Muchos fueron los
que por un motivo u otro debieron emigrar a tierras lejanas. Algunos lo hicieron
en busca de un sueño, otros huyendo de las guerras, en fin, razones las hubo por miles, tantos como las esperanzas de un futuro mejor.
A mí, mis padres me
trajeron a Argentina cuando tenía seis años, la edad suficiente como para que
mi memoria retuviera de un modo perenne recuerdos de una niñez absolutamente
feliz y quizás alejada de las penurias de los mayores.
Los deseos de mis
padres siempre fueron volver a su patria, ya que decían que a sus últimos años
no querían pasarlos en tierra extranjera. Mi madre nunca pudo adaptarse a este país, extrañaba
su casa, a sus amigas y a todo ese puñado de familia
que quedó en al otro lado del océano, entre los que estaban sus padres a los que
no sabía si algún día los podría ver nuevamente.
Más de una noche la
encontré llorando en la galería de la casa y cuando le preguntaba qué le sucedía,
ella me contestaba “nadie debería vivir en un país en el que no querría morir”.
Esas palabras se clavaron como espinas en mi corazón chiquito que todavía no
entendía la dimensión que puede cobrar el dolor.
Los años pasaron y
mis padres lamentablemente no pudieron volver a España, pero eso no fue lo
peor, no pudieron asistir a sus padres en el lecho de muerte, las distancias
eran gigantescas y el dinero nunca alcanzó para ese viaje.
Esta tierra nos dio
todo, trabajo, cobijo, una vida digna y otras cosas que todo inmigrante reconoce,
pero hubo algo que no nos pudo dar, raíces. Este país no tiene la culpa de
eso, pero es la realidad.
Yo quizás lo sufrí
menos porque al ser tan chica, mi capacidad de adaptación fue mayor que la de
mis padres, pero a ellos les costó tanto, que al cabo de todos estos años me
pregunto si valió la pena. Y hablo de mi caso exclusivamente, ya que otros
debieron salir no por voluntad propia sino por extremas necesidades y muchos de ellos hicieron suya a esta maravillosa tierra.
Pero bueno, esa es
una realidad a la que me tuve que enfrentar y desafiar. Formé mi familia y en
cierta forma eché raíces engarzándolas a las de mis hijos y esposo. Sin embargo,
las palabras de mi madre quedaron rondando en mi cabeza como una de esas marcas
que se les pone a los animales para determinar su pertenencia.
Dicen que la vida
es una calle con sentido único, que no se puede dar marcha atrás, y quizás sea
una verdad irrefutable, pero del mismo modo que desafié a la realidad, decidí
volver sobre mis pasos y recorrer esos rincones de mi patria que quedaron dibujados
con los pasitos cortos de mi niñez.
Luego de quedar
viuda y de que los hijos hicieran su vida, decidí volver a mi pueblo y a través
de mis sentidos, armar esa historia que quedó inconclusa por querer volar tras
un sueño, cumplido, sí, pero a muy alto costo.
No fue fácil juntar
el dinero para viajar al pasado, acá no nos hicimos ricos, trabajamos duro pero
para comer y llevar una vida digna, no más que eso. Yo me dediqué a la casa y
mi marido a trabajar duro para darles un porvenir a nuestros hijos, y luego de
que él muriera quedé con una pensión que poco margen dejaba para el ahorro. A
pesar de todo me puse como meta ese viaje, el que hubieran querido hacer mis
padres. Aunque debo confesar que si bien yo logré acomodarme a una realidad
irreversible, soñé muchas noches con nuestra vieja casa, con sus calles
empedradas, con los geranios colgando de los balcones y con ese olor a patria
que hoy no sabría muy bien a qué se parece, pero puedo decir que es dulzón,
penetrante y afectuoso, casi como el perfume de mamá.
Pasaron algunos
años y pude juntar, con la ayuda de mis hijos, el dinero para viajar y quedarme
no más de una semana. El día que abordé ese avión que me devolvía a la
patria, no pude dejar de recordar el llanto de mamá y la nostalgia larga de papá.
Por primera ves sentí lo grande que puede ser el dolor cuando uno deja de ser
niño.
El viaje se hizo
eterno, mis huesos no estaban preparados para esa travesía interminable y llena de
ansiedades. Al llegar al aeropuerto tomé conciencia del tiempo que había
pasado, yo partí de España en barco y regresé en avión a un aeropuerto que me
pareció más grande que mi barrio.
Me perdí entre el
gentío en busca del equipaje y de mi orientación, estaba extraviada en un mundo
totalmente desconocido para mí. Salí del lugar sintiéndome extraña en mi propia
tierra, lo que estaba viendo no es lo que recordaba y lo que recordaba no
estaba muy segura de que aún existiera.
Con mi equipaje y desorientación
a cuesta, me trasladé a mi pueblo en la ciudad de Málaga. Al llegar todo me era
extraño, no había un lugar que yo pudiera reconocer. Lo que recordaba en nada
se parecía a lo que se presentaba ante mis ojos y a pesar del esfuerzo que hice
para recobrar algo de lo que creí no podía haberse perdido en el tiempo, lo único
que logre fue un profundo arrepentimiento por haber gastado tanto dinero en
busca de un sueño, del que me desperté ni bien pisé España.
