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sábado, 21 de marzo de 2015

AL FINAL DEL ARCO IRIS

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Cinco meses y medio de gestación. Por aquellos tiempos era inviable ese ser que había salido del vientre de Lucía. Le costó años quedar embarazada, y cuando por fin sucedió, tanto habían hurgueteado en sus entrañas que éstas no estaban preparadas para retener esa vida.
Cada vez que Lucía recordaba esos tiempos en los que los médicos afanosamente trataban de descubrir cuál era el motivo de su infertilidad, decía que habían hecho con ella “una carnicería”, y luego aclaraba que sus médicos fueron los mejores especialistas pero que los métodos por esos años eran tremendos.
A los pocos días de haber tenido esa terrible experiencia, ella se encontraba en su trabajo, atendía a uno de los clientes más prestigiosos de la empresa, cuando sintió que se le empapaba su camisola verde de bambula que usaba para esconder los rollitos que le quedaron como recordatorio del frustrado embarazo.
Encendida como una braza, pidió disculpas y se retiró. En el baño se dio cuenta que sus pechos se desbordaban con ese elixir que ya no tenía destinatario. Nadie le había informado que ello sucedería.
Una profunda tristeza se apoderó de su alma, a lo que le siguió un mar de lágrimas que no supo cómo contener. Pidió permiso en el trabajo y se retiró a su casa.
Que tiene que darle tiempo a este proceso natural, que debe tomar unas pastillas para cortar la leche, que se debe fajar para no seguirla produciendo, que…, que… fue lo que escuchó durante semanas, pero nadie se daba cuenta que lo que ella necesitaba era que alguien le explicara lo sucedido, la muerte de su niño, la reverberación en su cabeza de los sonidos del quirófano, la expulsión inesperada de ese fluido que le hacía recordar cada cuatro horas lo que no tenía, y fundamentalmente ese vacío que crecía y que ella sentía que en algún momento la iba a hacer estallar en mi pedazos, ya que su cuerpo no estaba preparado para contenerlo.         
No le fue nada fácil continuar normalmente con su vida, el mundo evitaba tocar el tema como si ese fuera el modo de olvidar lo sucedido o lo que era peor, hacer como que nunca había pasado.
Los días se le hicieron más largos, y las noches muy cortas, ella no podía descansar lo suficiente. Cuando cerraba los ojos, trataba de imaginarse a ese bebé del que jamás supo cuál fue su destino, ya que cuando se despertó de la anestesia que habían utilizado para dormirla y alivianarle el trance, nadie le entregó nada, sólo silencio y miradas esquivas. Ella imaginó lo sucedido, idea que no podía confirmar porque nunca se sintió capaz de preguntar, o mejor dicho se sintió incapaz de escuchar lo que supuso. Lo que sí le dijeron luego de algunos meses, fue que su bebé fue llevado a anatomía patológica para hacerle los estudios correspondientes y descartar males congénitos. 
Todo fue tan científicamente frío, tan incompresiblemente cruel, que Lucía debía recurrir a paradojas para darse las respuestas que no la lastimaran. Aprendió a convivir con ese dolor y no preguntar demasiado, ya que era una convencida de que las respuestas jamás la satisfarían.
Pasaron unos pocos años y ella tuvo tres hijos más. Cada vez que recibió en sus brazos por primera vez a cada uno de ellos, o sea luego del parto, recordaba al bebé que había perdido.
Lo duro para ella fue que por más que quisiera, a esa circunstancia la revivió a menudo porque a raíz de una dolencia que le apareció a los cuarenta y cinco años, debieron hacerle estudios genéticos a ella y a sus hijos. Cada especialista que visitaba, le preguntaba el número de partos, la cantidad de hijos vivos, la que nunca coincidía con la de los alumbramientos, circunstancias de la pérdida y certificado de la clínica en donde lo había perdido a los fines de conocer si el aborto tuvo algo que ver con la enfermedad que la afectaba. Si cambiaba de ginecólogo, la pregunta se reiteraba.
Lo más doloroso para ella era que ese bebé ni siquiera tuvo la posibilidad de llevar un nombre y de eso se dio cuenta en una misa en la que las madres debían llevar una flor blanca con el nombre de cada hijo vivo y una violeta con el de los fallecidos, esa flor violeta que tembló entre sus manos, no llevaba un nombre. Nunca entendió a cuento de qué se efectuó esa ceremonia, pero en el colegio de sus hijos fue realizada y ella debió cumplir con el rito. Después surgieron las preguntas y debió revivir esa historia frente a los chicos que querían conocerla.
Nunca le pudo hacer entender a su marido el sentimiento que le había dejado ese hecho. Claro, se decía,  era ella la que había llevado durante cinco meses y medio a ese hijo en sus entrañas. Siempre dijo que su marido era muy buen hombre y muy comprensivo, pero que a ese duelo no lo pudo compartir con él.  
Se torturaba pensando en que debió haber reclamado en el hospital a su bebé, pero inmediatamente se consolaba pensando que durante una semana no tuvo ni siquiera la capacidad de comer, creía por esos días que iba a enloquecer. Con el tiempo se ilustró sobre el tema y todos coincidían en que luego de una pérdida, la curación emocional era tan importante como la física y en algunos casos, más. Ella careció de ambas, entonces, era hasta natural que la asaltaran las angustias.
Una noche que nunca olvidaría, soñó con ese niño. En sus investigaciones aprendió que el cerebro nunca duerme y que los recuerdos son reestructurados antes de ser almacenados en la memoria y si bien ella lo había hecho con ese suceso, algo no le permitía superarlo, el sueño le dio la respuesta.
Se vio en ese quirófano blanco y frío como el hielo, intentando con todo su corazón que ese niño no saliera de sus entrañas ya que no era el tiempo. Por más que luchó, sintió cómo ese cuerpecito resbalaba entre sus piernas y con gran asombro escuchó su llanto, lo cual no había sucedido el día que abortó ya que la anestesiaron.
Lo tomó entre sus brazos, era tan pequeñito como su primera muñeca, lo besó, lo acunó y le cantó esa canción que su abuela le entonaba para hacerla dormir. El niño calmó su llanto y se prendió de su pecho como devolviéndole la calma a ese espacio que nunca más produjo ese elixir que una vez había salido en vano.
Lucía jamás pudo amamantar a sus hijos, ese fue un fenómeno que nunca se pudieron explicar los médicos. Sin embargo, en ese sueño sintió el placer y la profunda comunicación entre dos almas, gozo que luego de despertar no creyó haber vivido en ningún tiempo.
Una vez curada en su cuerpo y en su alma, el niño se convirtió en ángel y con una voz muy dulce le dijo al oído, mi nombre es Gabriel y siempre estoy acompañándote.
Le costó salir de la ensoñación que le produjo el sueño, sintió por primera vez en muchísimos años que una etapa de su vida se estaba cerrando y a pesar de que esto le producía un especial dolor, sabía que debía dejar ir a ese niño, sabía que lo había retenido por demasiado tiempo y eso no era bueno para ninguno de los dos. En su alma permanecería, pero ya de otro modo.
Necesitó un lugar para enterrarlo. Un lugar en donde las hadas y los gnomos lo cuidaran, ése en donde anidan los sueños y las esperanzas, un espacio en donde ella todas las noches, cuando su mente seguía afanosamente trabajando para ayudarla a resolver algunas cuestiones cotidianas, le pudiese llevar flores de amor y de colores brillantes, palabras dulces y canciones de cuna, una caricia amorosa y todas esas emociones que contuvo por tantos años.
Luego de una ardua búsqueda, encontró ese lugar, allí recurría de niña cuando quería huir de los monstruos y encontrarse con sus fantasías. Ese lugar era... al final del arco iris.   



