Ya estaba casada y no tenía por el momento intenciones de quedar embarazada. Aún no había concluido mis estudios y no podría con el trabajo, con la casa y un niño. De hecho ese era un tema que se había consensuado antes del matrimonio, primero terminaríamos las carreras y luego vendrían los hijos.
Una
noche tuve un sueño muy extraño. Soñé que camino al trabajo, en una rama muy
alta de un árbol, había un niño. Me pareció natural verlo allí. Sentí que ese
era su lugar, aunque no recordaba haberlo visto antes.
En el sueño lo vi crecer, para mí pasó a ser el niño del árbol. Cuando tenía aproximadamente tres años pasé por el lugar y llovía, me dio mucha pena que estuviera en ese lugar, solito y casi desnudo. Le pregunté si quería venir a mi casa y enseguida estiró sus brazos y aceptó. Lo bañé, lo vestí o mejor dicho los tapé con una remera ya que no tenía ropa de niño. Lo crié como a un hijo y lo amé del mismo modo. En mi sueño se hizo grande y así como él crecía, lo hacía mi amor por ese muchachito que me llenaba de una profunda felicidad. Pero éramos sólo él y yo.
En el sueño lo vi crecer, para mí pasó a ser el niño del árbol. Cuando tenía aproximadamente tres años pasé por el lugar y llovía, me dio mucha pena que estuviera en ese lugar, solito y casi desnudo. Le pregunté si quería venir a mi casa y enseguida estiró sus brazos y aceptó. Lo bañé, lo vestí o mejor dicho los tapé con una remera ya que no tenía ropa de niño. Lo crié como a un hijo y lo amé del mismo modo. En mi sueño se hizo grande y así como él crecía, lo hacía mi amor por ese muchachito que me llenaba de una profunda felicidad. Pero éramos sólo él y yo.
Me
sacó del sueño el despertador que señalaba la hora de levantarme para ir al
trabajo. Quedé con una sensación indescriptible, no estaba muy segura de volver
a tener ese sueño que me había dejado un hueco en el corazón. Son esos sueños
que a uno lo dejan con sentimientos difíciles de despegar aun despiertos.
Al
mes aproximadamente el sueño se reiteró y mi niño ya era un hombre, lo reconocí
al instante, quería que fuera feliz y que eligiera un futuro en el que yo
pudiera ayudarlo. Recuerdo haber buscado
a un vecino para que le diera trabajo, a él le gustaba todo lo relacionado con las máquinas.
Paradójicamente
ese vecino era un hombre a quien en la vida real yo odiaba, ya que fue el
responsable de la detención de mi padre en la revolución del año 1955. En casa
había una reunión festejando el cumpleaños de mi hermano y este tipo lo
denunció diciendo que había una reunión política, de hecho creo que había problemas
preexistentes entre ellos, pensaban muy distinto.
Él
tenía dos hijas adoptivas, que según las malas lenguas eran hijas suyas
extramatrimoniales, nunca supimos la verdad ni nos interesaba. Él amaba a las
niñas.
En
ese sueño, le dio trabajo a mi hijo del corazón y con él hizo sus primeros
pasos en el mundo laboral. A partir de ese momento en la vida real comencé a ver con otros ojos a mi vecino.
Cuando me desperté sabía que no volvería a verlo, iba a ser muy extraño que ese sueño se repitiera, ya de por sí era raro que lo hubiese hecho esa segunda vez.
Cuando me desperté sabía que no volvería a verlo, iba a ser muy extraño que ese sueño se repitiera, ya de por sí era raro que lo hubiese hecho esa segunda vez.
Dos
veces en la vida me sucedió eso de quedarme con la extraña sensación de que
perdía a alguien en el mundo onírico y juro que es una sensación horrible,
porque uno llega a amar profundamente en esos estados. Creo que ahí me nació la
duda de si no tendríamos dos vidas paralelas, una cuando estamos despiertos y
la otra cuando dormimos.
Los
años pasaron y el recuerdo de mi niño no se borró de mi mente ni de mi alma,
cada vez que lo evocaba era como si estuviera añorando a alguien de la vida
real que había desaparecido.
Luego
de que ambos termináramos los estudios, mi marido me dijo que era hora de
pensar en tener un hijo. Yo quería esperar un poco, primero deseaba disfrutar
de esos espacios que me habían dejado los estudios y que me hacían muy feliz,
podía hacer lo que quisiera con ese tiempo, sentí que me merecía un descanso.
Pero
a veces los hombres no entienden nuestras razones y él insistió hasta el
cansancio en que quería un hijo. Bueno, le dije. Juro que cedí para no sentir
sus incesantes reclamos, era el único tema que se podía hablar con él.
A
pesar de intentarlo durante un par de años, no lograba quedar embarazada, y eso
me traía una doble satisfacción, la naturaleza estaba de mi lado, y el
caprichoso tendría que escuchar el ritmo
de mi cuerpo o de mi mente, nunca supe cuál primó.
Como
la solución no aparecía, un día decidió abandonarme. Y bueno me dije, si su
intención era casarse con una vaca reproductora que la buscara en la feria de
Liniers. Se ve que no le fue muy bien porque el retorno no se demoró y yo, la
pavota, le abrí las puertas nuevamente, lo amaba.