Juro que dudé de
mis recuerdos, no estaba segura de que fuera ese el lugar de donde partimos con
mis padres. Me sentí agotada y a lo único que atiné fue a buscar una posada en
donde hospedarme hasta poder cerciorarme de que ese era mi pueblo.
Los lugareños me indicaron una casona antigua que alojaba a viajeros a muy bajo precio. Era lo
que andaba buscando. Cuando la encontré, fui atendida por una señora mayor que
amablemente me dijo que sólo le quedaban dos cuartos, uno para una persona y el
otro para un matrimonio. Le dije que viajaba sola y que tomaría el más pequeño.
Si bien era una
casa reciclada que se veía a la legua era muy antigua, conservaba ese olor a
historia que de inmediato comenzó a despertarme los sentidos de un modo sorprendente.
Como en una película, mientras la mujer me hacía la ficha de ingreso, comencé a
rememorar todos esos sucesos acaecidos desde que en mí nació la conciencia.
Comencé a tener
palpitaciones, me pareció que la máquina del tiempo me había subido a su silla
y que me prometía un viaje que no sé si sería el soñado, pero sí sorprendente.
Sin demasiada consciencia fui tras la dueña del lugar al cuarto que quedaba en
un primer piso, me di cuenta que había escaleras porque tropecé con uno de los
escalones, de lo contrario ni hubiera caído en la cuenta del trayecto que recorrí
hasta mi cuarto.
Ya era de noche y yo estaba agotada y muy emocionada. En el lugar servían comida casera y como no tenía deseos de salir
bajé y pedí algo liviano, aún tenía el estómago revuelto por el vuelo y las
sensaciones contradictorias que embargaron todo mi ser cuando descubrí que era
muy probable que todo lo recordado no fuera más que eso, un recuerdo, dulce,
añorado pero sepultado en los tiempos.
Una vez terminada
la cena y a punto de perder el conocimiento por el cansancio, subí a mi cuarto,
me bañé y caí rendida a la cama que era tan suave como los brazos de mi madre. Debo
haberme quedado dormida antes de apoyar la cabeza en la almohada. Tuve sueños mágicos,
vi a mis padres a mi lado, me sentí con esos seis años dejando el terruño con
la ilusión de la aventura que papá nos había prometido, recogí en ese sueño a
amigos, maestros, perfumes, sonidos y un sinfín de recuerdos dulces como la
miel.
Me desperté a la
diez de la mañana, había dormido de maravillas, me sentí recompuesta y con
deseos de salir a la calle en busca de mi pasado, chiquitito pero gigantesco en
mis recuerdo. Luego de vestirme abrí las ventanas que al parecer daban a la
calle y lo que vi casi me produce un desmayo. O me estaba volviendo loca o esa
estampa que estaba observando era la que a diario durante seis años observaba
desde mi cuarto. La perspectiva era la misma, ni un milímetro más ni uno menos,
entonces me dije, “me estoy volviendo loca”.
Bajé corriendo,
rodeé la casona y me plante en esa plaza que divisé desde mi ventana, si yo no
había perdido la razón, estaba hospedada en la casa de mi niñez. Fue tan grande
la conmoción que corrí a hablar con la dueña y ella me ratificó lo que yo
estaba pensando, es más, sus padres fueron los que compraron a los míos la
casa. Cuando le conté lo sucedido las dos lloramos. Yo no sé si fue casual, si
fue un milagro, si las manos de mis padres me llevaron a ese lugar, pero lo cierto
era que ahí, precisamente ahí estaban mis raíces.
Pero para contar la
historia completa y ser absolutamente sincera, también tengo que decir que
luego de un par de días extrañé profundamente a mis hijos y a mis nietos. Ahí
me di cuenta de lo que verdaderamente significaba la palabra desarraigo y como dijo el
gran cantor Facundo Cabral caí en la cuenta de que no soy de aquí ni soy de allá.
Volví feliz de
haber encontrado lo que fue mi hogar en mi tierra y también por volver a este
hogar en el que se encuentran esas otras raíces que supe conformar con mis
amores presentes.
Facundo Cabral, cantautor argentino nacido en La Plata el 22 de Mayo de 1937 y asesinado en Guatemala el 9 de Julio del año 2011 en un atentado.
Bueno Amanda, más que palabras lo que tengo son lágrimas, pero no son de tristeza si no de añoranza. Cómo me imagino y sabrás muy bien, ésta historia me toca de lleno y nadie más que el que se fue de su tierra materna sabe y siente lo que escribes en ésta historia real. Yo soy uno de ellos y que aunque no me siento aún ni de aquí ni de allí (más bien de allí), pues capto la idea y la "digiiero". Gracias.
ResponderEliminarShoin, ¿adiviná en quién pensaba cuándo la escribí? aunque está basada en una historia real, maquillada como siempre. Cuando nos veamos te cuento de quién se trata, te voy a llevar a un pequeño viaje al pasado. Un fuerte abrazo y gracias como siempre por seguir mis relatos.
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