Éramos demasiados chicos, no nos dábamos cuenta. Para
nosotros, él era uno más de esa inmensa cantidad de amigos que se reunía en aquella
calle Urquiza de Villa Cabrera en mi Córdoba querida.
Su nombre ni recuerdo cuál era, pero le decíamos Baby.
Hijo de una hermana de mi padre, que por esas circunstancias de la vida, nació
con una inmadurez mental que lo clavó en los diez o doce años.
Desde que tengo memoria, lo recuero siempre igual, ojitos
muy pequeños de color verde, su cabeza llena de rulos, una sonrisa ancha y
muchas arrugas pero no de viejo, sino de
feliz. Reía permanentemente e inmensos surcos se le formaban en sus mejillas y
en la frente.
El nació en Buenos Aires, pero todas las vacaciones las
pasaba en la casa de mi tía Esther, y desde allí, hacía a diario el recorrido
por la casa de sus primos y de los amigos que había cosechado en todo el
barrio.
Me parece escuchar su voz gritando: ––Tía Dora, tengo
hambre ––, ese era su segundo desayuno ya que al primero lo había tomado en lo
de mi tía Esther. Luego de que mamá le preparara un gran tazón de café con
leche y pan con manteca rociado con azúcar, partía a los vecinos del frente de
casa, a lo de los Aguirre, y decía: ––Tía Leta tengo hambre –– y deboraba su tercer desayuno de la mañana. No conocía los límites, de ningún
tipo, lo recuerdo libre como los pájaros.
Era un rito que repetía cada día en todas las vacaciones.
Luego se unía a nosotros y jugaba como un niño más. Para esos entonces nos
llevaba más de diez años, pero siempre fue un crío encerrado en el cuerpo de un
hombre.
Recuerdo que jugaba con nosotros en la lomita que quedaba
a una cuadra de casa, lo disfrazábamos de indio junto a otros dos amigos y
nosotros éramos los pistoleros que tratábamos de capturarlos.
Había en la familia primos de su edad, pero era imposible
sumarlo a su grupo ya que Baby con su
mente infantil no cuadraba con las charlas de hombres que componían la legión
de los mayores.
Tenía muchas particularidades físicas, pero la que más lo
caracterizaba era esa gracia que nos hacía mostrándonos algo que nosotros jamás
podríamos igualar. A esa edad cada uno tenía una habilidad especial para alguna
monería, caminar con las manos, saltar la cuerda más de cincuenta veces, dar
vueltas carnero en el aire y otras que ya ni recuerdo. Él, que había nacido un tanto desarticulado, siempre hacía algo que nos dejaba con la boca abierta por más que lo viéramos
un millón de veces. Doblaba sus dedos hacia la parte externa de la mano, la
contraria a la palma. Esa gracia lo hizo famoso en la cuadra, entonces había
que rogarle por horas para que mostrara esa habilidad inigualable.
Pero Baby era un hombre, no un niño, y si bien ese niño
que moraba en su interior le hacía hacer cosas de niño, más de una vez el
hombre que cubría al niño le pedía hacer cosas de hombre.
Así fue que se enamoró de Ana, una vecina hermosa que vivía
pegado a mi casa. Pero claro, ella lo veía como a una rareza, y si bien lo
trataba bien, jamás se fijaría en ese muchacho que no terminaba de definirse y
que jamás lo haría.
Recuerdo una charla que tuve con él, creo haber tenido
quince años. Sus ojos denotaban perplejidad cuando muy acongojado me dijo:
––Prima, ¿te parece que Ana querrá ser mi novia?
Luego de escudriñar en mi alma una respuesta justa para
no dañarlo y que la pudiera entender, le contesté:
––Baby, no siempre nuestro amor es correspondido. A veces
a quien amamos no nos amará nunca. A mí me ha pasado y a vos también te va a
pasar.
––Pero a mí me pasa siempre.
Cómo explicarle, cómo decirle a ese ángel que jamás sería
amado por mujer alguna, que todo ese amor que le brotaba por los poros nunca
encontraría a ese ser que pudiera corresponderle.
––No te preocupes, quizás algún día aparezca esa chica
que te ame.
––Prima, yo sé que soy distinto, no puedo explicártelo
pero siento que no encajo en ningún lado. ¿Vos cómo me ves?
––Como el ser más dulce que Dios ha puesto en este mundo.
Sos especial y los seres especiales a veces no encajan por eso, por ser tan
especiales.
––¿Vos serías mi novia?
Levanté los ojos al cielo y le pedí a Dios que me evitara
ese momento. El corazón se me hizo añicos, cómo explicarle a alguien que no
entendía del todo, pero que algo entendía.
––No podemos ser novios porque sos mi primo. Los primos
no pueden ser novios.
––¿Por qué?
––Porque está prohibido ser novios entre primos.
Rogué que mi madre nos llamara a comer, o que algún
vecino pasara y cortara esa conversación que me llevaba a lugares que yo no
podía manejar. No pasó nada de eso, y él seguía pidiendo explicaciones. A la
hora sentí la voz salvadora de mi madre, y salí corriendo para casa, le conté
lo sucedido y ella se quedó sin palabras, nadie podía dar una respuesta a ese
niño hombre que jamás sería amado por una mujer.
Pasaron los años y yo jamás me volví a quedar sola con
él, ya que mis respuestas se habían agotado y veía cómo a él le seguían apareciendo
preguntas.
Al morir mi padre, su familia se alejó inexplicablemente
de nosotros, y Baby desapareció con ellos, no volvió nunca más a
Córdoba, y como él no se movía por sus propios medios, quedó muy lejos de lo eso que lo hacía sentir bien, ese barrio que lo trataba como a un ser totalmente
normal, salvo por ese amor que nunca encontró ni en ese ni en ningún otro
momento.
Lo que debo reconocerle a su familia, es que jamás lo
escondió, muy por el contrario, era amado y desarrollaron en él no las carencias
sino las posibilidades con las que contaba.
Luego de muchos años, la hermana lo comunicó con mi madre cuando ella estaba casi transitando los
últimos años de su vida. Se escuchó del otro lado del teléfono un agónico y
casi desesperado grito: ––Hola tía Dora, te extraño, quiero ir a Córdoba ––.
Pero eso ya no era posible.
Mamá murió al poco tiempo y luego nos enteramos qué el
enfermó de gravedad y murió con casi sesenta años. Y pensar que a la madre le
habían dicho que de los veinte no pasaba.
La historia quedó enmarcada en la inexplicable actitud de los grandes
y el incomprensible designio con el que nacen algunos seres de corazón
demasiado puro para vivir en este mundo, en el que se les devuelve miseria
cuando ellos vienen a dar y a reclamar simplemente amor.
Super tierno y conmovedor el relato y gracias a Dios hay muchos Babys en el mundo repartiendo amor incondicional o que sólo demandan un café con leche y un pan con manteca. Toda una demostración de verdadero amor y algo para copiar. Gracias.
ResponderEliminarSí, gracias a Dios aún se los ve poblando parte de este mundo enseñándonos, ojalá todos los podamos ver y aprender de ellos. Un fuerte abrazo.
ResponderEliminar