El Cairo, enero de 1999. Luego de un
viaje agotador, no por lo largo sino por la turbulencia que nos acompañó
durante todo el trayecto, llegué a destino. Desde la ventanilla pude ver con
total conmoción las tres pirámides. Algo que soñé desde niño. Un viaje pendiente
que finalmente pude hacer por cuestiones
de trabajo.
La empresa me encomendó una misión muy
importante y yo por mi cuenta me tomé unos días más para hacer el famoso
crucero por el Nilo. La época era la ideal, no hacía calor, por lo que a cada excursión la disfrute bajo un sol benévolo que siempre dejaba lugar a
noches frescas y con ese perfume característico de una ciudad mágica.
Mi responsable y traductor, era un
egipcio muy amable que hizo todos los esfuerzos posibles para que yo la pasara
de maravillas. Lo único lamentable fue que caí en el mes del Ramadán, mes que
está consagrado al ayuno obligatorio y total desde el amanecer hasta el ocaso,
lo que incluye la abstinencia sexual. Detalle éste último que marcó un poco mis
excursiones, ya que el guía, otro egipcio no muy bien predispuesto, estuvo a
punto de arruinarme el viaje con su mal humor. Luego mi responsable me explicó
que al guía, esta festividad lo ponía en ese estado, atribuyéndolo a su "metabolismo". Claro, yo me lo imaginaba sin probar bocado ni tomar una gota de agua desde el amanecer, y
encima tener que explicarnos la historia de las ruinas, repetidas por él vaya a
saber qué cantidad de veces, y además aguantarse a ese tonto que nunca falta discutiéndole
al muchacho lo que nos decía, generalmente en esos casos o es porteño o es un
gallego. Les aseguro que eso no falla.
Pero volviendo al comienzo, una vez que
aterrizó el avión, me pareció entrar a la cueva de Alí Babá. En el mostrador de
migraciones había un árabe con cara de pocos amigos, al que ni le interesaba
que yo lo entendiera. Le di mi pasaporte, ladró algunas frases y me despachó. Al
levantar la vista pude observar a decena de egipcios pegados a los vidrios del
pequeño aeropuerto como buscando a alguien, pensé que vendría alguna persona
famosa o al menos conocida, pero no, luego me explicarían que era una costumbre
mirar la llegada del extranjero.
A todo esto mi responsable no aparecía y
yo comencé a desesperarme. Cuando estaba a punto de salir, ya que la situación
me produjo algo así como una claustrofobia, vi aparecer de frente a una mujer a la
que sólo se le veían los ojos, jamás había visto ojos como esos. Profundos,
enigmáticos y a la vez huidizos. El niqab le daba un marco exótico y hasta
sensual.
Cuando advirtió mi mirada, dio la vuelta
y desapareció. En ese momento vi a un flacucho levantando un cartel con mi nombre
y me le lancé como un tigre a su presa. Desde ese día
no nos separamos, salvo en las excursiones. Su nombre era Annoub. Gracias a él
conocí el mercado de El Cairo, con su noche y sus bailarines, fumé la pipa de
agua, compré algunos recuerdos y hablamos mucho sobre sus costumbres, me contó
cosas difíciles de creer en los albores del siglo XXI.
Luego de finalizar con los negocios
encomendados y de realizar el crucero por el Nilo, me dispuse a visitar las pirámides
de Guiza, lo dejé como broche de oro de mi viaje. Justo ese día terminaba el
Ramadán, por lo que el lugar estaba lleno de visitantes, muchos turistas y y también locales que
salían de un mes tremendo de recogimiento, oración y otras privaciones.
Por primera vez pude observar a niñas con
trajes de fiesta, mujeres con caras descubiertas, no todas, sólo algunas, y
sentada en una de las orillas del camino, con una larga túnica blanca estaba la
dueña de esos ojos que me habían quitado el sueño por más de una noche.
Me senté a unos metros sin que ella
advirtiera mi presencia y la observé. La túnica de una tela muy liviana, dejaba
entrever las líneas de su cuerpo. Cerré lo ojos y me hundí en las profundidades
de mis emociones con un solo objetivo, poseerla en mis sueños.
Yo no sé si fue el sol, la brisa suave de
ese mes apenas cálido, o el encanto de esos ojos lo que me derrumbaron en un
sopor extraño que abrió las puertas a la experiencia más maravillosa que tuve
en mi vida.
Yo estaba en la puerta de una tienda en
el medio del desierto y ella recostada sobre una decena de almohadones de seda
de diversos colores. No me animé a entrar hasta que extendió su mano y me
invitó a pasar. No hablaba, sólo actuaba. Me acomodó a un par de metros de ella y acercó una
bandeja repleta de comida y bebida.
