Entré a la casa, no me gustó lo que vi, literalmente me habían
estafado. Por fuera si bien lucía vieja y un tanto descuidada, las fotos que me
mandaron de la parte de adentro no tenían nada que ver con lo que estaba
presentándose frente a mis ojos. Fui muy estúpido en cerrar el negocio sin
constatar personalmente lo que compraba, pero no había forma de hacerlo de otro
modo. Dos mil kilómetros me separaban del lugar a donde me habían traslado, la
empresa me dio un crédito para comprar una casa porque ese sería mi largo
destino laboral. El sur es frío, agreste, y el viento sopla componiendo sonidos
a los que me costó mucho acostumbrarme.
Gracias a Dios me quedó algo de dinero, decidí entonces
comenzar una remodelación que sería larga y tediosa, mientras tanto acondicioné
un cuarto, el que en mejores condiciones se encontraba. La calefacción andaba mal por
lo que las primeras noches casi muero de frío.
En la sala había un inmenso hogar a leña que decidí poner
en funcionamiento, de lo contrario enfermaría. Sacando los restos de cenizas,
que deben haber permanecido en ese lugar por años, me topé con un ladrillo
flojo en la pared interna del hogar. Lo removí con la idea de colocarlo con
cemento al día siguiente. Junto con ese ladrillo, vino pegado en su cara
interna una especie de bolsita de terciopelo azul. La tomé con cuidado, me
costó desprenderla, quedó pegada al ladrillo parte de la tela. Al abrirla
encontré un camafeo al parecer muy antiguo y un anillo con una piedra, me
imaginé que sería algo sin demasiado valor, pensé que a nadie se le ocurriría
guardar algo costoso en ese lugar.
Tener esas piezas entre mis manos me produjo un extraño escalofrío.
Me pregunté a quién habían pertenecido, ––quizás a los que me estafaron, ––me
dije. Volví a colocar todo dentro de la bolsita, la puse sobre la mesa y
llené de leños el hogar para encenderlo cuanto antes, me estaba congelando.
Juro que el lugar hasta parecía más agradable con el calor de ese inmenso fuego
que me consumió gran parte de la leña que había en el establo contiguo.
El día anterior había comprado provisiones como para
pasar unos días sin necesidad de volver al pueblo, recién a fin de mes
comenzaba a trabajar, así que me preparé una suculenta cena, abrí un vino y
solo festejé ese ascenso que había esperado por largos años y que minimizaba
cualquier otra situación que me contrariara en ese momento.
Cuando me di cuenta, me había terminado la botella de
vino, fui en busca de otra y la descorché como desafiando a los contratiempos.
Ya medio mareado, recordé mi hallazgo y volví a tomar entre mis manos ese
camafeo. Lo abrí y vi en una pequeña foto la cara más hermosa que haya visto
jamás. Debía ser muy antigua, si bien era en blanco negro, tenía algunas
manchas que le dieron un color especial al fondo y exaltaban los rasgos de ese
ángel. La miré no sé por cuanto tiempo y desde el ángulo que pusiera la foto,
ella no dejaba de observarme.
Con su imagen me quedé dormido. Tuve un sueño muy extraño
que me transportó a un tiempo desconocido. De repente me encontré con
un paisaje paradisíaco, era un prado muy verde que se perdía en el horizonte.
De tanto en tanto, matas de flores de mil colores le daban al lugar un encanto
especial. Yo me encontraba reposando bajo la sombra de un árbol gigantesco y mi
cabeza estaba apoyada en la falda de alguien. Cuando di la vuelta para saber
quién era, me encontré con ella, ese ángel del camafeo con la mirada perdida en
el infinito. Ojos de un azul profundo, cabello renegrido, una vestimenta
extraña, muy antigua. Despacio me levanté, no quería distraerla, me arrodillé
frente a ella y la observé, parecía de porcelana.
Pasado un largo rato, intenté hablarle, pero la voz no
salía de mi garganta, ella posó sus ojos en los míos, sin embargo puedo
asegurar que no me vio. Se levantó y comenzó a caminar hasta un bosquecillo
que había a unos doscientos metros. Allí la esperaba un majestuoso corcel
blanco que al verla aparecer se le acercó para darle la bienvenida. Lo montó y
desapareció de mi vista en cuestión de segundos.
Intenté llamar su atención, pero todo fue en vano, ella
no se percató de mi presencia. Comencé a sentir golpes que me sobresaltaron y
como por un túnel me sentí tirado hacia atrás y desperté con un dolor de cabeza
infernal y golpes en la puerta de la casa. Era la cuadrilla de obreros que
venía a comenzar los trabajos de remodelación.
Tomé mi auto y me fui a conocer el pueblo, detesto el
polvillo que levantan los albañiles mientras hacen su tarea. Mi padre siempre
decía que a un lugar se lo conoce por el cementerio, y no se equivocó. Cada
viaje que hice, ya sea al comienzo o al final los visitaba. Si era antes, sabía
de ante mano la personalidad del pueblo, si era después, la corroboraba. Así
que me fui a visitar el cementerio.
