¡Madre he visto
un hada!, le dije esa mañana de primavera mientras correteaba entre las
margaritas silvestres del campo del abuelo. ¡Que las hadas no existen!, me
contestó ella, debes haber visto una mariposa o algún otro bichito volador.
¡Que no, que he visto un hada!
En La Coruña,
tierra encantada y maravillosa en la que crecí, obtuve de mi madre la primera
respuestas dura de la vida. Era su palabra contra la mía, y yo a la de ella la
respetaba como a la de todos mis mayores.
A escondidas,
pinté a ese ser maravilloso que estaba segura de haber visto entre las flores.
Una vez que mi obra de arte estuvo terminada, la colgué en la cabecera de mi
cama y para ello tuve que sacar el crucifijo que mamá había puesto sobre mi
cuna cuando nací.
A la mañana siguiente entre gritos
y pataleos, mi madre arrancó mi dibujo y colocó nuevamente a Jesús en su lugar,
haciendo de mi cuadrito un bollo que arrojó a la basura, pero antes me tachó de
hereje.
Yo no tenía ni la
menor idea de lo que quería decir esa palabra, así que recurrí al diccionario, para entonces ya sabía leer. En él decía que hereje es una persona
que sostiene una herejía. Busqué herejía y decía que era una idea contraria a
la doctrina de una religión. Yo hasta esos momentos no había expresado ninguna
idea contraria a mi querido Jesús, solamente le había pedido prestado el lugar
para poner a mi hada. Pero supuse que los mayores no pudieron interpretar mi
intención, entonces volví a dibujarla y la escondí debajo del colchón.
Pasó el
tiempo y yo ya me había olvidado de que ese dibujo estaba en aquél lugar. Me
hice grande y jamás volví a ver a un hada, por lo que la relación con mi madre
se restableció.
En
el pueblo, en una de las fiestas patronales, yo estaba con mi chiringuito
vendiendo mantecados y castañas tostadas, cuando se apareció frente a mí el
muchacho más guapo que yo haya conocido jamás. Me compró un cono de castañas y
un par de mantecados, pero además me miró con esos ojos negros de los cuales
quedé prendada, y me regaló una sonrisa que quedó estampada en mi corazón.
¡Madre, he encontrado a mi príncipe azul!, le dije al
llegar a casa mientras ella preparaba un guiso de conejo que era la delicia de
esas fiestas en la familia. ¡Hija, que el príncipe azul no existe!, ¡Madre, es
que yo lo he visto!...
Ahí recordé a mi hada y corriendo fui a buscarla. Para
que mi madre cuando diese vuelta el colchón no la encontrara, la puse dentro de
una revista infantil. Allí estaba, pegada entre las hojas, descolorida y
arrugada. La apreté contra mi corazón y le pedí que no me quitara la ilusión,
esa misma que me hizo dibujarla.
Él, mi príncipe, se llamaba Camilo, hijo de una familia acaudalada de Málaga, dueños de varias mansiones de un pueblo en las cercanías del
mediterráneo. Lo volví a ver en un evento en Sevilla y los dos nos reconocimos de inmediato. Prometimos seguir en contacto y no dejar pasar tanto tiempo sin
volver a vernos.
Él vivía en Lugo, pero a pesar de la distancia, nos
las ingeniamos para vernos al menos una vez por semana. Se había independizado
de su padre a los dieciocho años y era dueño de uno de los viñedos más importantes
de la zona.
Cuando mi madre se enteró de esa relación, me dijo:
-hija, ¿qué puedes ofrecerle tú a ese muchacho?, te va hacer sufrir, viene de
un mundo muy distinto al nuestro-. Yo no dudé de las buenas intenciones de su comentario, pero
me caía muy pesado ese afán de echarme abajo todo lo que se relacionara con mis
sueños.
Pasó
el tiempo y con Camilo fuimos afianzando una relación que nos hacía muy felices
a los dos. Conocí a sus padres y ellos me aceptaron sin ningún tipo de
condicionamientos. Es más, cuando les conté sobre nuestra situación económica,
que no era mala pero distaba mucho de la de ellos, me miraron extrañados, al
parecer lejos estaba de importarles ese hecho.
Anclada un poco a los comentarios de mi madre, me
costaba bastante creer en la perdurabilidad de esa relación, pero el tiempo
pasaba y Camilo estaba cada día más enamorado de mí como yo de él.
En el mes de agosto del noventa y tres, partió a
Francia con el fin de concretar contactos comerciales con una bodega muy grande
del sur del país. Antes de partir me propuso matrimonio y yo acepté de
inmediato ya que era una ilusión que comencé a cultivar en mi corazón desde los
primeros meses de noviazgo.
