Entré a trabajar como todos los días a las ocho. Sentí que cada vez se me hacía más y más pesado levantarme por las mañanas y comenzar esa rutina que me perseguía desde hacía treinta años. Amo a mi profesión y lo hago con gusto porque en definitiva sé que estoy prestando un servicio, pero a veces se torna pesado hacer todos los días lo mismo, ver las mismas caras, los mismos problemas, y por qué no a una juventud que arremete con un ímpetu que al menos yo voy perdiendo con el paso del tiempo y el hastío.
De vez en cuando
casos insólitos se presentan y me sacuden esa modorra que no me la saca ni el
café matutino.
En la actualidad trabajo en un Juzgado de Familia luego de haber pasado por varios fueros especiales y haber hecho una carrera de hormiga, esa que hacen los que no tienen quien les de un empujoncito con una recomendación o un llamado de teléfono a algún influyente. Pero hay algo que es cierto, no le debo nada a nadie y eso para mí tiene un valor incalculable.
En la actualidad trabajo en un Juzgado de Familia luego de haber pasado por varios fueros especiales y haber hecho una carrera de hormiga, esa que hacen los que no tienen quien les de un empujoncito con una recomendación o un llamado de teléfono a algún influyente. Pero hay algo que es cierto, no le debo nada a nadie y eso para mí tiene un valor incalculable.
Ocupé mi lugar en
la oficina, me hice traer del bar una café bien cargado con dos medialunas,
manteca y dulce, para recuperar energías y despuntar el vicio. Sin embargo, no
podía lograr despabilarme del todo, aunque debía hacerlo ya que según me habían
anunciado, tenía una agenda cargada de citas con esa gente que busca en un juez
las soluciones mágicas para problemas de larga data y quieren que uno se los
soluciones en el día.
Las primeras tres
audiencias las manejé con la ecuanimidad que uno debe mantener cuando está
entre dos partes en litigio. Arrimar posiciones, calmar los ánimos, explicar
que a veces la vida nos pone frente a situaciones que creemos inmanejables y
los que las hacemos inmanejables somos nosotros complicando más lo inevitable, y
otros cientos de consejos que uno los puede dar porque recorrió un camino largo
por esta carrera y esta vida llena de vicisitudes que nos hace crecer como personas y tener la
autoridad moral para dar un consejo sano, y más en temas tan sensibles como los
de familia.
Cuando se abrió la
puerta de mi despacho para la cuarta audiencia, vi aparecer con gran sorpresa a
un par de ancianos, creo que ambos superaban largamente los ochenta años. Juan y Teresita eran sus nombres, dulces como
sólo los abuelos lo pueden ser a esa edad.
Frente a mi
escritorio tengo un sillón de dos
cuerpos y en cada uno de los costados uno de un cuerpo. Al verlos me levanté y
los saludé cordialmente, intuí que algún dolor profundo los había llevado ante
mí. Les pedí que tomaran asiento, me sorprendió que Juan se sentara en el
sillón chico y Teresita en el grande, eso ya me dio mala espina.
Generalmente cuando
atendía a gente mayor, era porque se les impedía el contacto con los nietos, pedían
régimen de visitas para poder a visitarlos, algo que me sacaba de mis cabales,
pero así somos los humanos, más salvajes que los animales, con perdón de los
animales. En esos casos actuaba sin piedad, igual que cuando al régimen lo
pedían los padres ya que el manejo impune que se hace con los niños me enerva.
Casi convencida de
que ese par de abuelitos venían por un asunto similar, les pregunté:
––¿Problema con los
nietos?
––¿Con los nietos?,
no, con ellos gracias a Dios no hay ningún problema, ––contestó Teresita.
En ese momento no
me imaginé cuál sería el inconveniente que los había llevado ante mí. Con gran curiosidad les repregunté:
––¿Entonces, qué es
lo que los trae por acá?
––Queremos
divorciarnos, ––me contestó Juan.
Esa afirmación
me descolocó de tal manera que, como una tonta, enmudecí y por más esfuerzo que
hiciera, las palabras no querían salir de mi garganta. Un torbellino de
argumentos comenzó a danzar alocadamente por mi cabeza, debía actuar con mucho
tacto ya que la sabiduría y los razonamientos de los ancianos suelen ser
irrefutables y por más vida que yo tuviera caminada, ellos me llevaban la
delantera por muchos años.
––A ver si he
entendido bien, ¿ustedes quieren divorciarse, separarse, no estar más juntos?,
––les dije anonadada.
––Creo que no es
tan difícil de entender, ––respondió Juan
casi perdiendo la paciencia.
