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sábado, 23 de noviembre de 2013

TANGO

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Vibraba en sus bazos como jamás lo había hecho con persona alguna. La música iba y venía, pero el paraíso persistía en ese ambiente cálido, denso, lleno de una energía fogosa que hacía de nuestros cuerpos una mágica conjunción de sensaciones únicas.
Cada vez que el tiempo se acababa, el resto de los días esperaba ese instante, lo esperaba a él, independientemente de su estampa. Creo que jamás reparé en sus ojos, en su mirada, o en algún detalle de su figura que despertara en mí tal sentimiento.
Tiempo demoré en darme cuenta que no era sólo él, sino el lugar, el resto de la gente, esa música que con sus acordes propone una intensa relación emocional con la pareja.
El espacio en donde la adrenalina circundaba con descaro el contorno de mi cuerpo, quedaba precisamente en La Boca, barrio de inmigrantes y trabajadores fraternales, ruidosos y divertidos, que le dieron al lugar una característica que perduraría en el tiempo. Un barrio con personalidad, con mucha personalidad.
Colorido, encantado, en donde conviven estructuras muy dispares, casas hechas con madera o chapa y otras con ladrillos, más modernas pero conservando el estilo italiano que siempre imperó en la zona. Realmente un lugar mágico en donde al parecer el tango se filtró entre sus calles, e irrumpiendo en algunos conventillos, hizo el deleite de propios y foráneos.     
En La Boca, que a pesar de ser tan nuestra como esos inmensos rascacielos que acarician las nubes, se respira una energía totalmente diferente, para la ciudad, inalcanzable. No sé si será el riachuelo, o la embriagante mezcla de inmigrantes con criollos, negros e hispanos que fueron conformando las raíces de una nueva generación que silenciosamente fue dando paso a nuestro tango, música ciudadana nacida en barrios marginales y que encontró cobijo en los piringundines de la calle Necochea, o quizás simplemente mis ansias de devorarme toda esa cultura extravagante las que me hacen sentir al lugar de un modo tan especial, pero la realidad es que ya nada me conmueve como ese barrio.
Por las noches de esos jueves esperados, me introducía en un mundo con olor a lujuria, en donde como imanes se atraen las parejas que hoy no sabría decir si siempre son las mismas. Eso ya no importa, lo que interesa es buscar a esa otra mitad que nos complementa en el viaje quimérico de una cadencia casi mortal.
Uno allí deja el alma, último resquicio de lo que dicen nos hace gente. La entregamos completa y sin restricciones a nuestro compañero, ese que nos hace vibrar bajo un techo poblado de sueños inconclusos y paredes cubiertas por réplicas atrevidas de los cuadros de Quinquela Martín, un sobreviviente que se crió entre el carbón, la pintura y su amado puerto.
La historia de este hombre formó parte de mi ensoñación y no podía ser menos, su corazón aún late en cada esquina de ese barrio sorprendente. Abandonado en la antigua Casa de Niños Expósitos, creada para mitigar la situación de los tantos niños que eran dejados a raíz de la hambruna que de vez en cuando azota a nuestro país. Allí se lo bautiza con el nombre de Benito Juan Martín, ese era el apellido que se les daba a los huérfanos que ocupaban la casa, en la que lamentablemente había demasiados chicos que lo portaban. A los siete años, a Benito lo adopta una pareja compuesta por Manuel Chinchella, un genovés que venía escapando de la crisis europea, que ironía, y Justina Molina, oriunda de Entre Ríos y descendiente de aborígenes, ella sí que sabía lo que eran las crisis. A los veintinueve años él cambia la grafía de su apellido por Quinquela, ya que en genovés se pronunciaba de ese modo y por otros motivos ocasionados por problemas que le acarreaba el anterior, entre ellos, que por mucho tiempo se lo apodó “el Chinche”, lo que al parecer no le gustaba demasiado. A los diez años tuvo que dejar de estudiar para poder ayudar a su padre en su negocio, una carbonería. Su pasión era el arte y el dibujo, y su más profundo amor, el puerto. Involucrado emocionalmente con esa estampa que se le presentaba a diario, volcó su alma en la pintura y su pintura en ese puerto y su gente. Jamás renegó de su pasado, tan es así que, si bien antepuso al apellido que le habían dado en el orfanato el de su padre adoptivo, consagró al otro que era de su pertenencia y de la de cientos de niños que lograron sobrevivir a la crisis.
