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Un blog que pretende inspirar a los que creen que no se puede.

jueves, 20 de febrero de 2014

PARA TODA LA VIDA

                                                  

Con esas simples cuatro palabras o con las otras que no son tan simples “Hasta que a muerte nos separe” comenzamos a cometer uno de los desaguisados más grandes de nuestra vida. Y como nadie se ocupó de aclarar de que tipo de muerte estamos hablando, yo, tomándome el mayor atrevimiento del que haya sido capaz, puedo plantear algunas hipótesis coherentes y otras un tanto descabelladas. Aclaro que son simples elucubraciones salidas de mi mente y a la que nadie necesita adherir.
El primer problema se me plantea con la medicina. ¿Cuándo ésta considera que un hombre está muerto? Yo no me voy a poner a dilucidar las dudas de la ciencia, ya que nunca se ponen de acuerdo respecto del momento exacto de la muerte.
Ni que hablemos de lo jurídico, allí existe la figura de ausencia con presunción de fallecimiento, para pasarlo en limpio, eso sucede cuando el tipo se nos pianató por varios años y alguna solución te tienen que dar, ya que no es justo que lo esperes con el portaligas negro y encorsetada todas las noches, cuando capaz que el fulano no piense volver jamás.
De estos casos tengo varios ejemplos. Un pariente le dijo a su mujer: “querida voy a comprar puchos a la esquina y en cinco vuelvo”, aunque no aclaro si eran cinco minutos, horas, años o siglos. Nunca volvió. Todavía lo espera, de esto hace veinte años. Sí, ya sé lo que van a decir, es una boluda, pero ella aún lo ama y espera que un día vuelva. Le comenté que después de tantos años la justicia lo puede declarar fallecido y ella quedaría de ese modo liberada, pero no aceptó. Claro, con setenta años es preferible la espera al luto.
Sin embargo, y más allá de la lógica jurídica y científica, existen para mí otros modos de concebir la muerte. Creo que es por eso que se popularizó el divorcio, complicado por cierto, pero que en definitiva da soluciones a las muertes no catalogadas dentro de esa promesa salvaje que nos imponen ciertas instituciones.
Cuántas veces nosotras, las mujeres, esos seres creados con una etiqueta que dice “polirubro” y que los hombres compran justamente por eso, algo así como el "dos por uno", toman a pie juntilla esa palabra, y entonces nos vemos sometidas a exigencia que hacen de nosotras entelequias superpoderosas que a cual máquinas de última generación se les impone realizar decenas de tareas a la vez, y lo peor es que lo podemos hacer.
Desde que nos levantamos, tenemos tareas preasignadas e indelegables. Despertar a los chicos, darles el desayuno, mandarlos a la escuela, hacer las compras, preparar la comida, lavar, planchar, y después de todo eso ABRIR LA PUERTA PARA IR A JUGAR… y saben a qué me refiero.
Ahora…llegamos a ese punto algo así como reventadas, pero debemos ser unas reinas para que nuestro rey no busque cortesanas fuera de casa. La mayoría de las veces lo hacemos con gusto, porque sencillamente los amamos. Por ellos fingimos orgasmos cuando su ritmo no concuerda con el nuestro, o cuando simplemente no tenemos una gota más de energía, cosa que pasa bastante a menudo, sin embargo, los colmamos de palabras hermosas, a lo que responden muchas veces con un: mmm!!! sí, sí!!!, cuando no un shhhhh!!! si nos ponemos medio pesadas al sobreactuar.
Y de ese modo algo va muriendo de a poco, hasta que se hace casi inevitable sacrificar a la víctima, o sea al amor. No porque seamos unos criminales, sino porque hay que ponerle al asunto sal y pimienta, de lo contrario la cosa se vuelve tediosa. Aunque a veces la sal y la pimienta también se acaban. Es ahí en donde apelamos a la albahaca, al cilantro, al ciboulette, pero es al vicio, sin sal no es lo mismo, y que me perdonen los hipertensos.   
Esto a vuelo de pájaro, ya que ni les cuento si tenemos la necesidad de salir a trabajar porque la plata no alcanza, no es que se nos quiten tareas, se nos agrega una más a las que teníamos, ya que ellos llegan cansados y no son capaces de cubrirte en una.
