Imanol era navegante, a su vida no la concebía fuera de
un barco. Desde balleneros hasta botes de remo fueron su parque de diversiones
cuando otros niños jugaban con barriletes, pelotas de trapo y carritos
destartalados por las calles empedradas de su pueblo, La Villa De Luarca en
el Occidente Asturiano.
El mar era el único lugar en donde Imanol se sentía seguro, un
espacio de trabajo y reflexión que llenaba esas horas que para él no eran
tiempo, sino fragmentos de vida flameando en la inmensidad de ese mundo a veces
calmo y otras hostil al que estaba acostumbrado.
Para Imanol un faro era algo más que una torre luminosa que lo
guiaba en sus largas travesías, esos faros eran la mano extendida del mar que
le daba la seguridad de estar en rumbo, de no encontrarse perdido.
El viento y la sal curtieron su cara, que como un antiguo
pergamino delataba esas horas muertas diría Jacinta, su mujer, pero que para él
eran la vida.
Si al él se le pedía que definiera su existencia, callaba, pensaba
y luego esbozando una sonrisa decía, “mi vida es un vaivén constante, ya que el
mar y la tierra tienen el mismo movimiento, pero no producido por las mismas
cosas”. Luego, agregaba algo que a muchos dejaba desconcertados, puesto que no
sabían a qué se refería con su aseveración cuando decía, “pero saben una cosa,
en el mar siempre hay un faro”.
Si bien era un pueblo pesquero, no todos entendían su filosofía,
porque en realidad, más que filosofía, el mar para él, era poesía. Cada ola
sacudía su corazón como el encuentro en tierra con algún amigo, cada gaviota
era la representación de esa belleza que en alguna fonda lucía una de las
muchachas de su pueblo.
Las tormentas desatadas mar adentro, era simplemente una discusión
en un idioma conocido y a la que él manejaba con destreza, los densos
nubarrones y los potentes rayos no eran más que el anuncio de esa disputa
de la que salía airoso invariablemente.
La sensación cada vez que veía el puerto no era la misma que
cuando desde el puerto veía al barco. La primera le producía nostalgias, la
segunda promesas. Anclar para él significaba parar el tiempo, zarpar,
retomarlo. La soledad en tierra no tenía el mismo sabor que en mar abierto. La
soledad mientras navegaba, era justificada, la otra no.
Por más que lo intentara, por más que decenas de personas, entre
ellas su mujer, lo envolvieran en cada regreso, tenía un vacío que con nada lo
podía llenar. Era como si una certeza lo hiciera aislarse y reconocer que la
vida es un largo camino, que ya sea por tierra o por mar, debemos transitar con
la sola compañía de uno mismo. Sin embargo, en el mar esa soledad era atenuada por
el faro que siempre estaba alerta para guiarlo a destino, en tierra no había
faro, esa mano del mar que lo hacía encontrar siempre la ruta. Él no sabía exactamente el
lugar de su nacimiento, por lo que fantaseó con que nació en el mar. Jamás pudo
constatar si ello era cierto, ninguno de su familia vivía, desde que tuvo
comprensión, se recordó solo.
Su memoria más lejana lo llevaba a baldes lleno de peces, a redes
desbordantes de atunes esa vez que por error fue llevado al Pacífico Oriental
por aquél buque llamado “Malagueña II” que desapareció cerca de la costa
mediterránea cuando él tenía quince años.
No recordaba ni a abuelos, ni a tíos, tampoco a hermanos, pero lo
que sí extrañaba era a su madre. En el mar se sentía con familia completa, el
viento era su padre, quien lo hizo fuerte y valiente, con ese valor que lo
animó a desafiar tempestades y también a esos habitantes feroces que a menudo
disputaban con él un territorio que a ambos le pertenecía. La luna, era su
madre, con ella soñaba, cantaba, reía y también rezaba. Las estrellas, eran sus
hermanas, y a menudo se sentía visitado por cometas que lo saludaban y
desaparecían como lo hizo su familia en tierra firme.
El mar calmo como la luna nueva lo atribulaban, frente a esas
ausencias y para no claudicar, su memoria se dirigía al faro, ése que no
faltaba nunca a la cita, ése que estaba siempre a la espera de que él lo
divisara, ése que por más vueltas que diera y por más recorrido que hiciera,
estaba en el mismo lugar.
Su mujer jamás le dio un hijo, nadie sabe si porque no podía
procrear o porque las ausencias de Imanol eran tal largas que nunca
coincidieron en el momento sagrado de la procreación. Ella se fue en silencio
en uno de sus viajes. Cuando él se enteró, se dio cuenta de que en tierra ya no
le quedaba nadie por quién volver, y entristeció, con una tristeza larga que
inquietó a sus amigos.
Imanol llegó a pensar que él en realidad no existía, no podía
entender que en tierra firme no quedara un solo testigo de su vida; en el mar
tenía al faro, ese sí que lo conocía bien y que podía dar testimonio de cada
uno de sus días. Pensó que los seres humanos no viven ni tienen su historia
sólo en el mar, entonces creyó que quizás él no era más que el fruto de la imaginación de
algún tritón y que por ese motivo nada le duraba en la tierra.
