¿Qué es el tiempo?, algunos lo definen como la “magnitud física” con la que medimos la separación entre un suceso y otro. De ese modo ordenamos los hechos en secuencias, así nace el pasado, el presente y el futuro. Nacen también los puntos de referencia temporales, esos que nos hacen festejar los cumpleaños, los aniversarios, y recordar las pérdidas.
Cuando yo nací, mis padres marcaron en mí, el primer
calendario, el de mi vida, ese que me recordaría uno a uno los eventos vividos,
los buenos, los malos y los regulares.
A lo largo de ella coleccioné sucesos hermosos, esos que le dan el condimento sin el cual se nos haría imposible transitarla. También coleccioné aquellos que no dejaban de ser aleccionadores a pesar de no ser tan buenos. En esa larga lista de sucesos que ocurrieron en mi vida, tuve pérdidas dolorosas, las que creí insuperables. Pero ese mismo tiempo, el del calendario, ofició de sanador. Me enseñó a convivir con el dolor hasta que éste fue mermando y pasó a ser una evocación que dejaba a la luz otros recuerdos hermosos elaborados por mi memoria de aquellos seres que fueron desapareciendo de mi vida. Que la mente edita, no hay dudas
A lo largo de ella coleccioné sucesos hermosos, esos que le dan el condimento sin el cual se nos haría imposible transitarla. También coleccioné aquellos que no dejaban de ser aleccionadores a pesar de no ser tan buenos. En esa larga lista de sucesos que ocurrieron en mi vida, tuve pérdidas dolorosas, las que creí insuperables. Pero ese mismo tiempo, el del calendario, ofició de sanador. Me enseñó a convivir con el dolor hasta que éste fue mermando y pasó a ser una evocación que dejaba a la luz otros recuerdos hermosos elaborados por mi memoria de aquellos seres que fueron desapareciendo de mi vida. Que la mente edita, no hay dudas
Entre ese manojo de recuerdos, se encuentra mi primer día
de clases, mi primer muñeca, las navidades, las vacaciones del colegio, mi secundaria,
mi primer novio, la universidad y también algo que me marcó para siempre, la
muerte de mi padre.
Mi mente coleccionó a lo largo de ese calendario,
vivencias de un extraordinario valor amoroso que me moldearon como persona. A través de ellas se
me inculcó desde pequeña una serie de valores con independencia absoluta de las
circunstancias, se puede decir que ése fue el núcleo duro de mi sistema de
creencias.
Pero ese calendario también construyó mi historia, larga
como mi vida, escrita con la conmovedora llegada de muchas personas que
forjaron mi felicidad y por qué no mis miedos y algunas desdichas. Esa historia tiene una riqueza que sólo yo puedo
valuarla, ya que el resto tendrá la suya con un valor específico y personal.
Todo este prolegómeno, tiene como finalidad simple y
contundente explicarles a los jóvenes por qué nos cuesta cambiar. Cada hoja de
ese calendario, con el tiempo, cobra para nosotros un valor no cotizable en
plaza, un valor que no se mide con dinero, es lo que algunos llaman “valor
afectivo”.
Desde que me casé, vivo en la misma casa, llena de
fisuras, de las que se ven y de las otras, esas que hicieron que a los catorce
años fracasara mi matrimonio. Me quedé con la casa, los hijos, y él se llevó la
nueva novia y el auto. En definitiva salí ganando, ya que mi premio fue “el
hogar”, ese que construí por años y que para mantenerlo debí recurrir a la
restauración de sus cimientos y fundamentalmente a un centrifugado de energía que expulsara el sobrante hacia el universo de la
lágrimas, que creo que es a donde van a parar también los malos recuerdos.
Todos esos cambios no me resultaron fáciles, debía
reciclar sentimientos, hojas de mi viejo almanaque, pensando quizás que debía
comenzar con el primer día de un nuevo calendario. Juro que lo intenté una y
mil veces, pero costaba, tanto que hubo situaciones en las que dejaba anonadada
a ciertas personas cuando me aferraba a cosas que sobraban y que yo
inexplicablemente mantenía con la férrea voluntad de no deshacerme de ellas.
