraje, y yo me lo creí. Y cuando me dijo que era para mí, no pude encontrar las palabras que expresaran mi agradecimiento a ese hombre que se había roto el lomo para yo y mis hermanos tuviéramos un título. Rosita la mayor, se recibió de abogada, pero ella se quedo en la capital a vivir ya que allí comenzó un noviazgo que duraría años. José se recibió de técnico en electricidad y también volvió al pueblo, y la más chiquita, Josefina, nunca se pudo desprender de las polleras de mi madre, así que quedó con la secundaria nomás.
Yo no concebía la vida fuera de ese pueblo, allí crecí con una felicidad suprema, me casé con Estrella y tuvimos cinco hijos. Una mañana sucedió algo alarmante, el tren de las siete no pasó. Todos pensamos en un accidente y rogamos a Dios que esa no hubiese sido a causa, ya que a ese horario lo cubría Ramón, el hijo del capataz de una de las fincas más grandes de la zona, un muchacho excepcional.
Cuando pasó el de las doce, me fui hasta la estación y le pregunté a Tuco qué había pasado con el de las siete, él me contestó que lo habían sacado de la planilla horaria y que desconocía el motivo. Me dije que seguramente lo pondrían en otro horario. Ya de por sí era un trastorno, ese tren movilizaba a mucha gente de mi pueblo a los pueblos vecinos.
El resto de los horarios permanecieron por algunos meses sin alteraciones. Una noche, Estrella me dijo que el tren de las veinte no había pasado, allí debían venir algunos vecinos que se habían trasladado a la capital en busca de insumos que andaban escaseando por la zona.
No pasó ese día, ni el otro, ni el otro. La cosa se estaba poniendo preocupante. Me llegué hasta Santa María y allí me dijeron que al parecer la mina estaba agotada. Llevaron a profesionales para determinar si en la zona había otras posibilidades mineras y todos los estudios dieron negativos. Lamenté mucho por la gente de ese pueblo, ya que la base de su economía era esa mina de plata. Lo que no avizoré fue el futuro de los restantes pueblos.
Un día el tren no pasó más, caminos no se habían hecho ya que el tren cubría todas las necesidades, y no encontramos el modo de trasladar la producción hacia los centros más poblados. Había alternativas, pero muy alejadas del presupuesto de la gente, salvo por alguna poquísimas excepciones.
Vi morir lentamente a mi pueblo, y con él murieron las ilusiones de mi padre, las de mi madre, las de mi familia, las de mis hijos que me rogaron salir de un lugar que no les prometía ningún futuro. Me costó la decisión, pero finalmente debimos partir. Mi tata no quiso irse, lo vi morir junto con el pueblo y al poco tiempo lo siguió mi madre. Hoy no deben quedar más de quinientos habitantes, los viejos, los que para ellos La Esperanza fue su vida y quieren, por pura lealtad, morir con él.    
Mi historia no es la única, y para ejercer el derecho de la memoria no necesito ni caminos, ni vías, ni puentes, sólo recordar, es por eso que  debo decirles a los que de un modo irresponsable siembran ilusiones, que cuando cierran un camino, destruyen un puente o abandonan una vía de ferrocarril, esos manojos de flores que son los pueblos, mueren irremediablemente, pero lo más grave es que a esos pueblos los forja la gente, con sacrificio y mucha esperanza. Hoy, a lo largo y a lo ancho de mi patria, cientos de ellos mueren un poquito cada día porque se les vendió un sueño, y cuando los poderosos terminaron con sus negocios, nos damos cuenta que todo al final no deja de ser una salvaje pesadilla.
Sé que algún día voy a visitar la tumba de mis padres en el medio de la nada, ya que cuando muera el último leal de la La Esperanza, habrá desaparecido ese fantasma en el que se convirtió la ilusión.   



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