Con esas simples
cuatro palabras o con las otras que no son tan simples “Hasta que a muerte nos separe” comenzamos a cometer uno de los desaguisados más grandes de nuestra
vida. Y como nadie se ocupó de aclarar de que
tipo de muerte estamos hablando, yo, tomándome el mayor atrevimiento del que
haya sido capaz, puedo plantear algunas hipótesis coherentes y otras un tanto
descabelladas. Aclaro que son simples elucubraciones salidas de mi mente y a la
que nadie necesita adherir.
El primer problema se me plantea con la medicina. ¿Cuándo ésta considera que un hombre está muerto? Yo no me voy a poner a dilucidar las dudas de la ciencia, ya que nunca se ponen de acuerdo respecto del momento exacto de la muerte.
El primer problema se me plantea con la medicina. ¿Cuándo ésta considera que un hombre está muerto? Yo no me voy a poner a dilucidar las dudas de la ciencia, ya que nunca se ponen de acuerdo respecto del momento exacto de la muerte.
Ni que hablemos de
lo jurídico, allí existe la figura de ausencia con presunción de fallecimiento, para pasarlo en limpio, eso sucede cuando el tipo se nos pianató por varios años y alguna solución te
tienen que dar, ya que no es justo que lo esperes con el portaligas negro y
encorsetada todas las noches, cuando capaz que el fulano no piense volver jamás.
De estos casos
tengo varios ejemplos. Un pariente le dijo a su mujer: “querida voy a comprar
puchos a la esquina y en cinco vuelvo”, aunque no aclaro si eran cinco minutos,
horas, años o siglos. Nunca volvió. Todavía lo espera, de esto hace veinte
años. Sí, ya sé lo que van a decir, es una boluda, pero ella aún lo ama y
espera que un día vuelva. Le comenté que después de tantos años la justicia
lo puede declarar fallecido y ella quedaría de ese modo liberada, pero no aceptó.
Claro, con setenta años es preferible la espera al luto.
Sin embargo, y más
allá de la lógica jurídica y científica, existen para mí otros modos de
concebir la muerte. Creo que es por eso que se popularizó el divorcio, complicado
por cierto, pero que en definitiva da soluciones a las muertes no catalogadas
dentro de esa promesa salvaje que nos imponen ciertas instituciones.
Cuántas veces
nosotras, las mujeres, esos seres creados con una etiqueta que dice “polirubro”
y que los hombres compran justamente por eso, algo así como el "dos por uno", toman a pie juntilla esa
palabra, y entonces nos vemos sometidas a exigencia que hacen de nosotras entelequias
superpoderosas que a cual máquinas de última generación se les impone realizar
decenas de tareas a la vez, y lo peor es que lo podemos hacer.
Desde que nos
levantamos, tenemos tareas preasignadas e indelegables. Despertar a los chicos,
darles el desayuno, mandarlos a la escuela, hacer las compras, preparar la
comida, lavar, planchar, y después de todo eso ABRIR LA PUERTA PARA IR A JUGAR… y saben
a qué me refiero.
Ahora…llegamos a
ese punto algo así como reventadas, pero debemos ser unas reinas para que
nuestro rey no busque cortesanas fuera de casa. La mayoría de las veces lo hacemos con gusto, porque sencillamente los amamos. Por ellos fingimos orgasmos
cuando su ritmo no concuerda con el nuestro, o cuando simplemente no tenemos
una gota más de energía, cosa que pasa bastante a menudo, sin embargo, los
colmamos de palabras hermosas, a lo que responden muchas veces con un: mmm!!! sí, sí!!!, cuando no un
shhhhh!!! si nos ponemos medio pesadas al sobreactuar.
Y de ese modo algo
va muriendo de a poco, hasta que se hace casi inevitable sacrificar a la víctima, o sea al amor. No porque seamos unos criminales, sino porque hay que ponerle al asunto sal y pimienta, de lo contrario la cosa se vuelve tediosa. Aunque a veces la sal y la pimienta también se acaban. Es ahí en donde apelamos a la albahaca, al cilantro, al ciboulette, pero es al vicio, sin sal no es lo mismo, y que me perdonen los hipertensos.
Esto a vuelo de
pájaro, ya que ni les cuento si tenemos la necesidad de salir a
trabajar porque la plata no alcanza, no es que se nos quiten tareas, se nos
agrega una más a las que teníamos, ya que ellos llegan cansados y no son
capaces de cubrirte en una.
Hay excepciones, y
cada vez más, a eso debo reconocerlo, como también debo reconocer que a veces
es preferible que no colaboren. Si cocinan te dejan la parva de trastos para lavar, de acomodar la ropa ni hablar y del resto, ni vale la pena hacer mención. Es al vicio, no los criamos para eso y a la
culpa la tenemos nosotras. Si de chicos les damos una escoba o les hacemos lavar los platos, nos los tachan de
maricones, si el padre machote observa a su hijo tender la cama, pocas veces piensa que
es para darle una mano a la madre, suponen que algo no está funcionando bien en
el muchacho. Culturalmente la cosa es así, la mujer “friega”
y el hombre “trabaja” para llevar el sustento a la casa, aunque nosotras
también lo hagamos. Pero el trabajo de la mujer, yo no se por qué, no es
valorado igual que el del hombre, siempre se da por sentado que el que para la
olla es él.