                                  

5 comentarios:

  1. Las almas, antes que reciban un cuerpo ya saben el tiempo y la experiencia que necesitan en ésta vida ni un segundo mas ni uno menos y por ende nuestro espíritu conoce lo que debe aprender de ello. Excelente, gracias.

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  2. Sí, así es, pero duele y mucho. Lo que aún me pregunto es qué debí aprender yo de esa situación y no encuentro la respuesta. Gracias Shoin, un abrazo inmenso.

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  3. Quizás el haber rechazado una vida en otra existencia pasada y en ésta el universo te dió la oportunidad de equlibrar y limpiar "el equipaje" y al no recordarlo se produce el llamado dolor y de ésa forma todo queda en perfecto equilibrio...todo efecto tiene una causa y toda causa tiene un efecto. Un abrazo grande.

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  4. Me encanto este hermosisimo relato! Estas increibles incognitas que la vida nos da y no poder descifrar su significado, solo queda confiar que hay un porque que va mas alla de esta consciencia y nuestra logica. Y bello es el final del tu arco iris.. ese espacio que nos sostiene y nos mantiene y nunca nos deja de proteger. Me emociono, gracias!!!! Disfruto muchisimo tus blogs!! Un fuerte abrazon!

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  5. Así es Tere, uno jamás termina de entender estas cosas que te marcan para toda la vida. Gracias por tu comentario y me alegro que disfrutes del blog. Un beso inmenso.

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