Las horas se me hacían interminables, miré por la ventana y vi un mundo estático, deslucido, sin ningún atractivo. Envidié a ese grupo de camioneros que al parecer vivían apasionados con su trabajo.
Me pregunté cómo sería vivir sin horarios y sin estar formalmente vestida la mayor parte de mi tiempo. Soñé andar un día completo de jeans y zapatillas. Cuando digo un día completo, me refiero a un día hábil, de semana, ese en donde todo el mundo corre como hormigas laboriosas a cumplir con sus tareas.
Hace quince años que trabajo en un bufete de abogados prestigiosos en una de las ciudades más tradicionales y estructuradas de mi país. Cuando entré a trabajar, recién me recibía de abogada.
Estaba repleta de sueños e ideales, gigantes, pomposos, racionalmente inalcanzables en las postrimerías de un siglo cargado de pragmatismo y cables a tierra que me hacían a veces enredar y caer a un suelo barroso e inconsistente al cual no estaba acostumbrada.
La pacatería ya existía por esos tiempos y reflejaba todo un espectro de conductas que con el tiempo comenzaron a hacerse más comunes, o menos guardadas. Los santos mantenían esa condición mientras cumplieran los milagros, de lo contrario pasaban a ser simples imágenes ornamentales de las Iglesias de la ciudad.
Después de haber trabajado arduamente por cinco años, el abogado de más renombre del estudio, como premio a un sinfín de investigaciones que hice en casos penales que llegaban al bufete, me adjudicó a título de debut, el caso de Hanna. Ella había matado a su marido y yo debía hacer que la pena fuera la menor posible, ya que de la cárcel no zafaba.
Decidí que un lunes le haría la primera entrevista. Camino a la prisión hice una parada en la cafetería de Santiago, dueño del único rincón que me apaciguaba el alma cada vez que debía entrevistar a un preso. Mientras bebía de a pequeños sorbos el té, pensé en la cantidad de placebos que utilizaba en mi vida. Esas curas mágicas a las que apelaba frente a los más duros problemas, eran las que en cierta forma me recargaban de combustible para quizás de ese modo, no cuestionarme absolutamente nada. No supe el porqué de ese planteo justo en ese momento. Una profunda revolución interna se estaba gestando, por lo que no sé si lo que sucedió después fue lo que desencadenó la rebelión o ésta no fue más que el corolario de ese imperceptible movimiento que estaba a punto de llevarme a esa quimera en la se convirtió mi vida.
Con una sensación inquietante dejé la cafetería. Subí al auto y me dispuse a recorrer los pocos kilómetros que me separaban de Hanna. Conocer a esa mujer fue una de las experiencias más alucinantes de mi vida. Según ella había matado por pasión. Estaba poseída por una lujuria desenfrenada hacia Demian, el hijo del carnicero del barrio. Relación oculta, misteriosa y apasionante que la llevaba por las rutas que conducen del cielo hacia infierno sin una mísera parada.
Creo que el morbo me llevó a degustar una historia que parecía sacada de un libro de pornografía barata. Me contó que a Demian lo conocía desde pequeña, él era vago y pendenciero, pero con ella se comportaba como un amante delicado y cariñoso. Describió cada pasaje de sus aventuras amorosas con una sinceridad que me espantó, pero que a la vez no dejaba de atraparme o más bien enmarañarme.
Esa mujer pateó el tablero de mi vida. Me hizo conocer la otra facete de amor, si es que así se puede llamar a esa pasión sin límites que a veces une irremediablemente a dos almas. Sin embargo, siempre había una frase con la cual dejaba mi cabeza dada vuelta. Hanna me dijo que Demian le enseñó a soñar con los ojos abiertos y también a llorar.
Luego de contraer matrimonio lo siguió viendo, ese hombre la tenía hechizada. Sus encuentros eran no solo de sexo sino también de aventuras. A pesar de ser mayores soñaban como niños. Para ellos la luna era un inmenso zapallo que podían tocar si extendían bien largo los brazos. Hacían el amor en cuanto lugar encontraran oculto del mundo. Ella jugaba siempre en extremos peligrosos. La excitaba el riesgo, al que nunca pudo manejar. Con el tiempo llegó a hacer el amor cerca de la casa de sus padres, del trabajo de su marido, de la escuela de sus hijas.
Esa mujer pateó el tablero de mi vida. Me hizo conocer la otra facete de amor, si es que así se puede llamar a esa pasión sin límites que a veces une irremediablemente a dos almas. Sin embargo, siempre había una frase con la cual dejaba mi cabeza dada vuelta. Hanna me dijo que Demian le enseñó a soñar con los ojos abiertos y también a llorar.