Bueno, para no
salirme tanto del tema de origen, vuelvo a las muertes que nos separan de
nuestras parejas. Y para eso debo también darle algún crédito al hombre, cuya
etiqueta dice “ojo que en este producto desborda la vasopresina”, no obstante
nosotras lo compramos aunque no estemos muy seguras de cuál es nuestro nivel de oxitocina, para los que no las conocen, son las hormonas que interactúan para mantenerlos acollarados. Y como somos bichas por naturaleza, manejamos la química
de nuestros varones con una sutileza incomparable.
Cuando algo nos
molesta de ellos, los ponemos en cuarentena, o al menos eso creemos, ya que
cuando en casa no se les da de comer, lo hacen afuera sin ningún tipo de cargo
de conciencia y a veces terminan consiguiendo restaurantes cuyos menúes no son conocidos en la cocina de la familia. Guarda con esto queridas amigas, a veces se les vuelve un vicio.
¿Y qué nos molesta de ellos?, entre otras cosas su pragmatismo. Son geniales, para cada problema que le planteamos, ellos casi sin pensarlo, nos arriman una solución, simple, básica y que nos deja haciéndonos sentir como unas estúpidas cuando lo que necesitamos, es simplemente que nos escuchen al menos por dos segundos nuestros lamentos, que a menudo son diarios.
¿Y qué nos molesta de ellos?, entre otras cosas su pragmatismo. Son geniales, para cada problema que le planteamos, ellos casi sin pensarlo, nos arriman una solución, simple, básica y que nos deja haciéndonos sentir como unas estúpidas cuando lo que necesitamos, es simplemente que nos escuchen al menos por dos segundos nuestros lamentos, que a menudo son diarios.
––Querido, el nene
no quiere comer ––decimos para que él con un duro sermón lo haga tomar la sopa.
Y a cambio recibimos como respuesta:
––Dejalo, ya vas a
ver que cuando tenga hambre va a comer.
Ni qué hablar
cuando les planteamos algún problema que ellos consideran personal.
––Hoy me peleé con
mi jefe y no sabés cómo me trato…
––No le des pelota,
para pelear hacen falta dos.
O…
––Mi trabajo es un
suplicio, ya no lo soporto…
––¡Dejalo!
¡Señores,
necesitamos ser escuchadas y no que se nos den soluciones! Y menos cuando lo
hacen en forma tan automática que uno siente que es para hacernos callar. Es
cierto que a veces somos bastante pesadas, pero ojo, que si vamos al psicólogo
para que nos escuche, el ochenta por ciento de las veces el cuento termina en
divorcio. Estos profesionales nos hacen desplegar las alas, y cuando logramos
hacerlo, nos vamos a la mierda, aunque nos reventemos a la vuelta de la
esquina.
Somos jodidas
indudablemente y los hombres extremadamente simples por no decir básicos. Y no
los estoy desmereciendo, al contrario, hago un mero parangón entre el entrevero
mental nuestro, y lo lineal de vuestra lógica.
Y todo eso de a
poco corroe al amor, primero comienza desacelerando la pasión, eso es pecado
mortal para la cultura que se nos ha impuesto desde niños, aunque no se mide
con la misma vara eso de que “No cometerás adulterio”, que
hasta no hace mucho era patrimonio exclusivo del hombre, hoy parece ser que la
cosa se ha revertido, porque convengamos que a nosotras también de vez en cuando nos gusta comer sushi.
Me
pregunto, cuántas otras clases de muerte hay para que uno pueda considerarse
acreedor de la ruptura de ese compromiso que damos al casarnos, al apalomarnos o como sea que se le llame a las parejas de hoy. Creo que más de
las que nos imaginamos.
Nada es
para toda la vida, salvo la vida misma que termina con la muerte, es por eso
que deberían cambiarse los votos. Propongo: “HASTA QUE EL AMOR SE
NOS ACABE” y así podremos comenzar con la reencarnación del amor tantas veces
como sea necesario. Y si no se acaba, en buena hora, será que hemos logrado la estabilización de la química, que según algunos científicos, es la responsable de que una relación perdure...o no.
Ah, eran las hormonas! y yo que gasté horrores tratando de encontrar las razones de mi "desaguisado" con el sicólogo! Me encanta el contenido tan verídico, envuelto en el decir coloquial y humorístico. Un abrazo
ResponderEliminarGracias amiga, es la vida misma ¿o no?. Lo bueno es poder tomarlo con humor, aunque para eso muchas veces necesitemos de una buena terapia, que quizás no nos equilibre las hormonas pero nos hace mirarlas desde la vereda del frente. Un abrazo y gracias.
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