Cinco
meses y medio de gestación. Por aquellos tiempos era inviable ese ser que había
salido del vientre de Lucía. Le costó años quedar embarazada, y cuando por fin
sucedió, tanto habían hurgueteado en sus entrañas que éstas no estaban
preparadas para retener esa vida.
Cada vez que Lucía
recordaba esos tiempos en los que los médicos afanosamente trataban de
descubrir cuál era el motivo de su infertilidad, decía que habían hecho con
ella “una carnicería”, y luego aclaraba que sus médicos fueron los mejores
especialistas pero que los métodos por esos años eran tremendos.
A los pocos días de
haber tenido esa terrible experiencia, ella se encontraba en su trabajo,
atendía a uno de los clientes más prestigiosos de la empresa, cuando sintió que
se le empapaba su camisola verde de bambula que usaba para esconder los
rollitos que le quedaron como recordatorio del frustrado embarazo.
Encendida como una
braza, pidió disculpas y se retiró. En el baño se dio cuenta que sus pechos se
desbordaban con ese elixir que ya no tenía destinatario. Nadie le había
informado que ello sucedería.
Una profunda tristeza se apoderó de
su alma, a lo que le siguió un mar de lágrimas que no supo cómo contener. Pidió
permiso en el trabajo y se retiró a su casa.
No le fue nada fácil
continuar normalmente con su vida, el mundo evitaba tocar el tema como si ese
fuera el modo de olvidar lo sucedido o lo que era peor, hacer como que nunca
había pasado.
Los días se le hicieron más largos, y las noches muy
cortas, ella no podía descansar lo suficiente. Cuando cerraba los ojos, trataba
de imaginarse a ese bebé del que jamás supo cuál fue su destino, ya que cuando
se despertó de la anestesia que habían utilizado para dormirla y alivianarle
el trance, nadie le entregó nada, sólo silencio y miradas esquivas.
Ella imaginó lo sucedido, idea que no podía confirmar porque nunca se sintió
capaz de preguntar, o mejor dicho se sintió incapaz de escuchar lo que supuso.
Lo que sí le dijeron luego de algunos meses, fue que su bebé fue llevado a
anatomía patológica para hacerle los estudios correspondientes y descartar
males congénitos.
Todo fue tan científicamente frío, tan incompresiblemente
cruel, que Lucía debía recurrir a paradojas para darse las respuestas que no la
lastimaran. Aprendió a convivir con ese dolor y no preguntar demasiado, ya que
era una convencida de que las respuestas jamás la satisfarían.
Pasaron unos pocos años y ella tuvo tres hijos más. Cada
vez que recibió en sus brazos por primera vez a cada uno de ellos, o sea luego
del parto, recordaba al bebé que había perdido.
Lo duro para ella fue
que por más que quisiera, a esa circunstancia la revivió a menudo porque a raíz
de una dolencia que le apareció a los cuarenta y cinco años, debieron hacerle
estudios genéticos a ella y a sus hijos. Cada especialista que visitaba, le
preguntaba el número de partos, la cantidad de hijos vivos, la que nunca
coincidía con la de los alumbramientos, circunstancias de la pérdida y
certificado de la clínica en donde lo había perdido a los fines de conocer si
el aborto tuvo algo que ver con la enfermedad que la afectaba. Si cambiaba de
ginecólogo, la pregunta se reiteraba.
Lo más doloroso para ella
era que ese bebé ni siquiera tuvo la posibilidad de llevar un nombre y de eso
se dio cuenta en una misa en la que las madres debían llevar una flor blanca
con el nombre de cada hijo vivo y una violeta con el de los fallecidos, esa
flor violeta que tembló entre sus manos, no llevaba un nombre. Nunca entendió a cuento de qué se
efectuó esa ceremonia, pero en el colegio de sus hijos fue realizada y ella
debió cumplir con el rito. Después surgieron las preguntas y debió revivir esa
historia frente a los chicos que querían conocerla.
Nunca le pudo hacer
entender a su marido el sentimiento que le había dejado ese hecho. Claro, se
decía, era ella la que había llevado durante cinco meses y medio a ese
hijo en sus entrañas. Siempre dijo que su marido era muy buen hombre y muy
comprensivo, pero que a ese duelo no lo pudo compartir con él.