Cómo no soñar en ese barrio, si millones de historias se forjaron en sus calles, hoy repletas de turistas ansiosos por beber la energía que a borbotones resurge en cada esquina y de la cual somos partícipes. Y lo somos porque cada jueves, en oscuros salones colmados de notas musicales y acordes permanentes, juntamos nuestros cuerpos, nos estremecemos entre un corte y una quebrada, dejando que las inhibiciones duerman hasta el amanecer y no interrumpan la sensualidad de ese tiempo prodigioso.
Pero sucedió una noche, esas cálidas y húmedas de verano, que mi vibrar fue más intenso y mis movimientos más pausados. Por primera vez presté atención a mi compañero  sin poder dar demasiado crédito a lo que estaba viendo. Ángel o demonio, hasta el día de hoy no lo sé. Me desperté en sus brazos millones de veces sin saber su nombre, un desconocido que abrió en mi alma esa brecha por la que entraba y salía cuando y como quería.
Fantasma oculto en las esquinas de ese barrio, que se materializaba bajo los acordes de “Garganta con arena”…Cantor de un tango algo insolente, hiciste que a la gente le duela tu dolor, cantor de un tango equilibrista, más que cantor artista, con vicios de cantor… y luego de hacerme jugar con las estrellas, se disipaba como la bruma en la noche.
Ángel, cuando me tomaba entre sus brazos y hacía palpitar mi corazón al unísono con el suyo. Demonio, al despertar en mí ese derrotero alocado sin destino, sin final. Con él conocí el verdadero infierno, ese que deja de lado los recatos y enaltece los sentimientos que guardamos en los recónditos espacios de las almas, para no exponerlos y ser juzgados o señalados. Pero también me hice dueña de un cielo oculto, en el que las vergüenzas no cobran relevancia, ya que el creador puso dentro de nosotros los placeres despojados de corregidores, esos que hieren con el dedo intentando hacernos poseedores de una malicia inexistente.
Este es mi tango señores, el que despierta los instintos terrenales y los hace comulgar con los espíritus, el que no pregunta de dónde venimos ni tampoco a dónde vamos, solo nos hace degustar ese ámbito de intimidad en el que todas somos señoras y prostitutas cuando el bailarín avanza sobre nosotras y respondemos a los clamores de sus cuerpos.
En ese universo, sabemos cuando nacemos y morimos, en él transcurre una vida de sólo horas, después de las cuales corremos hacia un mundo paralelo, templado por necesidades ajenas a los sueños.
Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese que se yo, ¿viste? Salís de tu casa por Arenales. Lo de siempre: en la calle y en vos…Cuando de repente, de atrás de un árbol aparezco yo. Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizón en el viaje a Venus: Medio melón en la cabeza, las rayas de la camisa pintadas en la piel, dos medias suelas clavadas en los pies, y una banderita de taxi libre levantada en cada mano. ¡Te reís!...pero solo vos me ves… (Balada para un loco. Horacio Ferrer- Astor Piazzolla)

2 comentarios:

  1. Sensualidad, cuerpos que se unen en un abrazo apretado, piel contra piel, qué llamativo el baile del tango. Muy interesante la historia de Quinquela; me llevó de nuevo a esas callecitas coloridas que visité varias veces. Lindo recuerdo Amanda. Un beso.
    María Elena

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  2. Flaca, tus comentarios me llenan de una ilusión que estaba perdiendo, entre editor y editor que te hacen tiritar el alma, uno llega al desánimo. Gracias por todo y gracias por ser mi amiga del alma que más allá del tiempo que pase sin vernos, sabemos que nos tememos. Un fuerte abrazo.

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