Cuadrada, de una madera
rústica, era esa caja en donde mamá guardaba el pan. Los años pasaban y la caja
permanecía inmutable en la cocina de mi casa, quizás siendo testigo de risas y
llantos, de peleas y reconciliaciones. Era casi un lugar sagrado, no admitía
otra cosa que no fuera el pan.
Jamás se la cambió de lugar,
ella pasaba sus días sobre una mesada de mármol blanco y sólo era movida cuando
mamá hacía las pastas. Año a año se renovaba su barniz para que luciera
prolija y bella en los tiempos que vinieran.
Hubo veces que estuvo vacía, y
era en la época de las vacas flacas, esas que de vez en cuando nos azotaban sin
haber tenido la amabilidad de pedir permiso para entrar en nuestros hogares.
Tengo fijados en mi memoria cuáles fueron esos momentos y con el tiempo di
gracias a Dios por no haberlos olvidado.
Uno de ellos fue cuando a papá
lo detuvieron luego de la
Revolución “Libertadora” por no compartir las ideas de los
usurpadores del poder o sea que fue un preso político. Se quedó sin trabajo y
debimos salir a vender unos muñequitos que hacía en la cárcel para poder comer.
Carne y leche eran las prioridades, el pan, artículo de lujo.
Otra cuando papá enfermó
gravemente y después de unos meses falleció, demasiado joven para una
jubilación, de nuevo tuvimos por largo tiempo la caja vacía. Las prioridades
cambiaron, y el pan en esos tiempos no era indispensable, ya todos estábamos
grande y podíamos prescindir de él. Pero esa caja vacía era toda una
representación de malos momentos.
Quizás esa memoria, a veces
selectiva, sea la que nos ayude a las justificaciones a las que debemos apelar
a lo largo de la vida. Si a ellos les pasó, por qué no a mí, si antes pasó, por
qué no ahora. Esos recuerdos son a veces ese nido en el que reposamos cuando no
le encontramos un atajo a la vida, cuando los resultados no van a la par del
esfuerzo, en fin, cuando somos sacudidos malamente y estamos a punto de perder
el eje.
Por esos tiempos las cosas que
conformaban el ajuar de una casa, no se cambiaban fácilmente, no sabría decir
si por que la gente era más conservadora o porque hoy el consumismo se apoderó
de nuestras metas. Pero lo cierto es que desde que nací, recuerdo a esa casa
con las mismas cosas. Es una estampa imborrable en mi memoria, a la que acudo
cuando quiero recordar a mis padres. Allí los encuentro invariablemente, a papá
sentado en el patio, bajo la parra de uva moscatel, leyendo el diario Córdoba y
a mamá amasando los tallarines del domingo.
Antes de casarme, y con el fin
de ordenar las compras para lo que sería el mobiliario de mi nueva casa, hice
una larga lista en la que ocupaba el primer lugar, una caja para el pan. Pero a
lo largo de todos estos años, me di cuenta que en esa otra lista, la que no
estaba escrita en un papel sino en mi corazón, había un sinnúmero de cosas que
heredé de un modo inconciente de mis padres.
Yo no concebía que el pan se
pudiera guardar en otro lugar que fuese en una caja. Me ofrecieron bolsas
hermosas realizadas artesanalmente que eran las que estaban de moda, pero yo me
resistía a guardar ese alimento que para nosotros siempre fue sagrado, en otro
lugar.
Recuerdo que mamá nos prohibía
trozarlo con las manos, había que cortarlo con un cuchillo y bien parejo,
debíamos ponerlo sobre la mesa con las marcas para arriba porque decía que esa
era la cara de Cristo.
En algunas celebraciones
religiosas en mi niñez, los mayores tomaban la comunión con trocitos de pan
embebidos en vino, eso me hizo darle una dimensión distinta a este básico y tan
importante alimento. El pan era casi sagrado como la caja que lo contenía, algo
así como la representación de que todo andaba bien.
Digamos que si en la mesa había
una costeleta doradita, un buen puré de papas y un trozo de pan, teníamos que
sí o sí estar tranquilos. Si para el recreo del colegio en lugar de un
paquetito de galletitas Manón, había un flor de sándwich de pan y queso, era
que todo estaba bien.