Al llegar me encontré con Julián, el cuidador del lugar, amablemente
me indicó los lugares más emblemáticos. Indudablemente la gente que vivía en el
pueblo era adinerada, ya que la morada de los muertos tenía ese sello
distintivo de la aristocracia. Panteones inmensos con puertas de hierro y
bronce, de madera y vitraux, algunos dejaban ver sus interiores que no hacían
más que corroborar mi primera impresión. La mayoría de las familias allí
enterradas eran de apellidos extranjeros, eso no me llamó la atención ya que
nuestro sur está repleto de inmigrantes franceses, ingleses, alemanes y algunas
colonias con habitantes de los países nórdicos.
Hubo uno que me llamó la atención, quizás porque estaba
alejado del resto, se encontraba en la cima de una pequeña colina cubierta de flores
y flanqueado por dos árboles añejos que
parecían los guardianes de ese mausoleo. Me acerqué y vi sobre la puerta el
apellido de la familia que lo ocupaba, Douglas. Me apoyé sobre la puerta para
poder ver lo que había dentro y la puerta se abrió. Mi primera intención fue
cerrarla y escapar del lugar, pero una fuerzo poderosa, a la que en ese momento
llamé curiosidad, me hizo traspasarla. Estaba muy cuidada y con flores frescas,
cada féretro tenía sobre sí una foto de quien lo ocupaba. Había gente de todas
las edades, dos niños de no más de tres o cuatro años y encima de todo, lejos
del alcance de la mirada de cualquier visitante, un inmenso cajón de caoba con
su respectiva foto, la que no pude ver porque estaba muy alta y no había
suficiente luz.
Al retirarme del lugar, le pregunté a Julián quién
reposaba en ese ataúd, él me contesto que la primera Douglas fallecida en estas
tierras, su nombre era Fionnuala. Luego agregó que se comentaba que era la
mujer más bella que haya habitado el lugar, lo que despertó mi curiosidad. Le
pedí que me prestara una escalera para ver el rostro de la mujer y me dijo que
volviera al día siguiente, que en esos momentos su padre la estaba utilizando
en otro lugar del cementerio.
La casa era un verdadero desastre así que me trasladé a
un hotel y decidí que allí permanecería hasta que estuviera en
condiciones. Esa noche me dormí con una inquietud que no supe a qué atribuir.
Volví a soñar con la mujer del camafeo y sobresaltado me desperté, recordé que
había dejado la bolsa en la casa. Era media noche, pero aún así me levanté y
fui a buscarla, temía que desapareciera entre los escombros. La busqué por
todos lados y no la pude encontrar, supuse que algún empleado de la empresa de
remodelación la había tomado. Volví al hotel indignado, el descuido había sido
mío.
Al desvestirme para volver a la cama, sentí que algo cayó
de mi campera, era la bolsa con el anillo y el camafeo. No supe en qué momento
lo había guardado allí, me alegré de encontrarlo.
Al día siguiente volví al cementerio y con Julián fuimos
hasta el panteón de los Douglas. Trepé por la escalera hasta el cajón de caoba
y allí encontré a mi ángel, muerto en mil novecientos cinco. Fue tan grande mi
impresión, que bajé de inmediato y le mostré a Julián el camafeo. Él me
confirmó que se trataba de Fionnuala. Luego me contó que la casa en la que yo
estaba viviendo, les perteneció hasta que la biznieta cumplió veintiún años y
la vendió. Le pregunté si ella vivía en el pueblo y me respondió que
sí. ––Quiero conocerla ––, le dije, me contestó que pensaba que no había
problema, que la buscara en la escuela, allí estaba todas las mañanas.
Salí del cementerio y me fui directo a la escuela,
pregunté por ella y cuando la vi aparecer casi me desmayo de la impresión, era
igual a la foto del camafeo, su nombre era Tara. Mi idea era en un primer
momento expresarle mi disgusto por el estado de la casa, pero cuando la vi no
pude hacer más que admirar su belleza y quedarme parado como un tonto sin saber que
decir. Saqué el camafeo de la bolsita y se lo entregué, ella lo tomó y me dijo:
––Usted no lo va a creer, pero mi madre antes de morir me dijo que al cumplir
la mayoría de edad debía vender la casa, que el comprador tenía que ser un hombre joven y si él encontraba este camafeo iba a ser el único digno de ingresar a
nuestra familia. No se asuste, son tonteras de una mujer que perdió la razón
cinco años antes de morir, mi pobre madre enloqueció con la muerte de papá
––. Lo que Tara no sabía, era que yo me había enamorado de
ella entes de conocerla, no estaba muy seguro de ser digno de ingresar a la
familia, lo que sí sabía era que no iba a renunciar a ella sin dar pelea.
Primero comenzamos una amistad, extraña, irreal, venida
desde muy lejos. La primera vez que la tomé de la mano, reconocí su calor, no
me resultó algo nuevo, venía de un pasado muy lejano. Al darle el primer beso, sentí
que comenzaba a transitar por dos dimensiones, quedé suspendido en un tiempo remoto
pero absolutamente reconocido por mi alma. Ahí me di cuanta que nos pertenecíamos,
que habíamos esperado quizás siglos para reencontrarnos y poder concretar un
sueño, el de estar juntos por toda la eternidad.
Han pasado cuarenta años y en el panteón de los Douglas yace
mi ángel, me precedió en la partida, pero ya tengo un lugar reservado para el
reencuentro. Sé que en otra vida nos volveremos a reconocer del mismo modo en
el que lo hicimos en ésta. Espero ansioso ese momento, ya no le temo a la muerte porque sé que me acerca a ella.
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