Soy la menor de
tres hermanas, nacida en un hogar de clase media en donde nada sobraba y a
decir verdad, tampoco faltaba. Mi padre, un trabajador de esos que dejan hasta
el último aliento en su tarea, y mi madre una de esas mujeres que lo dejan en
la casa, en los hijos y en su marido.
Nos criamos con
total normalidad hasta que mi hermana mayor cumplió los dieciséis años. Ella es
hermosa, con una gracia natural que la hacía destacarse en cuanta reunión
asistiera. Pero al llegar a esa edad comenzó a tener conductas extrañas,
desórdenes en su alimentación, ciertas fobias inexplicables ya que hasta ese
momento no había mostrado signos por ejemplo de rechazo a la música que era uno
de sus entretenimientos favoritos.
Mis padres atribuyeron esa conducta a su entrada tardía a la adolescencia, Adriana siempre fue muy infantil y juguetona, algo que a esa edad y por esos tiempos no era de extrañar. Las señales no eran constantes, por lo que mis padres no dieron demasiada importancia al asunto. Pero al entrar a los diecisiete, comenzó con pesadillas nocturnas que la dejaban exhausta lo que significaba que al día siguiente no tuviera deseos de levantarse para ir al colegio.
Mis padres atribuyeron esa conducta a su entrada tardía a la adolescencia, Adriana siempre fue muy infantil y juguetona, algo que a esa edad y por esos tiempos no era de extrañar. Las señales no eran constantes, por lo que mis padres no dieron demasiada importancia al asunto. Pero al entrar a los diecisiete, comenzó con pesadillas nocturnas que la dejaban exhausta lo que significaba que al día siguiente no tuviera deseos de levantarse para ir al colegio.
Se iniciaron allí
las duras peleas con mis padres ya que la obligaban a asistir a clases y ella
se oponía porque decía que no tenías fuerzas para levantarse. Mientras más le
exigían, ella más violenta se ponía. En Adriana iba cambiando hasta su cuerpo,
mutaba de un modo bastante extraño, comenzó a comer a toda hora y lo que
encontrase, eso la llevó a que en poco tiempo subiera al menos entre cinco y
seis kilos.
A los dieciocho se
puso de novia con un vecino que creo la amó desde pequeña. Carlos la cuidaba y
era al único ser al que le hacía caso. Sin embargo, el muchacho a medida que el
tiempo pasaba se iba dando cuenta de que algo no andaba bien en ella. Muy
sutilmente aconsejó a mis padres que la hicieran ver con un médico ya que la
notaba algo nerviosa y con actitudes que le preocupaban.
Mis padres, que
adoraban a Carlos y respetaban sus advertencias, hicieron una consulta con un
médico clínico que determinó que al menos físicamente no había problemas. Eso
tranquilizó a la familia pero no al muchacho que era el que sufría en carne
propia ciertas reacciones incomprensibles de Adriana.
Mi hermana tocaba la guitarra y lo hacía muy bien, pero llegó un momento en el que la odió tanto que la reventó contra la pared y la hizo añicos, eso despertó en la casa un alerta que llevó a mis padres a pedir una consulta con un psiquiatra. Luego de muchísimos estudios concluyeron que sufría de esquizofrenia. El diagnóstico no era alentador y el futuro incierto. Si bien Carlos no estaba dispuesto a abandonarla, llegó un momento en el que hasta para él la situación se convirtió en insostenible. Lamentablemente el noviazgo se rompió y eso desató en mi hermana una ira irrefrenable que llevó a mis padres a internarla por un tiempo en una institución psiquiátrica. Los médico de inmediato la controlaron con medicación y al parecer respondía muy bien al tratamiento, si bien no volvió a ser la de antes, al menos comenzaba a parecer una persona normal sin demasiados altibajos en su conducta.
Mi hermana tocaba la guitarra y lo hacía muy bien, pero llegó un momento en el que la odió tanto que la reventó contra la pared y la hizo añicos, eso despertó en la casa un alerta que llevó a mis padres a pedir una consulta con un psiquiatra. Luego de muchísimos estudios concluyeron que sufría de esquizofrenia. El diagnóstico no era alentador y el futuro incierto. Si bien Carlos no estaba dispuesto a abandonarla, llegó un momento en el que hasta para él la situación se convirtió en insostenible. Lamentablemente el noviazgo se rompió y eso desató en mi hermana una ira irrefrenable que llevó a mis padres a internarla por un tiempo en una institución psiquiátrica. Los médico de inmediato la controlaron con medicación y al parecer respondía muy bien al tratamiento, si bien no volvió a ser la de antes, al menos comenzaba a parecer una persona normal sin demasiados altibajos en su conducta.
Cuando nos dijeron que la podíamos llevar a casa ya que la medicación estaba
funcionando, el médico nos aclaró que podían existir hechos que la alteraran y le hicieran tener
recaídas, hechos que no podían preverse de antemano. Nos pidió encarecidamente que no buscáramos en ella a la muchacha que fue, que nos acostumbráramos a esta nueva persona que no se parecía en nada a esa Adriana que todos conocimos.
Esa alerta del profesional hizo que mis padres comenzaran a tener recaudos con ella que hasta esos
momentos no se habían tenido. Adriana comenzó a aislarse y a ponerse más
sumisa, hasta mejor que antes de declarársele la enfermedad. Si bien su
conducta alivió a la familia, no dejaba de ser poco normal en ella. Consultamos
al psiquiatra y él nos informó que generalmente luego de un brote como el que
había tenido, quedan con cierto déficit que los hacen cambiar de un modo
irreversible. Mis padres con este diagnóstico creyeron morir de tristeza, no
sabían de dónde sacar las fuerzas o qué artilugio utilizar para que mi
hermana al menos disfrutara de la vida
del modo que pudiera. Recordaron entonces la guitarra y de a poco
intentaron interesarla en ese instrumento como un medio para que ella se
sintiera feliz con algo que sabían que en tiempos muy lejanos le encantaba.