Luego de contraer matrimonio lo siguió viendo, ese hombre la tenía hechizada. Sus encuentros eran no solo de sexo sino también de aventuras. A pesar de ser mayores soñaban como niños. Para ellos la luna era un inmenso zapallo que podían tocar si extendían bien largo los brazos. Hacían el amor en cuanto lugar encontraran oculto del mundo. Ella jugaba siempre en extremos peligrosos. La excitaba el riesgo, al que nunca pudo manejar. Con el tiempo llegó a hacer el amor cerca de la casa de sus padres, del trabajo de su marido, de la escuela de sus hijas.
Luego de que me contara toda su historia, increíblemente yo muté. En un principio me negué a compartir un solo sentimiento de los que plasmaba en cada uno de esos encuentros desenfrenados, mi estructura mental estaba lejos de aceptar la distorsión que tenía Hanna en su vida, al menos para mi modo de ver. Pero con el tiempo, me comencé a preguntar si esa pasión no era quizás el motor de la vida. Ella lo redujo al sexo, pero lo grave era que en mí, ni reducido existía.
Luego de mi último encuentro con Hanna, volví al estudio sabiendo que el juicio no iba a ser fácil, que ella ya estaba literalmente condenada por la prensa y la sociedad, lo de la justicia sería solo un trámite. Sentí deseos de llorar, me había encariñado con esa mujer que me mostró un mundo desconocido, quizás extremo, cruel, cargado de una sensualidad para mí desconocida, pero que al parecer existía, ella lo había transitado.
En esos momentos miré a través de la ventana del estudio, siempre la misma vereda, la misma calle, los mismos árboles, la misma gente, que si bien no siempre era la misma, parecía serlo. Caras serias, preocupadas, algunas distantes, muy de vez en cuando aparecía alguna con una sonrisa, pero la estampa era tediosamente repetida.
De inmediato cerré los ojos y me senté frente al volante de un camión, recorrí rutas imaginarias y nada en las ventanas parecía ser igual a lo que venía. Jamás una estampa se repetía, la vida detrás de esas ventanas cambiaba en forma permanente, el destino era cualquiera, no importaba, lo importante era el trayecto entre un punto y otro.
En esos momentos sentí que estaba de jeans y zapatillas, pero no porque estuviese así vestida, sino porque me quise dar el permiso de disfrutar de una libertad que no tenía y de una luna que tuviese forma de zapallo.
En medio de mi ensoñación, Montenegro me sacudió para decirme que ya estaba fijada la fecha del juicio. Los dos mundo por los que estaba transitando chocaron, se hicieron polvo y yo quedé oscilando en el vacío como una cometa que se soltó de las manos de su dueño.
Indudablemente estaba madurando, asimilando, aprendiendo que por más que yo quisiera volar al infinito, que viviera de jeans y zapatillas, que abriera los miles de candados de mi corral, que transpusiera su perímetro, siempre estaba ese imponderable que quebraba mis alas, que me obligaba a ponerme tacones, que me estrellaba contra el piso justo cuando me disponía a salir de ese corral.
Dos meses después me avisaban del penal que Hanna se había suicidado, no hubo juicio, y de ella todos se olvidaron en un corto tiempo, ya que otros casos conmovían a la opinión pública. Yo no la puedo olvidar, mi vida no es la misma luego de palpar con mis sentidos eso que llaman pasión y a la que yo tenía definida como algo totalmente distinto a lo que ella me mostró.
Por mi vida han pasado grandes maestros, pero jamás se igualaron a Hanna, ella me enseñó a jugar en el barro, a danzar bajo la lluvia, en fin, como dice la gran Mafalda, a dejar que la vida me despeine.
Tantos grilletes, vivimos encorsetados hasta la mente por una sociedad que nos preformatea todo el tiempo. Tendríamos que ser un elogio a la levedad pero no. Tenés una calidad exquisita para hacer pensar, en anécdotas sencillas. Amiga, sos una escritora magistral. Para cuando el nuevo libro
ResponderEliminarGracias amiga!!!!! Mi próximo libro está sometido a un concurso que se llama "Córdoba Mata" de policiales negros y veremos que pasa, me parece que me paso en el número de páginas pero al menos lo van a leer. Tus comentarios siempre me alientan y tenés una invitación en Facebook para que publique algo tuyo, no me afloje amiga, que usted es la gran escritora. Besos flaca!!!!
ResponderEliminarAmanda, gracias a tu amada hermana y querida amiga mía, conozco este sitio tuyo, ahora. Es admirable poder plasmar en líneas, lo que una tiene rondando en su mente a cada rato... al mirar mis "pichas"en el jardín sobre un manto de hojas doradas y crujientes, los ojos de mi gato al acercar su hocico a mis manos al retornar de sus andanzas , al escuchar las voces de mis nietas con sus "hola Abu" Te felicito y seguiré de ahora en más, si lo permites, un abrazo , Yaya
ResponderEliminarMuchas gracias Yaya. Este blog es para que todos lo puedan leer y contagiarse si quieren escribir porque todos podemos hacerlo, es cuestión de animarse, probar y regalarle al mundo todo eso con lo que muchos seguramente se van a sentir identificados. Gracias. Un abrazo.
ResponderEliminar