Cuando la vida parecía no dejarme lugar a la esperanza, partí hacia la montaña azul, esa que de niña cobijó mis sueños, la que hizo, siendo adulta, que no perdiese los deseos, y la que al recorrer mi tramo final, no me dejó decir basta.
Busqué un lugar alejado del mundo y muy cerquita
de las nubes que me pudiese guarecer. Hice un nido seguro cerca de una roca
gigantesca ya que era muy tupido mi plumaje y por demás poderosas mis garras.
Allí finalmente descansé, tomé el aire suficiente y
recobré las fuerzas que necesitaba para comenzar el doloroso camino de mi
renovación. Un camino que despedaza todo aquello que queremos dejar atrás ya
que los apegos nos impiden deshacernos de esa carga que acopiamos por años y
que lo único que logran es clavarnos a la tierra y no dejarnos volar.
Si bien no pretendí como el águila, según cuenta la leyenda, tener treinta años más de vida, quise vivir los que me restan con esa ilusión que me robaron los avatares de un mundo que cambió vertiginosamente y al que me estaba costando adaptarme.
Si bien no pretendí como el águila, según cuenta la leyenda, tener treinta años más de vida, quise vivir los que me restan con esa ilusión que me robaron los avatares de un mundo que cambió vertiginosamente y al que me estaba costando adaptarme.
A los largo de mi vuelo hacia la montaña azul y con
sólo elevarme unos metros de la tierra, vi miserias y torpezas, pero también descubrí
que aún había esperanza, a ella me
aferré para no dejarme morir en ese nido cálido, seguro, que por fin me
procuraba algo de paz.
Debí romper todos los vínculos para purificarlos, fue
entonces cuando me di cuenta que a veces la soledad es el espacio de reflexión
que necesitamos para comenzar ese primer minuto de los que nos resta de vida. Quizás
sea el silencio el mejor aliado para curar las heridas y recomponer el
rompecabezas en el que a veces se convierte nuestra existencia.
Fueron tiempo difíciles, abrumadores y dolorosos. Dar
mi pico contra la roca con esa fuerza necesaria para destruirlo, fue lo más dificultoso
de la misión, ya que eso me significaba romper con todos los patrones adquiridos
con el tiempo e impuestos por mis mayores a los que me aferraba con
desesperación pensando que eran ellos los que me mantenían en la fila de los
cuerdos, de los que se amalgaman para pertenecer a un mundo sin que se los mire
de un modo diferente.
Una vez despojada de ellos, vi nacer nuevos modelos
que no dejaban de sorprenderme y también de estremecerme, “existe otro modos de
vivir”, me dije. Pude definir al cuerdo y al que llaman loco, al que mira y al
que ve, al que escucha y al que sólo sabe hablar, al que camina y al que deja
huellas, en fin, descubrí a la vida sólo mirando hacia abajo.
Cuando finalizó esa etapa comencé lentamente a sacarme
el ropaje que me identificaba con la que había sido y no con la que quería ser,
hice añicos el estereotipo impuesto con el fin de descubrir mi esencia sin que
nadie me marcara o me pautara. Plumas de colores comenzaron a asomarse y
vistieron mi cuerpo de expectación, justo esa que se necesita para poder
sondear los caminos del futuro.
Luego me despojé de las poderosas garras que acuñé a
través de los años y que de tan duras y gastadas me impedían continuar viva,
esas garras que uno preserva para defenderse quizás de nuestros propios
fantasmas.
Cuando terminé la tarea pude volar alto, atravesar las
cumbres y desde allí divisar la vida, esa que llena de promesas me invitaba a
transitarla. Hoy me siento nueva y con un futuro lleno de bendiciones. Mi vuelo
dejó de ser rasante para convertirse en majestuoso, a eso solamente lo dan los
años y la renovación. Me pude dar cuenta de que vivir no era la suma de los días
sino estremecerse frente a cada logro obtenido y fundamentalmente no perder el
asombro.
Pero llegó la hora de un aterrizaje forzoso, ya que no
soy águila aunque quisiera serlo. Lo maravilloso sucedió cuando pude advertir
la mirada del otro, ese que juzga, que atormenta con reglas y mandatos, y me di
cuenta de que en realidad el escudo protector de un despertar quizás tardío, me
había dado los elementos suficientes como para desatender todo aquello que
durante tantos años me persiguió como una verdad irrefutable a la que debía
someterme para formar parte de algo que hoy no acepto.
Y no es una rebeldía a destiempo, probablemente me
llegó el tiempo de la desobediencia debida, esa que es la cuna cuando nacemos y
que abandonamos porque es el mandato para ser adultos.
Pareciera que hacerse grande significa renunciar a esa
inocencia con la que venimos a este mundo, que debemos esconder al niño
interior, no sea cosa que se manifieste y nos haga sentir a los ojos del mundo,
seres inmaduros.
Pero eso para mí ya es pasado, la renovación a la que
recurrí como a una tabla de salvación, significó nada más ni nada menos que una
transformación profunda que dio como resultado escuchar más y hablar menos,
aceptarme como soy, con mis virtudes y miserias, y por sobre todas las cosas correr
a esos fantasmas que forjé sin darme cuenta y que devastaban mi trayecto.
No buscar en el otro eso de lo cual carezco, porque a
la larga nos sentimos defraudados por buscar afuera lo que no supimos sembrar
adentro. Lo de afuera no nos pertenece y es probable que algún día se esfume,
es entonce donde nacen las frustraciones, los desengaños y esos dolores
profundos casi imposibles de calmar.
Soy lo que soy, y a esta altura de mi vida no me
interesa lo que los otros piensen de mí, me toman o me dejan. Aprendí a
quererme, a respetarme, a liberarme de los filtros que nos ponen para ser
considerados “seres políticamente correctos”, a envejecer con dignidad y
sabiduría, a perdonar a los que por su juventud no escuchan mi voz que
ciertamente se va apagando, y no va
dicho en un sentido literal, sino que muchas veces no importan nuestros
conceptos “arcaicos”. Aprendí a mirarme al espejo y no importarme lo que veo
sino lo que siento. Aprendí a hacer oído sordo a las palabras necias y
especialmente a despejar de mi camino a los desagradables. Esto último quizás sea lo
que más satisfacciones me da.
Hay muchos ahí afuera que deberían leer ésto y darse cuenta que en algún momento en la vida hay que mutar como el águila y deshacerse de lo que no es para dar lugar a lo que realmente es, puede ser doloroso arrancarse las plumas viejas pero más doloroso es no poder volar con el espíritu. Una narración chamánica y hermosa, gracias Amanda.
ResponderEliminarGracias Shoin, guerrero incansable que capta la verdadera dimensión de mis palabras. Un abrazo y gracias nuevamente por tu comentario.
ResponderEliminarme encantó, es el dejar salir el espíritu que la sociedad y nuestro controlado ego pusieron en una jaula de necesidades materiales, y dejarlo que vuele sin importar su destino solo su libertad
ResponderEliminarAsí es Carlos, ni más ni menos que lo que has reflejado en tu comentario. Te agradezco tu devolución. Un fuerte abrazo.
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