Una mañana muy cargada de primavera, cuando todo hacía pensar que
ningún barco se atrevería a salir a mar abierto ya que se presagiaba una de
esas tempestades que sólo traen desgracia, él salió en contra de la voluntad de
su tripulación, la que lo abandonó ni bien supo de sus intenciones.
Efectivamente, a las dos horas de su partida, se desató una
tormenta pocas veces vista y que causó innumerables daños en el puerto y en los
pocos barcos que fueron tomados por sorpresa cerca de la costa. Luego del
vendaval, decenas de habitantes de la costa Asturiana, se sentaron en el puerto
a esperar la llegada de Imanol. Los días pasaron y él no aparecía, eso no
significaba demasiado ya que sus viajes solían ser muy largos, no obstante, un
mal presagio llenó de congoja al gentío.
Yo conocí a Imanol cuando compró su barco al que llamó Trinidad,
formé parte de su tripulación hasta dos años antes de su desaparición. Recuerdo
que siempre decía que cuando fuera viejo iba a vivir en un faro, ya que era el
único lugar en donde se sentía seguro. Luego agregaba que en tierra no tenía un
solo ser al que aferrarse, al parecer ni su mujer le daba esa pertenecia que le daba el mar, y que muchas veces frente a las encrucijadas en las
que nos pone la vida, no contaba con ese apoyo que generalmente tenemos los
humanos.
Aprendí a quererlo con esa soledad a cuesta que siempre lo hizo
parecer viejo. Noches enteras lemeté su ausencia, su orfandad, y por sobre todo
esa energía que nos hacía entender al mar, a ese ser viviente que con sus
señales nos hace respetarlo y muchas veces desafiarlo.
La historia de Imanol no terminó ahí. Pasado un año de su
desaparición, el Napoleón II se apareció en el puerto remolcando al Trinidad.
Nadie se atrevió por días a abordarlo, nos parecía que de ese modo él se
encontraría vivo dentro del barco y que en cualquier momento descendería con
las manos en alto como lo hacía desde que yo lo conocí.
Pasado un mes, Carmelo y yo nos decidimos a subir ante la mirada
expectante de un puñado de pescadores. Todo estaba en perfecto estado, no había
señales de catástrofe, pero hubo algo que nos llamó la atención. La ropa con la
que siempre salía a navegar, estaba sobre la mesa, junto a la brújula y su
tazón de lata del que jamás se desprendía. Para todos fue un gran enigma que
jamás tuvo su explicación, para mí fue el verdadero comienzo de la vida de
Imanol, el que quizás estuviera viviendo en algún faro lejano, arropado por las
manos del mar que eran las únicas que lo acunaron desde que él tuvo memoria.
Es el día de hoy que no he perdido la ilusión de encontrarlo con
los brazos en alto en algún lugar de ese único territorio al que sintió que
pertenecía.
Creo que la soledad como tal, es una asignatura pendiente en todos los seres humanos, que en su extructuta externa se muestra dura y cruel, pero que en muchas ocasiones es un camino de vueta a casa, o sea a nosotros mismos. Hermoso relato que plasma los sueños más profundos y los desenlaces máss insólitos, gracias.
ResponderEliminarGracias Shoin, tus comentarios enriquecen, y coincido con vos, a veces la soledad no es más que "UN PROFUNDO Y ESPERADO REGRESO A CASA"
ResponderEliminarHermoso relato. Tengo para mí que la soledad es una porquería, perdón por ser tan poco poética. La necesito a menudo, la invito, le doy de comer ...y se queda a dormir en casa. Una le da la mano y te larga un tarascón. Es de no fiar. ¿cómo encontrar el equilibrio?
ResponderEliminarHola amiga!!!!! te recomiendo leas en este blog "LA SOLEDAD" no sabés cómo me siento identificada con lo que terminás de escribir. No será poético pero es tan real. Un abrazo.
ResponderEliminarEstimada Amanda, acá tenés una cómplice que te acompañará con gusto, cada vez que pueda, en esta aventura tuya de escribir, y te diré por qué. Tu relato me conmovió de principio a fin, será que como Imanol el mar es mi pasión, y si bien cada vez que se da la ocasión salgo a navegar, no puedo como él vivir en el mar, yo sí tengo obligaciones en tierra, pero me queda el consuelo de saber que mis cenizas se disolveran con las gotas del mar. Increible relato, excelente construcción, sólo me queda felicitarte y decirte que pocas veces he leído un texto tan bueno como el tuyo. Gracias por permitirnos ser parte de tu mundo.
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ResponderEliminarMyriam, agradezco de todo corazón tener una cómplice en mis aventuras. Este blog nació de la desesperanza. Te cuento que mi fuerte es la novela, Silvio tiene una mía que se la mandé hace un mes. Acá en Argentina, no sé si eres de Uruguay o compatriota, gustó mucho, pero como era la primera que publicaba no tuve la respuesta que esperé. En el decurso de mi lucha abrí esta ventana que me trajo muchas satisfacciones porque este blog es leído en todo el mundo y creo que eso es lo importante, que circule más allá de los resultados. Recibir un elogio como el tuyo es una caricia al alma. Espero no defraudarte con el resto que son cerca de cien. Un fuerte abrazo y de nuevo, gracias.
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