En lugar de
encontrar el efecto deseado, solo lograron
irritarla y provocar pequeños brotes que supieron controlar pero con una
medicación que literalmente la planchaba. Su vida era un péndulo de dolor para
ella y para nosotros. Iba y venía por esas rutas de padecimiento en el que
todos la acompañábamos y lo peor era que, en sus momentos de extrema lucidez,
se daba cuenta de que algo en ella no andaba bien. Nos destrozó el corazón cuando
una tarde tomando mate con la familia nos dijo: “Sé que nunca más voy a tener
novio, que no me voy a casar, que nunca tendré hijos, ¿qué forma de vivir es
esta?, sepan que estoy cansada y muy triste”.
Acababa de darnos
una proyección de su vida que si bien para nadie era ajena, no nos atrevíamos
ni hablar de ello. El tiempo pasó y mis padres murieron con un año de diferencia,
primero partió papá y creo que mamá no soporto su ausencia y el dolor que le producía la enfermedad de
Adriana, los años la habían debilitado y no tenía fuerzas para seguir luchando.
Mi hermana en esas
dos oportunidades debió ser internada ya que su mente no pudo procesar la
partida de esos seres que ella creía la iban a cuidar en lo que le restaba de
vida. Yo le pregunté una vez al médico por qué le pasaban esas cosas si yo creí que suplía con creces el amor de mis padres haciéndome cargo de ella y amándola con todo mi
corazón. Él me contestó que en esos casos el "amor no basta", que su cerebro no era el de una persona
normal, que esa era una enfermedad de las más caóticas que se puedan conocer en
la psiquiatría. Salí un poco decepcionada de la consulta ya que no me había
dado esperanzas.
Pero sucedió algo
muy parecido a un milagro en la última internación de mi hermana. Allí conoció
a José Luis, un muchacho que sufría su misma enfermedad, que hablaba su
mismo idioma y que comprendía a la perfección su dolor. Primero nació una
hermosa amistad que curiosamente a los dos les hacía un efecto parecido al de los
medicamentos, los tranquilizaba, los contenía y hasta por momentos parecían ser
felices.
Le comenté al
médico, y él me dijo que no me hiciera demasiadas ilusiones, que la enfermedad les
hace difícil involucrarse afectivamente, que no pueden establecer vínculos porque
en ellos hay una disociación cerebral que se los impide y siguió con
explicaciones médicas que ya ni recuerdo, lo que sí me quedó claro es que hay
distintos grados de esquizofrenia y que en algunos casos hay excepciones, pero
no en el de Adriana. Salí una vez más decepcionada, mi apuesta a esa amistad
fue una ilusión a la que me aferré con mucha fuerza, pero estaba visto que el
futuro de mi hermana estaba escrito y no era promisorio.
Sin embargo, el
tiempo trancurrió y ella siguió con esa amistad que con el tiempo, según me lo
manifestara, se convirtió en un profundo amor. Esa relación, si bien no le sanó
la mente, le sanó el alma. Pude hablar con ella como con una persona normal,
tomaba la medicación tal como se la habían indicado porque decía que quería
estar bien para su amado José Luis. Los dos eran conscientes de que si bien podía
haber un matrimonio, nada se los impedía, no podrían tener hijos ya que el
miedo a que heredaran la enfermedad los paralizaba.
Los años pasaron y
se fueron a vivir juntos, él consiguió un trabajo y con la ayuda de la pensión
de mis dos padres la pasaban bien, sin necesidades. Jamás pudieron casarse
porque al hacerlo mi hermana perdía las pensiones, esas cosas del sistema que yo no
puedo entender como tampoco entiendo ese diagnóstico médico que dice que en
esta enfermedad EL AMOR NO ALCANZA.
Querida Amanda, hermoso lo que escribiste. El amor supera toda adversidad y puede pararle el carro ( por un largo rato) a la que llega sin ser llamada. Te recuerdo siempre, lejana y ahora virtual amiguita del alma. Un abrazo inmenso.
ResponderEliminarGracias amiga. A pesar de lo lejana que me sientas y de lo virtual que aparezca, yo siempre estoy a la espera de que algún día de estos acortemos los caminos y con un buen vino de por medio hablemos de nuestras "andanzas". Un abrazo muy pero muy grande.
ResponderEliminarFantastico relato como siempre y otra prueba más que el amor siempre es la respuesta mas allá de conceptos y apariencias, continúa con tu labor Amanda que aunque algunas veces uno siente ser no leído, tampoco sabemos con certeza cuantás vidas ayudamos o cambiamos por sólo compartir lo que nuestro corazón dice, y éso ya es razón de sobra para continuar. Gracias y un abrazo
ResponderEliminarAsí es Shoin, el amor todo lo puede y de eso soy una convencida. Es cierto, a veces uno cae en el desánimo al ver que no es leído porque escribir y crear no es fácil, lleva tiempo, trabajo y respeto, mucho respeto al lector. Varias veces intenté desistir de seguir haciéndolo, porque pensé que quizás lo que escribo no gusta, pero justo en esos días había muchos lectores en la página, entonces me decía, es una señal, sigo, a alguien le sirve lo que lee. No sé hasta cuando, pero por el momento sigo... Gracias por tu aliento. Un abrazo.
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