Anoche escuché algo que me hizo temblar el alma. Un cantante de folklore que casi roza los noventa y no ha perdido la fama, con esa sabiduría que dan los años, dio a través de la pantalla de televisión una profunda y sabia lección.
Habló de todo, de la vida, de la muerte, de la vejez y
cuando llegó a este punto dijo algo que me conmovió: “Acepto hacerme
viejo porque esa es la ley de la vida, pero pido que al menos en ese camino se
me vayan también las ganas”.
¡Por Dios!, resultó ser que eso que no me deja aceptar el tramo que estoy recorriendo, se llama GANAS.
Yo digo que las casualidades no existen, mientras escribo
este relato, sonó el teléfono, del otro lado una voz muy dulce, me ofreció un
servicio de sepelio. ¿Es usted la señora de la casa?, preguntó la cálida voz de
quien se identificó como Graciela, le contesté, sí. Entonces comenzó ofreciendo
un servicio médico de emergencia, cuando le dije que ya lo tenía, siguió con el
de sepelio con una inmensa gama de ventajas; crematorio, parcelas, servicios en
una de la mejores salas velatorias de la ciudad, con seguro por accidente
incluido, seguro a la vivienda, al viajero y otra serie de prebendas que por la
módica suma de cien pesos me cubría hasta los más ínfimos detalles de mi
vida, o de mi muerte.
Hace unos años atrás, cuando tuve que recurrir a este
tipo de contrataciones para no cargar a la familia con mi partida y todo ese
tramiterío que se suma al dolor, me hicieron una oferta, por tres pesos adicionales
podía incluir a cuatro personas más. Ojo, de esto hace algo así como quince años, lo aclaro por los montos que hoy parecen irrisorios.
Se me desgarró el corazón cuando debí poner el nombre de
mis hijos, era como si me estuviera anticipando a la muerte y eso no me
gustó. Pero menos me gustan las ofertas telefónicas que casi a diario me hacen
recordar que hace ya un largo tiempo hice un contrato de similares
características.
Yo no sé si a estas cosas uno le presta más atención o lo
tocan más profundamente cuando se va acercando la parca, o a veces tenemos las
defensa bajas y son casualmente en esos momentos en los que del otro lado del
teléfono aparecen las ofertas.
En un momento dado de la conversación, mientras yo
trataba de convencerla de que no iba a cambiar de prestador argumentando de mil
maneras mi amable pero férrea negativa, escucho que ella me dice contestando no
sé a cuál de mis argumentos: “y sí, en eso tiene razón, total a esto usted lo va
a utilizar sólo una vez (refiriéndose al servicio de sepelio)…”, juro que me descolocó, entonces le respondí: efectivamente, hasta hoy al menos, sólo he visto que este tipo de servicios sea usado sólo una vez por persona. No sabía si reírme o llorar, la chica me dio pena, su esmero por
explicarme que me estaba entendiendo la llevó a convertir la charla en un desaguisado.
Ya que su extrema amabilidad la había puesto en un
ridículo significativo, comencé a hacerle preguntas tan estúpidas como la
conversación que estábamos manteniendo. Creo que las dos no veíamos la hora de
cortar el teléfono, al menos yo me sentí aliviada cuando eso sucedió.
No pocas veces me pasó también, que me llamaran para
hacer ofertas tentadoras o encuestas en las que a uno le gustaría participar,
ya que en definitiva los años no nos sacan de circulación, aunque al parecer
eso se pretenda, y cuando me preguntan la edad, me dicen: perdón, no entra en
la franja encuestada, y uno se queda con la sensación de estar a la deriva en
la estratosfera no sabiendo a qué franja pertenece.
Por si esto fuera poco, a la tarde fui a mi clase de Pilates
de los miércoles, que también la hago los viernes, por una cuestión de salud,
ya que mis músculos no responden como hace veinte años. Lo único que he logrado
endurecer es esa grasa indomable que se me formó en la cintura y parece estar decidida a ser mi
compañera de ruta hasta que haga el uso de ese servicio que según Graciela, se
hace sólo una vez.