––Juan, Teresita, a
la edad de ustedes se necesitan más que nunca. Qué van a hacer el uno sin el
otro. ¿Cuántos años llevan de casados?
––Más de sesenta,
––contestó Teresita.
––A ver, si tienen
deseos y les prevengo que no tienen ninguna obligación de hacerlo si no quieren,
¿me podrían contar qué les ha pasado para que rompan una unión de sesenta años?
Y es justo en ese
punto en donde se comenzaron a mezclarse en mí todas las cosas. Hacía cinco
años que había enviudado y la soledad me estaba matando. Extrañaba a mi marido,
su perfume, las salidas a cenar, los infaltables jueves de cine, día de
estrenos, sus palabra cuando me decía al oído que cada día me amaba más, esos
largos viajes que hacíamos en las ferias judiciales, lo gran padre que fue con
nuestros cuatro hijos y por sobre todo el profundo dolor que me causaba el que
no haya podido conocer a los tres nietos que llegaron luego de su partida.
En ese momento y
sacándome de esas remembranzas que tan mal me hacían, casi peleándose por tomar
la palabra, pelea en la que por knock out ganó Teresita mi duda fue tristemente
despejada.
La historia que la
mujer dejó rebotando en mi cabeza, fue una de las miles que debían existir
pero que nadie se atrevió a contarla en forma tan descarnada como ella lo hizo.
Se casaron apenas entrados en la adolescencia, edad en la que no se piensa,
sólo se actúa. Al año tuvieron su primer hijo y junto con él llegó una realidad
que hizo añicos la casita de juguetes que habían armado para toda la vida.
Luego vinieron los otros, en total, siete. Juan debió trabajar duro para darle
de comer y educar a tantos hijos y Teresita no daba abasto con los quehaceres
de la casa y la crianza de los niños. Simplemente no les quedaba espacio para
ellos y los pocos minutos que disponían en días salteados, eran usados para
echarse en cara todo lo que se iban quitando el uno al otro.
La audiencia con
ellos la tuve a los dos meses que murió la hija menor que había nacido con una
incapacidad que la llevó a depender totalmente de sus padres. Teresita me
explicó con lágrimas en los ojos que no se divorciaron antes por los hijos y
por esa muchacha que necesitaba de ellos, pero cuando sucedió la partida de
Margarita y el resto de los hijos habían hecho su vida, se dieron cuenta de que
eran dos desconocidos, que no tenían nada en común, que lo único
que los mantenía unidos eran los hijos. Me comentó que siempre se sintió muy sola y que
Juan para ella era nada más que ese ser con el que había vivido bajo el mismo
techo por más de sesenta años, el amor se fue quedando en el camino, así como
el diálogo, los momentos íntimos, y un profundo vacío inundó la casa cuando se
quedaron solos. Que contrariamente a lo que yo les había dicho, ya no se
necesitaban ni se amaban, y a pesar de ser personas ancianas aún tenían la
esperanza de encontrar a alguien de quien poder volver a enamorarse, tal como
alguna vez lo habían hecho ellos.
Fue la primera vez
que me quedé sin argumentos, ellos me habían dado una durísima lección a mí,
que me creía sabia y con derecho a dar consejos cuando en realidad desde hacía
cinco años estaba encadenada a un recuerdo que no me dejaba seguir adelante. Me
quedaba muchos tiempo por vivir si Dios me daba esa gracia y los estaba desaprovechando, y sin embargo ella,
que ya estaba viviendo sus últimos años, tenía intacta la esperanza, esa que yo
había perdido cuando enterré a mi esposo.
Le expliqué cómo
eran los trámites para el divorcio y cuando estaban a punto de irse, se me
acercó Juan y me dijo:
––A Teresita se le
olvidó contarle un detalle, hace un mes conoció a Augusto en el centro de
jubilados y creo que está enamorada. Me alegro por ella, por los hijos la até o
mejor dicho nos atamos sin reparar en las consecuencias.
––Juan, usted
también va a encontrar a alguien a quien amar, es sólo cuestión de tiempo.
––Yo encontré el
amor hace más de sesenta años y no lo supe cuidar. Pero valió la pena, mis
hijos se criaron con sus padres y les dimos todo. Con eso y la felicidad de
Teresita me basta.
Salieron del
despacho y jamás pude olvidar esa historia. No sé que habrá sido de ellos, pero
me pregunto a diario cuáles son las entregas que realmente valen la pena y cuáles
los sacrificios que de verdad tienen el valor que nosotros les damos.
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