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viernes, 28 de junio de 2013

MI NOMBRE ES "H@MBRE"

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Seis de la mañana, apenas amanece y en la línea se pueden ver a cientos de personas, con bicicletas, carros y de a pie, esperando la hora de la largada.
La policía custodia a los competidores, la carrera comienza a eso de las seis y treinta y termina exactamente dos horas después.
Se puede percibir el nerviosismo, la urgencia, la preparación para ganar el primer lugar, llegar primero es necesario y hasta diría, vital.
Por delante quedan unos cuantos kilómetros de tierra, seca, contaminada, pero eso no importa, el desafío está planteado y  hay que ser fuerte y llegar.
Pedro deja a José, su hijo, con Ramona, ella le prometió cuidarlo a cambio de que él compartiera el premio. No le queda otra, el niño es pequeño y no va a poder competir con el crío a cuesta.
En esa carrera contra el tiempo intervienen todos con el mismo tesón, se alistan, Roque pone el pié en el pedal, tambalea, el Chato lo mira y se le ríe en la cara, esto es así, una competencia en la que el primero que llega y es más hábil, gana.
Seis y cuarto, todos están expectantes y a la espera de la orden, el policía les pide calma, son cada vez más y tiene miedo a que todo se descontrole.
Cuando alguno intenta adelantarse un par de centímetros, el resto le ladra como una jauría furiosa detrás de su presa.
El sol no quiere salir, una niebla helada cubre la zona y hace tiritar a los competidores, no están acostumbrados a estar demasiado tiempo quietos. Comienzan a entumecerse y a perder la paciencia.
Quedan tan solo unos minutos para las seis y media, la adrenalina los empieza a hacer entrar en calor, el policía se alista para lo que viene, ni él sabe en lo que va a terminar. Cada carrera tiene su característica y ninguna se parece a la otra.
Seis y media, el guardián levanta la mano y da paso a los competidores que como una marea descontrolada corren hasta la llegada. Se atropellan, se pisotean, las bicicletas ganan terreno, los carros quedan atrás y los de a pié, ni hablar.
La niebla no se disipa, muy por el contrario, se mezcla con la polvareda que levantan los maratonistas y hace que el ambiente se convierta en irrespirable. Ellos corren, no saben muy bien a qué distancia se encuentran de la meta, pero cuando se van acercando pueden divisar la montaña, y por sobre todo, comienzan a percibir el hedor. Decenas de aves carroñeras revolotean el lugar y compiten con la gente de igual a igual.
Cual hormigas laboriosas, los competidores, comienzan a desmenuzar desesperadamente las bolsas de desperdicios que por toneladas se encuentran en el Basural de José León Suárez. Tienen poco tiempo, las palas mecánicas no tardarán en llegar y hay riesgo de que levante a alguno de ellos y terminen formando parte de los rellenos sanitarios de Buenos Aires. 
En este punto uno puede descubrir que ya dejó de ser una competencia para pasar a ser un trabajo comunitario en donde todo se comparte hasta que lo hallado se agota. Se siente un grito: “acá hay arroz”, otro: “acá muchos paquetes de fideos”, o “carne molida”, en fin, allí encuentran de todo, vencido, podrido, no importa. Las grandes cadenas de supermercados, sin saberlo quizás, los alimentan. Ellos son los que descartan los productos vencidos que van a parar al lugar.
La policía da la orden de desalojar el predio, los maratonistas obedecen, emprenden la retirada con su carga a cuesta, a veces muy pesada, otras demasiado livianas para las necesidades básicas.
Luego de recoger el sustento diario, vuelven cansados, no tanto por la faena, sino más bien por el dolor de tener que rendirse ante la realidad, que no deja de ser la única verdad, no hay trabajo, aunque sí muchas familias para alimentar.
Los niños lloran, el hambre duele, las palas comienzan su tarea y miles de ojos desolados observan cómo se les va la comida, ese pedazo de pan que les hubiera saciado un apetito que ellos saben va más allá del alimento.    
Muchísimas familias carenciadas viven de lo que recogen en el basural, y no pueden, porque las necesidades los apremian, distinguir los peligros que conlleva el hecho de comer basura, pero entre la basura y la nada siempre eligen la primera.
Luisa llega a su hogar, frente a sí una heladera vacía, sin puerta, allí coloca tres paquetes de salchichas, dos planchas de queso, un paquete de arroz, otro de pan de molde, un sachet de mayonesa y una caja de leche en polvo. Se sienta en la única silla destartalada de su casilla y descansa. El día para ella así termina, mirando y admirando el botín que a duras penas consiguió ese día.
Eduardo no corrió con la misma suerte, apenas pudo hacerse de un par de chorizos y un poco de arroz. Juana le reclama, él no sabe qué decirle. La mira a los ojos y le promete que al siguiente día va a ir más temprano, como si eso le asegurara algo. No depende de la hora, más bien depende de la suerte de dar con el bulto justo, en el que hay comida, o algo que sea útil.
Y sí mi amigo, ésta es la triste historia de mi tierra, en donde miles de hombres, mujeres y niños comen mierda. Para muchos el basural es la muerte, para otros, poder seguir viviendo. 
Los basurales de José Leon Suárez también tienen su historia. El 9 de junio de 1956, durante uno de los tantos gobiernos militares, doce civiles fueron subidos a un camión del ejército y tirados en uno de ellos en medio de la noche. Fusiles en mano comenzaron a dispararles, los estaban asesinando. Pero gracias a la oscuridad reinante muchos pudieron esquivarles a las balas, sobrevivir y contar la historia. 
Rodolfo Walsh lo relata con una claridad escalofriante en su libro “Operación Masacre” y a él lo desaparecen el 25 de Marzo de 1977, durante la última dictadura militar en Argentina.
Hoy, en tiempos de gobiernos democráticos, miles de argentinos comen gracias a los desperdicios de José León Suárez, que es una montaña que a algunos le mata el hambre mientras los que nos gobiernan acumulan poder y riquezas.
CUANDO QUIERA EL DIOS DEL CIELO, QUE LA TORTILLA SE VUELVA, QUE EL POBRE COMA PAN Y EL CORRUPTO COMA MIERDA. (ADAPTACIÓN DE LA LETRA "QUE CULPA TIENE EL TOMATE" DE QUILAPAYÚN ). 
  

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