No me sacó ni por un segundo los ojos de
encima, yo no podía tragar bocado, ella era la única que podía satisfacer mi voracidad.
Para recuperar mi control cerré los ojos y al abrirlos estaba frente a mí, a sólo
unos centímetros, con un dátil en la mano que me acercó lentamente a la boca. Junto
con el fruto venía ella, en un acto de absoluta provocación a la que yo no
estaba dispuesto a oponer ningún tipo de resistencia.
Con mucha suavidad levanté el velo para
dejar al descubierto su boca, no opuso resistencia, la besé con todo ese frenesí
que uno puede tener a los veinticinco años, desbordado y también porqué no,
descontrolado.
Sentí que la arena de ese desierto
interminable, nos devoraba. Que íbamos a parar a vaya saber a que país lejano en donde nuestras
culturas, tan distintas y distantes, no fueran un obstáculo para amarnos. Pero
no, no fuimos a ningún país extraño, reaccioné dentro de la tienda, besando a
ese fruto jugoso que era su boca y tratando de llegar más allá de ese inocente
acto.
Su mano se interpuso a mi intención con
vehemencia, lo que disparó en mí el descontrol total. La tomé por la cintura,
acaricié el borde de sus ojos, le hablé al oído, de a poco comencé a sacarle la
túnica. Cada minuto disminuía su resistencia y aumentaba mi desesperación, la
que traté de controlar para no asustarla. Cuando la tuve totalmente desnuda
frente a mí, gocé con sólo mirarla. Era más bella de lo que yo me había
imaginado, su cuerpo perfecto, sus curvas exquisitas, pero me faltaba conocerle
la cara.
La senté a mi lado e intenté sacarle el
velo, para eso di tantas vueltas como creí necesario. Comenzó un juego casi
infantil, ella me corría la cara y yo la dejaba unos segundos, luego comenzaba
de nuevo a intentarlo, así estuvimos aproximadamente diez minutos.
La tenía ahí, a mi alcance, y en lo único
que pensaba era en ver su cara. Creo que me excitaba más la curiosidad que ese
cuerpo desnudo y perfecto que tenía frente a mí. Se puso de espalda y lentamente ella
comenzó a desprenderse de ese velo que despertaba todas mis fantasías. No veía
las horas de que se diera vuelta, tan es así que la aprecié de frente pero no
de espalda, su cara se había convertido en mi obsesión en esos momentos.
Lentamente comenzó a girar y cuando
estaba a punto de ver su rostro, un sacudón me trajo de vuelta a Ghiza, era Annoub,
me dijo que se estaba haciendo tarde y debíamos volver al hotel, allí
lo estaban esperando para cenar en familia y celebrar el final del Ramadán.
Tenía ganas de matarlo, no me dejó ver la
cara de ese ser maravilloso que me había vuelto loco desde que pisé Egipto.
Al llegar al hotel, su familia lo estaba esperando, me presentó a su madre, a su padre y a cuatro de sus siete hermanos, los restantes llegaría en unos minutos. Una familia encantadora, la madre era una robusta y muy simpática mujer que intentó hablar español y lo logró a medias, pero se hizo entender. Los hermanos correteaban entre las mesas decoradas para la ocasión y varios jeques con túnicas blancas, impolutas, y cargado de joyas, desfilaban haciendo galas y ostentación de sus riquezas.
Al llegar al hotel, su familia lo estaba esperando, me presentó a su madre, a su padre y a cuatro de sus siete hermanos, los restantes llegaría en unos minutos. Una familia encantadora, la madre era una robusta y muy simpática mujer que intentó hablar español y lo logró a medias, pero se hizo entender. Los hermanos correteaban entre las mesas decoradas para la ocasión y varios jeques con túnicas blancas, impolutas, y cargado de joyas, desfilaban haciendo galas y ostentación de sus riquezas.
A la media hora llegó el resto de la
familia y de a uno me los fue presentando. En medio de las presentaciones,
levantó la mano llamando a alguien, y luego me dijo: te voy a presentar a mi
futura esposa.
Esos ojos
pertenecían a la futura esposa de Annoub, la boda se realizaría en tres días y
yo estaba invitado. No podía aceptar esa invitación, un dolor
muy profundo me atravesó el pecho y sentí que era tragado por la misma arena
que me hizo tocar no sé en qué espacio celestial a esa hermosa mujer.
Desperté en mi cuarto, con Annoub a mi
lado que me dijo: El sol del desierto hace estragos en los turistas.
Al día siguiente partí para España, con
mi corazón roto por esos ojos que jamás olvidaré y con los que hoy, después de
catorce años, sueño dormido y a veces también despierto.
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