Antonia, era una mujer regordeta y
cansada por los millones de años vividos, (ése era el modo en el que ella se
refería cuando se tocaba el tema de su edad), que corría de un lado para el
otro tratando de terminar los quehaceres de la casa, ya que a las once de la
mañana pasaban por la tele esa novela mexicana que la atrapó desde el primer
día en el que por desgracia comenzó a verla. Miles de veces juró no
engancharse más con novelas a esa hora, sin embargo, cuando ya no tenía qué
hacer, prendía ese maldito aparato y le aparecían propuestas que la ataban por
meses.
Viuda a los cuarenta y cinco, debió luchar con esa tenacidad que caracteriza a las madres, para que ellos terminaran sus estudios y no les faltara un plato de comida en la mesa.
Cuando crecieron y
tomaron el comando de sus vidas, creyó que era el tiempo de disfrutarlos de
otro modo. Se preparó con cuerpo y alma, con mente y espíritu para poder
aprender a gozar de ellos sin límites, total, tenía todo el tiempo del
mundo para hacerlo.
De pronto, una mañana, se dio cuenta que ya nadie la
escuchaba, entonces se preguntó con ese asombro descomunal con el que afrontaba
algunas contingencias de la vida, si es que ella se había quedado muda o sus
hijos de repente sordos.
Buscó estrategias, apeló
a todos los tonos de voz que conocía, primero usó el cálido, luego el
persuasivo, recurrió al sugestivo creyendo que de ese modo tendría éxito, pero
al ver que no obtenía una respuesta satisfactoria, ensayó el
chillido. De inmediato se sintió una loca, todos la miraron como si se le
acabara de saltar la última de las cadenas que le quedaban en un cierto orden.
Con la cabeza gacha se exilió en su cuarto, y lo más triste fue que por mucho
tiempo nadie se dio cuenta de esta situación.
El costado trágico del
asunto, era que Antonia no tenía con quién más hablar, o sea que no podía
corroborar ninguna de las dos hipótesis, por lo que para no angustiarse
demasiado se dijo que probablemente fuera un poco de las dos cosas lo que había
sucedido, o sea que ella se había vuelto un poco muda y sus hijos un poco
sordos. Esto no fue más que el corolario de haberse dedicado de lleno a la
familia y haber abandonado todo contacto con la gente, en otras palabras,
estaba totalmente sola, y encima, con una invalidez que le hacía doler el alma.
Todos entraban y salían
de ese hogar, sin tan siquiera preguntarse qué había sido de esa mujer que por
tantos años convivió con ellos en esa casa. Hicieron cientos de reuniones en
ese hogar casi olvidado cuando los espacios que habían elegido no eran lo
suficientemente grandes como para albergar a mucha gente, y a pesar de que
Antonia correteaba auxiliando en los quehaceres, nadie parecía verla, pero ella
sabía que estaba y ayudaba. De ese modo sentía que a la larga, alguien
repararía en su presencia, no podía ser que todo el mundo, ella decía, se
estuviera volviendo también ciego.
A pesar de los
inconvenientes que aparecían a su paso, decidió no rendirse, planificó
caminatas que nunca hizo, rutinas de gimnasia que nunca cumplió y clases de
salsa a las que jamás asistió. Pero en tanta planificación se le iba el tiempo
y lo que ella necesitaba justamente era eso, que el tiempo se le fuera rápido,
no podía soportar los huecos que a veces se le hacían en el día.
Una mañana se levantó muy angustiada y culpó a las plantas de su jardín por lo que le estaba sucediendo, y así fue que decidió poner lajas en todo el espacio verde. Una vez terminada la tarea esperó que los nenúfares desaparecieran, pero no fue así.
Algo semejante le sucedió cuando empezó a tomar clases de pintura. Lo hizo en un taller de no más de cinco personas, todas eran de su misma edad y quizás con las mismas preocupaciones. Frente al lienzo y su hermoso caballete, creaba paisajes que despertaban la admiración de su maestra y sus compañeros, pero ella al terminar cada una de sus obras, irremediablemente se desconectaba del universo y comenzaba a volar quizás en busca de ese encanto que había perdido su vida. En un comienzo trataron de no molestarla, pero un día, luego de querer sacarla del trance por varias horas, su maestra le comunicó que el taller se cerraba, seguramente fue un pretexto para sacudirse a la pobre Antonia que a esas alturas daba un poco de miedo y de inseguridad a los que la rodeaban.