En esa clase ya estaban precalentando dos chiquilinas muy
simpáticas y no recuerdo a raíz de qué salió el tema, pero yo les conté que mi
nuera me había preguntado si alguna vez me había fumado un porro, le contesté
que no, que por miedo no lo había hecho,
ya que por naturaleza soy adicta, al dulce de leche, a los chocolates, a la comida en general, en su
momento al pucho y a un sin fin de cosas más, nada
grave, pero porque no me expuse a lo grave.
Por ejemplo, si voy a conocer un casino no llevo dinero,
ya me pasó una vez en Praga que me tuvieron que sacar de los pelos cuando un
hermoso checo me estaba deplumando en el blacjak, por ende siempre tuve miedo de
que me gustara y como adicta que soy, no parar de fumar, a los porros me
refiero.
Luego de escuchar las carcajadas de las jovencitas, una
me dijo: pero yo que vos pruebo, total ya estás de vuelta y deberías sacarte la
duda o las ganas.
“Vos ya estás de vuelta”, eso fue una estaca que clavó
esa inocente muchacha en mi pobre corazón lleno de ganas, porque de verdad el
tiempo se está llevando todo, menos las ganas. ¡Qué verdad había dicho el
cantante!
Ahora entiendo a mi madre cuando me decía que ella no se
sentía como esa imagen que le devolvía cada mañana el espejo, que ella en su
corazón seguía siendo joven, y tenía ochenta y dos años cuando despotricaba
contra los espejos.
Pero hay una realidad que nos cachetea a diario y a la
vez inevitable, el cuerpo ya no responde como cuando teníamos no digo veinte,
sino cuarenta años. Encima, la gente
joven nos permite que nos tomemos todas las licencias porque “estamos de vuelta".
Aunque en otras oportunidades nos comienzan a prohibir hacer ciertas cosas
porque “te podés romper la cadera y después qué vas a hacer”, nunca un “te
vamos a cuidar, no te hagas problema”, y con esto no quiero decir que me voy a
andar trepando por los árboles o corriendo riesgos innecesarios, pero sucede
que a veces nos vencen las “ganas” y nos olvidamos de eso que llaman edad
cronológica, esa a las que algunos la definen como la edad del individuo en
función del tiempo transcurrido desde el nacimiento, o sea, la edad en años. Es
algo así como un criterio administrativo en el que se marcan hechos
trascendentales, y el descalabro suele comenzar con el más trascendental de los
hechos: la jubilación.
De ahí en más comenzamos a ser tratados como factores de
descarte, solemos molestar en todos lados, y ser muy útiles cuando nos
necesitan, total, estamos al cuete porque no producimos, entonces tenemos todo
el tiempo del mundo, cuando en realidad las ganas están intactas y queremos
utilizar ese tiempo quizás para hacer lo que antes no podíamos justamente por
falta de tiempo.
Yo le pediría a Dios que así como nos va quitando la
visión, quizás porque con su sabiduría pensó que de esa forma no repararíamos
en el mapa que comienza a dibujarse en nuestro cuerpo, y no precisamente el de
las Islas Canarias o de algún lugar exótico, sino el mapa del tiempo
transcurrido, ese que se hace indómito y no deja responder a los músculos a un
simple ejercicio como lo es el Pilates, también recuerde quitarnos un poco las ganas, ya
que de lo contrario el dolor es doble.
Si yo fuera muy pero muy creyente, diría que si el encargado
de escribir nuestras vidas es ese Dios que tanto nos ama, nada de lo que viene
puede ser peor, sino muy por el contrario, cada quita debería tener una inmensa
recompensa. Lamentablemente no lo soy y el pasar de los años me ha
demostrado que poco me gusta el devenir de un tiempo desubicado, con mala leche,
que nos quita todo menos las ganas.
Como siempre muy buena historia y excelentemente escrita, humor,drama y demás hierbas, felicitaciones y me encantó tu foto en el blog, creo que hacía falta un toque más personal. Abrazos
ResponderEliminarLa foto del blog mi querido Shoin, es la de la portada del libro próximo a publicarse,...con el medio punto... usted me entiende. Gracias por sus conceptos y estoy leyendo a tu Rony que me atrapa. Un fuerte abrazo.
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