A mi madre no dejaban de asombrarle mis logros
sentimentales, y muy de vez en cuando me decía: -cautela hija, cautela-. Era
entonces cuando me enfurecía, no me dejaba disfrutar a pleno mi amor por ese
hombre. Pasaron días sin yo tener noticias suyas, los días se convirtieron
en meses, y yo amasaba en mi alma una angustia que me llevó a visitar a los
padres para que me dijeran lo que había sucedido.
No había rastro de ellos en el pueblo y
nadie me supo decir lo que había sucedido ni dar datos de su paradero. Volví a
casa desconsolada, y le rogué a Dios que mi madre no hiciera ningún comentario
porque no lo iba a soportar.
Contrariamente
a lo que pensé, ella me recibió en silencio y en esa casa no se volvió a tocar
el tema. Al cabo de un año, conocí a Pedro, hijo de un amigo de mi padre
que había regresado de los Estados Unidos en donde se había recibido de médico.
En un comienzo nos hicimos muy buenos amigos, pero luego de un tiempo esa
amistad mutó en amor, y pasado dos años decidimos casarnos.
Antes
de aceptar su propuesta, no pude evitar compararlo con Camilo. Si bien no lo
amaba como lo había amado a él, lo que estaba viviendo se parecía bastante a la
felicidad. Nuestras familias eran parecidas en todo los sentidos, trabajadores,
humildes, aferrados a esas pequeñas costumbres que traíamos de años y que
hacían a nuestra esencia.
Nos
íbamos a casar en la parroquia de Santa María de Osa Monelos que fue el lugar
en donde ambos fuimos bautizados. Las familias estaban felices con ese
matrimonio y mi madre en una oportunidad me dijo con voz temblorosa y
muy avergonzada: -viste hijita, todo se arregló, estoy segura que éste es tu
príncipe azul-.
Mi
vestido de novia sería el que mi madre usó para su boda, era de tafetán de seda
con un hermoso corset bordado en piedras pequeñas que lo hacía muy delicado.
Casi no hubo que tocarlo, me quedaba pintado.
Con
Pedro decidimos mudarnos a Madrid luego de la boda, él tenía un apartamento muy
cerca del hospital que lo había contratado. Todo iba de maravillas si no fuera
por un hecho que conmovió a todos y a mí me dejó con la sensación de que en
cualquier momento se acabaría el mundo y yo quedaría el resto de mi vida
flotando en la estratosfera hasta que algún cometa detonara en mi cuerpo.
Eran
las ocho de la mañana, y cuando mi padre se disponía a partir a la cosecha,
golpearon a la puerta. Detrás de ella estaba Camilo. Papá me llamó de
inmediato, yo recién me levantaba.
Lo
que sucedió en las horas que siguieron fue una pesadilla de la que aún hoy no
me he podido reponer. Allí estaba Camilo, con una pierna amputada y un estado
calamitoso. Según me contó, en la campiña francesa sufrió un accidente de
tránsito en el que perdió su pierna izquierda. Sus padres viajaron y debieron
establecerse en ese país ya que él estaba grave y había perdido el
conocimiento. A todo lo demás lo escuché como si se tratara de una novela de
terror en la que yo era la protagonista principal.
Literalmente
sentí que el mundo se me venía encima, porque él había llegado hasta mi casa a
buscarme, a decirme que nunca me había olvidado y a restablecer, si es que yo lo aceptaba, esa relación que había quedado trunca unos años atrás.
Como pude y sacando fuerzas de esos registros que me quedaban de mi amor por él, tuve que explicarle la situación en la que me encontraba. Escuchó en silencio y luego partió con todo ese peso y una gran desilusión sobre sus espaldas. Es una imagen que
no olvidaré jamás y la causante de muchas de mis pesadillas.
Madre
tenías razón, las hadas no existen, y creo que el príncipe azul tampoco, o al
menos ése de los cuentos en donde todos terminan felices, le dije a ese ser que
tenía como yo partida el alma.
Un
catorce de diciembre me casé con Pedro por iglesia, él jamás se enteró de
esa historia. Y recién cuando nació Manuel, mi primer hijo, empecé a creer que al menos los
ángeles, sí existen.
Algún día todo tendrá sentido,asi que por ahora, riete ante la confusión, sonríe a través de las lágrimas y síguete recordando que todo pasa por una razón. No mates tus sueños ni hagas desaparecer a las hadas, ni a los ángeles, porque la forma que ellos adaptan son en formas de personas, situaciones y oportunidades.
ResponderEliminarLa fantasía es la antepuerta de la realidad.
Hermosa historia y conmovedora, me encantó y continúo disfrutando de tu manera de ecribr, gracias por compartr
Mi fiel seguidor!!!!! Quédate tranquilo que no he matado la ilusión, porque de haberlo hecho no podría seguir escribiendo. Un fuerte abrazo.
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