Comenzó a olvidarse de
las cosas, hablaba sola y se enojaba cuando se daba cuenta de la situación. Sus
hijos, que la visitaban salteadito, advirtieron que algo le estaba sucediendo a
la pobre Antonia, entonces se preocuparon por buscarle actividades para que
saliera de esas cuatro paredes que la estaban volviendo irremediablemente loca,
según fuera el diagnóstico de los cuatro sordos.
Que se juntara con amigas, que asistiera a ruedas de canasta, que saliera a caminar o que al menos fuera a misa. Todas las propuestas fueron rechazadas, pero esos rechazos no alcanzaban a ser escuchados por lo que sus hijos insistieron, entonces Antonia se lamentó y pidió a Dios un milagro, que ellos pudieran volver a escuchar o que al menos le diera una voz más potente para ser oída por esos cuatro ángeles que salieron de sus entrañas.
Sucedió que una mañana, Dios la escuchó, le devolvió a sus hijos el oído y a ella la voz, le desaparecieron los nenúfares de las piernas y por fin pudo apagar el televisor. Lejos habían quedado sus sueños de amores inconclusos, de aventuras interminables y miles de veces repetidas, llenó su patio de macetas con geranios y su corazón con esas cinco palabras que la sacaron de su invalidez.
Es el día de hoy que con mucha emoción cuenta que su hijo mayor una mañana fue a visitarla y en medio de esa ya constante lucha por hacerse entender, le dijo con voz quebrada, “mamá, vas a ser abuela”. Captó entonces cuáles eran los mecanismos de la vida, y con toda esa experiencia acumulada, decidió no volver a exiliarse, aun cuando estaba totalmente convencida que cuando los nietos crecieran iban a sufrir de los mismo problemas, heredados de sus padres. Pero también recordó que hubo tiempos en los que la sorda era ella y muda era su madre.
Que se juntara con amigas, que asistiera a ruedas de canasta, que saliera a caminar o que al menos fuera a misa. Todas las propuestas fueron rechazadas, pero esos rechazos no alcanzaban a ser escuchados por lo que sus hijos insistieron, entonces Antonia se lamentó y pidió a Dios un milagro, que ellos pudieran volver a escuchar o que al menos le diera una voz más potente para ser oída por esos cuatro ángeles que salieron de sus entrañas.
Sucedió que una mañana, Dios la escuchó, le devolvió a sus hijos el oído y a ella la voz, le desaparecieron los nenúfares de las piernas y por fin pudo apagar el televisor. Lejos habían quedado sus sueños de amores inconclusos, de aventuras interminables y miles de veces repetidas, llenó su patio de macetas con geranios y su corazón con esas cinco palabras que la sacaron de su invalidez.
Es el día de hoy que con mucha emoción cuenta que su hijo mayor una mañana fue a visitarla y en medio de esa ya constante lucha por hacerse entender, le dijo con voz quebrada, “mamá, vas a ser abuela”. Captó entonces cuáles eran los mecanismos de la vida, y con toda esa experiencia acumulada, decidió no volver a exiliarse, aun cuando estaba totalmente convencida que cuando los nietos crecieran iban a sufrir de los mismo problemas, heredados de sus padres. Pero también recordó que hubo tiempos en los que la sorda era ella y muda era su madre.

Costó llegar al final, por lagrimas que empañaban mis ojos.
ResponderEliminarLa vida, es así. Y el vacío que dejan los hijos, con su sordera..nunca se remplaza.
Pero creo en otros tiempos nuestra indiferencia, no era igual. Nunca abandonábamos a nuestros padres. Y aunque no comprendíamos muchas cosas..estábamos.
Bellísimo Negrita (para mi)
Muy linda reflexión.... quien escribe por qué no sale el nombre
EliminarUna pena que no hayas dejado tu nombre en el comentario, pero sospecho de quién se trata. Gracias por haber comprendido el real sentido del cuento. Es cierto, éramos distintos, pero nuestra sordera a veces se manifestaba de otro modo, capaz no tan palmarios como hoy en día en donde todo es voraz, acelerado y muchas veces no es culpa de los hijos sino de esta vida en donde el día pareciera que ya no tiene veinticuatro horas. Muchas gracias y te mando un fuerte abrazo.
ResponderEliminarMuy linda reflexión... quien esceibe que no sale el nombre?
EliminarNo lo sé, pero creo que sé de quién se trata.
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