Por querer buscar un camino que me hiciera más fácil la vida, recurrí a prácticas alternativas ya que las tradicionales parecían no estar dando resultados.
Todo comenzó una tarde mientras escribía en mi
computadora, no estaba volando como ahora, sino trabajando, más precisamente
redactando un contrato largo, tedioso y complicado. En medio de mis
elucubraciones para que la tarea saliera a la perfección, comencé a sentirme mal.
Parte de mi cuerpo, más precisamente el lado derecho se me estaba durmiendo. Mi
madre, que siempre antes de llamar al médico diagnosticaba y nos hacía tragar
una de las tantas pastillas que conformaban su botiquín de primeros auxilios,
llamó a un servicio de emergencia. El diagnóstico fue una suba en la presión arterial y
urgente visita a un cardiólogo.
Hasta ahí la cosa era para preocuparse, pero no de vida o muerte. Saqué turno y tuve la suerte de encontrarme con un profesional de los de antes, con mucha experiencia, contenedor y de los que saben escuchar. Luego de una batería de estudios, la conclusión fue “hipertensión emotiva”, reloca me dije, pero él me explicó que el estrés y la vida misma con todos sus cambios llevaban a una reacción adversa por parte del organismo, la mía era la hipertensión.
Hasta ahí la cosa era para preocuparse, pero no de vida o muerte. Saqué turno y tuve la suerte de encontrarme con un profesional de los de antes, con mucha experiencia, contenedor y de los que saben escuchar. Luego de una batería de estudios, la conclusión fue “hipertensión emotiva”, reloca me dije, pero él me explicó que el estrés y la vida misma con todos sus cambios llevaban a una reacción adversa por parte del organismo, la mía era la hipertensión.
Me explicó que la cura para eso o al menos para tratar de
evitar males mayores, era tomar de por vida una pastilla y fundamentalmente
eliminar todos aquellos factores que me produjeran estrés. ¡Ah bueno!, me dije,
eso sí que es simple.
Entonces decidí contarle al médico de qué se trataba mi
vida. Divorciada, tres hijos, un ex marido que no me pasaba cuota alimentaria,
un trabajo en el que debía romperme el lomo para salir adelante, una madre
posesiva que por querer ayudarme comandaba mi casa mientras yo trabajaba, y
después también, y otras nimiedades como que no llegaba a fin de mes con mi
sueldo, que mis hijos a raíz del divorcio estaban dando muestras de ciertas
conductas erráticas y otras pavaditas.
Luego de hacerle una prieta síntesis de mi paraíso
terrenal, le dije:
––Bueno doctor, ahora dígame usted cómo se hace para eliminar los factores de estrés.
Él, un poco desconcertado por mi pregunta, me contestó:
––Sí, no le va a ser fácil. Pero busque al menos el modo
de que ese estrés no le perjudique la salud. Vaya por la vida de la mano de su
enemigo y que éste no la lesione.
Salí de la consulta un poco desorientada. Me pregunté
cuál sería el modo de amigarme con ese enemigo que me estaba dañando la salud.
Camino a casa, encontré un gran pasacalle que alentaba a hacer yoga para
mejorar la calidad de vida. Entonces creí que ésa era la solución. Tome nota de
la dirección y a la semana siguiente ya estaba desplegando toda mi ineptitud
física para esa disciplina. Dura como una roca, traté de seguirle el tren a las
jovencitas, que cual gacelas, se regodeaban con posturas que yo creí jamás
podría lograr. Pero no fue así, a los dos años si bien nunca pude hacer ni
una a la perfección, mi cuerpo comenzaba a darme ciertas sorpresas, tomó mejor
forma, se me calmaron muchos dolores y otros beneficios que serían largos de
enumerar.
Pero las consultas al médico no daban cuenta de una
mejoría contundente en mi salud, por lo que el médico me mandó al psicólogo. Caí
sin querer con un profesional que hacía terapias alternativas y prometía en poco
tiempo, reducir considerablemente el estrés. Comenzamos con ejercicios de
respiración, lo cual me hizo ver que de milagro yo estaba viva, algo que creí
tan simple como la respiración, lo había hecho mal durante toda la vida.
Aprendí la respiración abdominal, torácica y clavicular, era el paso previo a
la meditación que en definitiva sería la que me iba a dar esa paz interior que
yo andaba necesitando. El profesor me explicó que algo muy importante era saber
despertarse. No fue fácil digerir la idea. Me dije: estoy en graves problemas
si descubro que tampoco sé cómo despertarme.
Y sí, efectivamente, tampoco sabía hacerlo. La lección
fue la siguiente: relajarme antes de levantarme, yo lo hacía a las corridas
para no llegar tarde al trabajo; no abrir los ojos a media ni en una total
oscuridad, yo no los abría a medias, los abría a un cuarto y no me veía ni las
manos; había que abrirlos rápido y de ser posible mirando algo bello, de hecho
nada bello yo podía ver si me despertaba a oscuras; y otra serie de
recomendaciones que me llevaron a poner el despertador una hora antes, lo que
no dejaba de ser en mi caso un problema.