Se torturaba pensando en
que debió haber reclamado en el hospital a su bebé, pero inmediatamente se
consolaba pensando que durante una semana no tuvo ni siquiera la capacidad de
comer, creía por esos días que iba a enloquecer. Con el tiempo se ilustró sobre
el tema y todos coincidían en que luego de una pérdida, la curación emocional
era tan importante como la física y en algunos casos, más. Ella careció de
ambas, entonces, era hasta natural que la asaltaran las angustias.
Una noche que nunca
olvidaría, soñó con ese niño. En sus investigaciones aprendió que el cerebro
nunca duerme y que los recuerdos son reestructurados antes de ser almacenados
en la memoria y si bien ella lo había hecho con ese suceso, algo no le permitía
superarlo, el sueño le dio la respuesta.
Se vio en ese quirófano
blanco y frío como el hielo, intentando con todo su corazón que ese niño no
saliera de sus entrañas ya que no era el tiempo. Por más que luchó, sintió cómo
ese cuerpecito resbalaba entre sus piernas y con gran asombro escuchó su
llanto, lo cual no había sucedido el día que abortó ya que la anestesiaron.
Lo tomó entre sus
brazos, era tan pequeñito como su primera muñeca, lo besó, lo acunó y le cantó
esa canción que su abuela le entonaba para hacerla dormir. El niño calmó su
llanto y se prendió de su pecho como devolviéndole la calma a ese espacio que
nunca más produjo ese elixir que una vez había salido en vano.
Lucía jamás pudo
amamantar a sus hijos, ese fue un fenómeno que nunca se pudieron explicar los
médicos. Sin embargo, en ese sueño sintió el placer y la profunda comunicación
entre dos almas, gozo que luego de despertar no creyó haber vivido en ningún
tiempo.
Una vez curada en su
cuerpo y en su alma, el niño se convirtió en ángel y con una voz muy dulce le
dijo al oído, mi nombre es Gabriel y siempre estoy acompañándote.
Le costó salir de la
ensoñación que le produjo el sueño, sintió por primera vez en muchísimos años
que una etapa de su vida se estaba cerrando y a pesar de que esto le producía
un especial dolor, sabía que debía dejar ir a ese niño, sabía que lo había
retenido por demasiado tiempo y eso no era bueno para ninguno de los dos. En su
alma permanecería, pero ya de otro modo.
Necesitó un lugar para
enterrarlo. Un lugar en donde las hadas y los gnomos lo cuidaran, ése en donde
anidan los sueños y las esperanzas, un espacio en donde ella todas las noches,
cuando su mente seguía afanosamente trabajando para ayudarla a resolver algunas
cuestiones cotidianas, le pudiese llevar flores de amor y de colores
brillantes, palabras dulces y canciones de cuna, una caricia amorosa y todas
esas emociones que contuvo por tantos años.
Luego de una ardua
búsqueda, encontró ese lugar, allí recurría de niña cuando quería huir de los
monstruos y encontrarse con sus fantasías. Ese lugar era... al final del arco
iris.
Las almas, antes que reciban un cuerpo ya saben el tiempo y la experiencia que necesitan en ésta vida ni un segundo mas ni uno menos y por ende nuestro espíritu conoce lo que debe aprender de ello. Excelente, gracias.
ResponderEliminarSí, así es, pero duele y mucho. Lo que aún me pregunto es qué debí aprender yo de esa situación y no encuentro la respuesta. Gracias Shoin, un abrazo inmenso.
ResponderEliminarQuizás el haber rechazado una vida en otra existencia pasada y en ésta el universo te dió la oportunidad de equlibrar y limpiar "el equipaje" y al no recordarlo se produce el llamado dolor y de ésa forma todo queda en perfecto equilibrio...todo efecto tiene una causa y toda causa tiene un efecto. Un abrazo grande.
ResponderEliminarMe encanto este hermosisimo relato! Estas increibles incognitas que la vida nos da y no poder descifrar su significado, solo queda confiar que hay un porque que va mas alla de esta consciencia y nuestra logica. Y bello es el final del tu arco iris.. ese espacio que nos sostiene y nos mantiene y nunca nos deja de proteger. Me emociono, gracias!!!! Disfruto muchisimo tus blogs!! Un fuerte abrazon!
ResponderEliminarAsí es Tere, uno jamás termina de entender estas cosas que te marcan para toda la vida. Gracias por tu comentario y me alegro que disfrutes del blog. Un beso inmenso.
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