Hay excepciones, y cada vez más, a eso debo reconocerlo, como también debo reconocer que a veces es preferible que no colaboren. Si cocinan te dejan la parva de trastos para lavar, de acomodar la ropa ni hablar y del resto, ni vale la pena hacer mención. Es al vicio, no los criamos para eso y a la culpa la tenemos nosotras. Si de chicos les damos una escoba o les hacemos lavar los platos, nos los tachan de maricones, si el padre machote observa a su hijo tender la cama, pocas veces piensa que es para darle una mano a la madre, suponen que algo no está funcionando bien en el muchacho. Culturalmente la cosa es así, la mujer “friega” y el hombre “trabaja” para llevar el sustento a la casa, aunque nosotras también lo hagamos. Pero el trabajo de la mujer, yo no se por qué, no es valorado igual que el del hombre, siempre se da por sentado que el que para la olla es él. 
Bueno, para no salirme tanto del tema de origen, vuelvo a las muertes que nos separan de nuestras parejas. Y para eso debo también darle algún crédito al hombre, cuya etiqueta dice “ojo que en este producto desborda la vasopresina”, no obstante nosotras lo compramos aunque no estemos muy seguras de cuál es nuestro nivel de oxitocina, para los que no las conocen, son las hormonas que interactúan para mantenerlos acollarados. Y como somos bichas por naturaleza, manejamos la química de nuestros varones con una sutileza incomparable.
Cuando algo nos molesta de ellos, los ponemos en cuarentena, o al menos eso creemos, ya que cuando en casa no se les da de comer, lo hacen afuera sin ningún tipo de cargo de conciencia y a veces terminan consiguiendo restaurantes cuyos menúes no son conocidos en la cocina de la familia. Guarda con esto queridas amigas, a veces se les vuelve un vicio.
¿Y qué nos molesta de ellos?, entre otras cosas su pragmatismo. Son geniales, para cada problema que le planteamos, ellos casi sin pensarlo, nos arriman una solución, simple, básica y que nos deja haciéndonos sentir como unas estúpidas cuando lo que necesitamos, es simplemente que nos escuchen al menos por dos segundos nuestros lamentos, que a menudo son diarios.
––Querido, el nene no quiere comer ––decimos para que él con un duro sermón lo haga tomar la sopa. Y a cambio recibimos como respuesta:
––Dejalo, ya vas a ver que cuando tenga hambre va a comer.
Ni qué hablar cuando les planteamos algún problema que ellos consideran personal.
––Hoy me peleé con mi jefe y no sabés cómo me trato…
––No le des pelota, para pelear hacen falta dos.
O…
––Mi trabajo es un suplicio, ya no lo soporto…
––¡Dejalo!
¡Señores, necesitamos ser escuchadas y no que se nos den soluciones! Y menos cuando lo hacen en forma tan automática que uno siente que es para hacernos callar. Es cierto que a veces somos bastante pesadas, pero ojo, que si vamos al psicólogo para que nos escuche, el ochenta por ciento de las veces el cuento termina en divorcio. Estos profesionales nos hacen desplegar las alas, y cuando logramos hacerlo, nos vamos a la mierda, aunque nos reventemos a la vuelta de la esquina.
Somos jodidas indudablemente y los hombres extremadamente simples por no decir básicos. Y no los estoy desmereciendo, al contrario, hago un mero parangón entre el entrevero mental nuestro, y lo lineal de vuestra lógica.  
Y todo eso de a poco corroe al amor, primero comienza desacelerando la pasión, eso es pecado mortal para la cultura que se nos ha impuesto desde niños, aunque no se mide con la misma vara eso de que “No cometerás adulterio”, que hasta no hace mucho era patrimonio exclusivo del hombre, hoy parece ser que la cosa se ha revertido, porque convengamos que a nosotras también de vez en cuando nos gusta comer sushi.
Me pregunto, cuántas otras clases de muerte hay para que uno pueda considerarse acreedor de la ruptura de ese compromiso que damos al casarnos, al apalomarnos o como sea que se le llame a las parejas de hoy. Creo que más de las que nos imaginamos.
Nada es para toda la vida, salvo la vida misma que termina con la muerte, es por eso que deberían cambiarse los votos. Propongo: “HASTA QUE EL AMOR SE NOS ACABE” y así podremos comenzar con la reencarnación del amor tantas veces como sea necesario. Y si no se acaba, en buena hora, será que hemos logrado la estabilización de la química, que según algunos científicos, es la responsable de que una relación perdure...o no.   

2 comentarios:

  1. Ah, eran las hormonas! y yo que gasté horrores tratando de encontrar las razones de mi "desaguisado" con el sicólogo! Me encanta el contenido tan verídico, envuelto en el decir coloquial y humorístico. Un abrazo

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  2. Gracias amiga, es la vida misma ¿o no?. Lo bueno es poder tomarlo con humor, aunque para eso muchas veces necesitemos de una buena terapia, que quizás no nos equilibre las hormonas pero nos hace mirarlas desde la vereda del frente. Un abrazo y gracias.

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