Luego de todo ese aprendizaje y de ser una alumna casi
perfecta, comenzó la meditación, después las visualizaciones, las regresiones y
otras prácticas que me hicieron sentir muy bien y con ciertas facultades que
desarrolladas al máximo me llevaron a pasar a ser la mano derecha de mi
profesor en el entrenamiento de otros grupos, especialmente en eso de las
visualizaciones.
En medio de esas hermosas experiencias, se me partió una
muela y debí recurrir al odontólogo. Cuando le conté sobre mi episodio de
hipertensión, me dijo, la solución es una placa de relajación, le pregunté de
qué se trataba y me explicó que era un adminículo que me debía poner en la boca por
las noches para no crujir los dientes y de ese modo proteger la musculatura que
rodea a las vértebras cervicales. O sea que ya no era hipertensión emotiva sino
“bruxismo”.
Me hice la placa y cuando regresé al cardiólogo seguía
igual por lo que me mandó a un psiquiatra. Ahí empecé a ponerme nerviosa, ya
que eso suponía medicación para los nervios; una pastillita para dormir, una
para despertarme, hacer los ejercicios del buen despertar, otra pastillita para
no alterarme en el día, mis lecciones de “Una vida mejor”, y si me quedaba
tiempo y lucidez, trabajar para que mis hijos accedieran todos los días a sus
cuatro comidas.
¡Qué difícil es vivir bien! me dije un tanto
desorientada. Fui al psiquiatra quien comenzó, gracias a Dios, con
psicoanálisis y no con pastillas. Luego
de un año y muchísimo dinero le dije que lo iba a abandonar ya que seguía con
los mismos problemas y sin dinero para el tratamiento. Como yo le había hablado
de mis experiencias con la meditación, con toda la buena fe del mundo me
aconsejo que no me sujetara a técnicas que no era más que “alucinaciones
hipnogógicas” que no solucionarían mis problemas. Por supuesto que corrí a mi
casa y busqué por Internet para ver de qué se trataban esas alucinaciones y me
di con algo que no era descabellado, son fenómenos que se presentan en algunas
fases del sueño que hace parecer como reales cosas que en realidad no lo son, y
esos estados profundos de meditación supuestamente pueden llevar a esas fases.
O sea que todas esas visiones que me hacían diferente, no eran más que, siempre
según la opinión del psiquiatra, alucinaciones naturales del sueño. En un abrir
y cerrar de ojos me había vuelto a convertir en una más del montón.
Pero lo bueno fue que había aprendido a respirar, a un
buen despertar, a meditar, a alucinar, en fin, a boludear según los galenos, aunque
cada disgusto me traía como contraprestación un pico de tensión.
Y ahora viene lo peor, o quizás lo mejor. Un día mi
madre, con su ceño fruncido me dijo: Hija, por qué a esa energía que le ponés
a tanta gansada no la ocupás buscando un ascenso en el trabajo y así un mejor
sueldo. Esa era mi madre, una alemana práctica y contundente.
Decidí entonces hacer un Máster en Administración de
Empresas y otro en Comercio Exterior, con lo que sumado a una larga trayectoria
en la empresa, pude obtener un cargo con un sueldo extraordinario. Por primera
vez en muchos años, mis hijos pudieron gozar de los beneficios de una
tranquilidad económica. No hubo más parches en la ropa, se terminó eso de
vestir a la nena con la ropa de los varones, de no poder ir los veranos a un
club por que no había dinero y un sin fin de otras pequeñas cosas que hasta el
día de hoy las valoran, pero no desde el punto de vista de lo económico, sino
de mis sacrificios. Conclusión, la plata me bajó la tensión y eso me pareció injusto
cuando yo pensé que los logros y la tranquilidad pasaban por otro lado. Sin
embargo, a pesar de los diagnósticos poco amigos de las alucinaciones, ahora
con más tiempo porque estoy jubilada, respiro pausadamente, medito cuando la
soledad me aqueja, alucino cuando me agarra la depre por no tener una voz
masculina que me susurre al oído, duermo con la persiana medio abierta, puse un
inmenso mural con un paisaje soñado en lugar de ese maldito espejo que me
muestra el pasar de los años, me estiro como un gato antes de levantarme y mis
huesos crujen, pero eso sí, tengo una excelente jubilación que me permite
seguir “boludeando” y ayudar a mis hijos.
...PERO LA PUCHA, CÓMO AYUDA!!!
Tenemos una vida espejada, Negra. Hemos pasado por varias situaciones parecidas. Sólo que yo no he podido bajar el nivel de estres que me provocan ciertas decisiones. Siento como que de tantos palos recibidos, he quedado susceptible, débil. Bueno, uno es la vida que llevó. Un abrazo
ResponderEliminarCuanta razón tenés, la vida nos ha torpedeado desde cuanto rincón ha podido, yo también me siento débil, pero la bocanada de vida me la dan personas como vos, mis hijos, mis nietos y a las otras faltas ya es tiempo de dejarlas atrás, porque tampoco es cuestión...vos me entendés. Gracias hermana!!!!!
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