Lo
que siguió fue muy doloroso porque me exigió someterme a todo tipo de estudios
para ver cuál era el problema, y nada, a los médicos conmigo se le quemaron los
libros.
En
medio de mi sangría corpórea, apareció en mi vida real el niño del árbol. Un
muchachito cuyos padres habían muerto en un accidente y al que luego de recorrer
un largo camino, pudimos adoptar. Cuando lo vi me di cuenta que él me había
elegido, él como aquél niño me había dado el sí. Mi vida cambió de un modo
increíble. Ese niño se convirtió en la razón de mi vida y trajo a la casa una
felicidad inenarrable.
Apaciguado
el macho cabrío, o sea mi marido, la vida se me hizo más llevadera y ya no me
sometí a más tratamientos. Quería disfrutar a ese hijo del corazón
como no lo pude hacer con mi tiempo. Ese hijo fue mi sol, mi luna, mi
alegría y mi desconsuelo. Con él aprendí lo que era realmente el miedo, con él
se instaló en mi corazón y en mi mente el síndrome
de catástrofe inminente, ese que me limita el disfrute, justamente por miedo.
Temía perderlo, o que le sucediera algo, que se enfermara, y otras estupideces
que no podía controlar. Tres años de un profundo embelesamiento y sin que nadie
obstaculizara nuestro amor, fueron los que me hicieron conocer en profundidad
el alma de mi niño. Simpático, travieso, bello como pocos y muy dulce, atributos
que hacían enamorarme de él cada día.
Cuando
se formó entre nosotros ese vínculo indestructible que hasta hoy nos une, quedé
embarazada de mi segundo hijo y luego nació la niña. Como yo creo en la
reencarnación y también creo en que los vínculos perviven a través del tiempo,
estoy convencida de que esos dos ángeles que trajeron al mundo a mi niño del
árbol, fueron los que me hicieron amarlo en mis sueños antes de que él naciera
y una vez cumplida su misión, partieron a seguir poniendo en orden las cosas.
Hoy
sé que ese sueño fue premonitorio, que prepararon mi corazón para darme las
fuerzas de soportar todo hasta que la historia se armara. Lo increíble fue que
cuando cada cosa se puso en su lugar, me divorcié y quedaron en mi familia, los
que a ella pertenecían, no había lugar para nadie más.
Mi
esposo partió en busca de su historia, o sea que él también fue un vehículo
para que a mi verdadero hogar llegaran los seres que a través de los tiempos
nos unimos para recrear esto que llaman vida.
Creo
que el motivo por el que no quedaba embarazada, fue porque de haberlo hecho, no
se cumplía el plan divino, ese que es trazado sin posibilidad de ser cambiado,
al menos en ciertos aspectos.
Como
en mis sueños, mi niño, ya un hombre, hoy se dedica a la informática y vive de
ello. Pienso que lo del vecino no fue más que un hecho en el que se me marcaba el
camino a seguir, el de la adopción.
Este
hijo no salió de mi vientre, pero se gestó mucho antes de nacer en mi alma, esa
que lo extrañó cuando me despertaba y me daba cuenta de que nada era real,
ahora sé que estaba equivocada, que era tan real como lo fue luego, cuando
apareció en mi vida eligiéndome como su madre.
Pienso que es por eso que cada vez que deja la casa, lo extraño de un modo inusual, y
cuando regresa es como si yo cerrara los ojos y el niño del árbol me volviera a
elegir. No sé cuántas vidas me quedarán, ni cuándo será el tiempo de mi
partida, lo único que le pido al creador es que en el mapa de mi vida siempre
estén presentes mis tres hijos, no importa de la forma en la que lleguen a mí,
pero que lo hagan.
Te juro que se me cayeron las lágrimas. ¡Cuánto amamos a nuestros hijos! Somos unas privilegiadas, tenemos la fortuna más valiosa del mundo. Y como decís, no importa qué nos depare el destino a nosotras, sólo que nuestros ángeles estén a nuestro lado. Abrazo
ResponderEliminarSí amiga, son el mayor patrimonio que nos llevamos de esta vida y en definitiva los que siempre debieron, deben y deberán estar en ella. Todo lo demás es cotillón. Besos y gracias.
ResponderEliminarHermosas palabras, hermosa historia.. un cuento de hadas hecho realidad! Compartimos ese amor eterno x el niño del árbol q llena nuestras vidas d amor día a día :)
ResponderEliminarSí hija querida, a ese ángel lo compartimos a diario, nuestro niño del árbol es el oxígeno que necesitamos cuando algunos sinsabores nos aquejan. Un beso inmenso y gracias.
ResponderEliminarHermoso Amanda... Un beso, Mauricio
ResponderEliminarGracias Mauri, por leerlo, por comentarlo, en fin, por existir en nuestras vidas. Una "Catarata· de abrazos.
ResponderEliminarGracias Negri por bajar al niño del árbol también para mí... Mica
ResponderEliminarTodos nos merecemos al niño del árbol, es por eso que tanto lo cuidamos y lo mimamos. Gracias.
ResponderEliminarGracias Negri por ese niño del árbol, que es mi amigo y hermano de la vida...
ResponderEliminarGracias Alberto por amarlo tanto como lo hacemos todos nosotros. Y él supo rodearse de ángeles como vos que son sus hermanos de la vida. Un abrazo.
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