Claro ejemplo fue un Potus, sí una planta aunque parezca loco, que se desarrolló de un modo extravagante
en el comedor de diario, tenía más de cuatro metros su brazo principal. Cuando
decidí también remodelar la casa, le dije a la arquitecta que ese lugar debía
cambiar por completo, pero que no tocara esa planta. Ella me miró asombrada, el
Potus desentonaba con el ambiente que habían ideado.
Pero ese Potus tenía su historia, fue plantado por mi
ex marido cuando Dios me regalo a mi primer hijo, ese que me hizo conocer lo que
era verdaderamente el miedo. Creció con él, fuerte y sano.
En uno de los controles de la obra, vi a mi Potus tirado
en el patio, casi seco y lleno de cal. Fue como si me arrancaran esa última
hoja de mi viejo almanaque que estaba lleno de recuerdos. Se lo recriminé a la
arquitecta, una chica muy joven para entender mis angustias, no obstante, le
expliqué que era lo último de mi viejo calendario, lo único que quizás me unía
a un lapso de mi pasado en el que a pesar de todo fui muy feliz. Fue en ese
lapso en el que tuve a mis hijos, en el que adquirí una madurez gracias a la cual pude sobrellevar lo que vino, años en los que creí que mi
matrimonio andaba sobre ruedas, mejor que nunca, creyéndome la mentora de tal
felicidad, aunque la verdad era otra. Él tenía sus ruedas, nuevas, modelo
veinte años más modernas que las mías, pero que al cabo de los años se gastaron
como se gasta cualquier rueda con el uso.
La arquitecta, que en esos momentos ensayó a ser
psicóloga, me dijo que debía dejar lo viejo atrás, como si la historia fuera lo
viejo y el atrás la solución. Conclusión, el Potus murió y yo seguí viviendo,
pero porque hubo cosas que me guardé en una caja y que aún conservo. Lo triste
es concluir en que mi historia, esa que me llevó años construir, entra en una
caja de zapatos, algo así como un monoambiente tan chiquito en el que puede entrar sólo un
par de zapatos de número treinta y seis.
Cierta
vez alguien dijo “Al final la vida es sólo un puñado de recuerdos” y creo que
no se equivocó. Lo que sucede es que para nosotros los “adultos mayores”, esos
recuerdos son el cordón plateado que nos une a la vida. Lo ilógico
después tanta historia, y necesito que alguien me lo conteste, es ¿cómo se hace
para seguir viviendo cuando comprobamos que la podemos encerrar en una caja de
zapatos?
Todo
mi calendario, ese que me regalaron mis viejos el día que nací, lo devaluó el
tiempo, para los otros no para mí. Nada de lo que hay en ese monoambiente
parece tener valor, es por eso que me piden que cambie, que me renueve, que
como la yarará cambie la piel y viaje con atuendo nuevo, como si eso fuera tan
fácil.
Aunque
a decir verdad, lo que más me preocupa es en dónde queda ese espacio en el que
tantos años y tanta historia están flotando. Sé que no es bueno aferrarse al
pasado, que según el diccionario
es el tiempo anterior al presente. Pero cómo no aferrarme si en ese pasado están
mis viejos, mis hijos pequeños, mis abuelos, esos sueños que aún no he podido
cumplir y que nacieron en aquellos tiempos, esos amigos que han salido de gira a
otros mundos, ese miedo que nació con la maternidad y que no he logrado
superarlo, en fin, muchas más cosas que se confunden con mi presente que de
verdad me parece que si lo suelto, desaparezco.
Soy
fruto de una historia, de un pasado, de un viejo calendario que no debería
morir jamás, ya que los surcos que han comenzado a aparecer en mi cara, están
llenos de días que pertenecen a ese pasado.
Alguien,
para mí un sabio, dijo que no hace falta renunciar al pasado para entrar en el
porvenir. Al cambiar las cosas no es necesario perderlas.