Los años para mí también
pasaban y traían algunos cimbronazos en esa caja de pan. Luego de mucho tiempo
de casada, mi marido me pidió el divorcio. Se lo di y también le di todo lo que
me pidió, menos mi caja de pan. Luego de esa ruptura de vínculos que para mí al
menos eran “hasta que la muerte nos separe”, pasé por un sinfín de necesidades.
Debí criar sola a mis hijos y eso creo que me llevó a acentuar ciertas
costumbres aprendidas de mi madre. Como a veces no alcanzaba para el pan, debí
hacerlo con mis propias manos, pero la consigna era que en esa caja nunca
faltara aunque más no fuese un trozo, y que mis hijos no se dieran cuenta de la
situación por la que estábamos atravesando.
Ellos crecieron, se hicieron
demasiado grandes para mi gusto, y les llegó el tiempo de formar sus propias
familias. En cada una de las casas hay una inmensa caja de pan, y otro montón
de cosas que como en un espejo reflejan el espíritu de mi casa. Y cuando las
veo me vienen a la cabeza una serie de planteos que quizás me los hice tarde,
pero valieron la pena. Es increíble como nos marcan y como marcamos con hechos
cotidianos a veces imperceptibles y que adquieren valores absolutos en muchas
oportunidades.
Recuerdo que después de cada
comida, mi madre me mandaba a lavar los dientes y lógicamente debía hacerlo
antes de dormir. Muchas veces cuando estaba a punto de caer en ese sopor que
precede al sueño, saltaba de mi cama recordando el instructivo.
El ahorro era la base de la
fortuna, decía mi padre, pues entonces yo ahorraba, me pasé la vida haciéndolo
y es una costumbre tan arraigada que cuando me falta el dinero del ahorro me
siento con la inseguridad más absoluta.
Dar el asiento a los mayores
en el colectivo, era una regla que nadie discutió jamás y a la que nos
sujetábamos como a la de dejar que la persona mayor siempre caminase por la
vereda del lado de las casas y no del de la calle.
Todo se hacía de un modo tan
natural que no pude sacudirme esa infinidad de pequeñas costumbres que hacía a
la “buena educación” según lo decía mi madre.
Mis nueras y yernos, me dicen
muy a menudo que mis hijos son un calco mío, y graciosamente tienen razón.
Quizás resulte increíble pero cada casa tiene mi sello sin yo haberlo puesto, y
mis hijos costumbres que jamás impuse pero que convivieron con ellas tanto como
conmigo. Sin embargo y gracias a Dios, hoy puedo decir que mis hijos “son” a
pesar de mí o por sobre mí, no lo sé muy bien.
Pero no sé por qué es la caja
de pan la que encierra los secretos, es lo más representativo de todo lo que fue
mi vida bajo la tutela de mis padres, y la que a diferencia de la caja de
Pandora, me da seguridad y no me trae ningún mal.
Quizás esa caja de pan, no sea
más que una imagen arquetípica a través de la cual yo concibo al hogar, y cuando
no está vacía, es un símbolo de seguridad y prosperidad aceptada y compartida
inconcientemente por mis hijos.
Será quizás que ese olor a pan
recién horneado, represente en mi cabeza la fuerza que se necesita para sacar
adelante situaciones extremas, o quizás también vea reflejado en la caja que lo
contiene el corolario del amor.
Los maderos de San Juan, piden
pan y no le dan…, tuquito pan y queso…, Peter Pan, Marcelino pan y vino…, Una
palabra no dice nada y sin embargo lo esconde todo, igual que el viento que
esconde el agua, como las flores que esconde el lodo…( Una palabra-Carlos
Varela).
Heromoso y que representa mucho nuestra niñez con un tono de melancolía, drama y amor.
ResponderEliminarGracias Shoin por estar siempre pendiente de lo que publico. Vos formás parte de esos hermosos recuerdos de mi niñez. Un abrazo.
ResponderEliminarPan casero... Inconscientes de una realidad impensada para nosotros... Recuerdos que no se van a borrar y que engrandecen aún mas a quien dio la vida por nosotros!!!
ResponderEliminarA pesar de que aparecés como anónimo, o sos Martín, o Juan Manuel o María Fernanda, nada más ni nada menos que mis hijos. Tu comentario me hace ver que al menos mi objetivo fue logrado, que no tuvieron conciencia de los duros momentos que por algún tiempo se vivieron. Gracias y millones de besos a quien sea de los tres.
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