No desprecies el recuerdo del camino recorrido. Ello no retrasa vuestra carrera, sino que la dirige; el que olvida el punto de partida pierde fácilmente la meta.
Pablo VI
La historia de Tanzan y Ekido, dos monjes Zen que caminaban por un sendero rural anegado a causa de la lluvia ilustra maravillosamente la incapacidad o la falta de voluntad de la mente humana para dejar atrás el pasado. Cuando se acercaban a una aldea, tropezaron con una joven que trataba de cruzar el camino pero no quería enlodar su kimono de seda. Sin pensarlo dos veces, Tanzan la alzó y la pasó hasta el otro lado.
ResponderEliminarLos monjes continuaron caminando en silencio. Cinco horas después, estando ya muy cerca del templo donde se alojarían,
Ekido no resistió más. "¿Por qué alzaste a esa muchacha para pasarla al otro lado del camino?" preguntó. "Los monjes no debemos hacer esas cosas".
"Hace horas que descargué a la muchacha", replicó Tazan. "¿Todavía llevas su peso encima?"
Imaginemos cómo sería la vida para alguien que viviera como Ekido todo el tiempo, incapaz de dejar atrás las situaciones del pasado, acumulando más y más cosas. Pues así es la vida para la mayoría de las personas de nuestro planeta. ¡Qué pesada es la carga del pasado que llevan en su mente!.
El pasado vive en nosotros en forma de recuerdos, pero estos por sí mismos no representan un problema. De hecho, es gracias a la memoria que aprendemos del pasado y de nuestros errores. Los recuerdos, es decir, los pensamientos del pasado, son problemáticos y se convierten en una carga únicamente cuando se apoderan por completo de nosotros y entran a formar parte de lo que somos. Nuestra personalidad, condicionada por el pasado, se convierte entonces en una cárcel. Los recuerdos están dotados de un sentido de ser, y nuestra historia se convierte en el ser que creemos ser. Ese "pequeño yo" es una ilusión que no nos permite ver nuestra verdadera identidad como Presencia sin forma y atemporal.
Sin embargo, nuestra historia está compuesta de recuerdos no solamente mentales sino también emocionales: emociones viejas que se reviven constantemente. Como en el caso del monje que cargó con el peso de su resentimiento durante cinco horas, alimentándolo con sus pensamientos, la mayoría de las personas cargan durante toda su vida una gran cantidad de equipaje innecesario, tanto mental como emocional. Se auto imponen limitaciones a través de sus agravios, sus lamentos, su hostilidad y su sentimiento de culpa. El pensamiento emocional pasa a ser la esencia de lo que son, de manera que se aferran a la vieja emoción porque fortalece su identidad.
Debido a esta tendencia a perpetuar las emociones viejas, casi todos los seres humanos llevan en su campo de energía un cúmulo de dolor emocional, el cual he denominado "el cuerpo del dolor".
Sin embargo, tenemos el poder para no agrandar más nuestro cuerpo del dolor. Podemos aprender a no mantener vivos en la mente los sucesos o las situaciones y atraer nuestra atención continuamente al momento puro y atemporal del presente, en lugar de obstinarnos en fabricar películas mentales. Así, nuestra presencia pasa a ser nuestra identidad, desplazando a nuestros pensamientos y emociones. No hay nada que haya sucedido en el pasado que nos impida estar en el presente; y si el pasado no puede impedirnos estar en el presente, ¿qué poder puede tener?.
Eckhart Tolle. "El Poder del Ahora".
Gracias Shoin, es hermosa la enseñanza que deja tu historia, pero debo decirte que la mía se trata de otra cosa, lo podríamos traducir en las palabras "libre albedrío", o sea la capacidad que Dios me ha dado de dejar o seguir con lo que yo quiera y no con lo que otros quieran. Poder conservar lo que para mí tiene valor, aunque para otros no lo tenga. Es un planteo de un vuelo raso, ya para llegar a Zen me falta un rato largo. Un abrazo.
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