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Un blog que pretende inspirar a los que creen que no se puede.

martes, 8 de enero de 2013

SÓLO CINCO PALABRAS


Antonia, era una mujer regordeta y cansada por los millones de años vividos, (ése era el modo en el que ella se refería cuando se tocaba el tema de su edad), que corría de un lado para el otro tratando de terminar los quehaceres de la casa, ya que a las once de la mañana pasaban por la tele esa novela mexicana que la atrapó desde el primer día en el que por desgracia comenzó a verla.  Miles de veces juró no engancharse más con novelas a esa hora, sin embargo, cuando ya no tenía qué hacer, prendía ese maldito aparato y le aparecían propuestas que la ataban por meses.
Luego venía la hora de la comida, después la siesta, a la tardecita los mates y el informativo, y a la noche, Bailando por un Sueño. Llegó a amar a Tinelli, es claro, era el único que invariablemente la acompañaba toda la semana ya que sus cuatro hijos, que se llevaban nada más que un año de diferencia, partieron casi a la vez a cumplir con sus destinos.
Viuda a los cuarenta y cinco, debió luchar con esa tenacidad que caracteriza a las madres, para que ellos terminaran sus estudios y no les faltara un plato de comida en la mesa.
Cuando crecieron y tomaron el comando de sus vidas, creyó que era el tiempo de disfrutarlos de otro modo. Se preparó con cuerpo y alma, con mente y espíritu para poder aprender a gozar de ellos sin límites, total,  tenía todo el tiempo del mundo para hacerlo.
De pronto, una mañana, se dio cuenta que ya nadie la escuchaba, entonces se preguntó con ese asombro descomunal con el que afrontaba algunas contingencias de la vida, si es que ella se había quedado muda o sus hijos de repente sordos.
Buscó estrategias, apeló a todos los tonos de voz que conocía, primero usó el cálido, luego el persuasivo, recurrió al sugestivo creyendo que de ese modo tendría éxito, pero al ver que no obtenía una respuesta  satisfactoria, ensayó el chillido. De inmediato se sintió una loca, todos la miraron como si se le acabara de saltar la última de las cadenas que le quedaban en un cierto orden. Con la cabeza gacha se exilió en su cuarto, y lo más triste fue que por mucho tiempo nadie se dio cuenta de esta situación.
El costado trágico del asunto, era que Antonia no tenía con quién más hablar, o sea que no podía corroborar ninguna de las dos hipótesis, por lo que para no angustiarse demasiado se dijo que probablemente fuera un poco de las dos cosas lo que había sucedido, o sea que ella se había vuelto un poco muda y sus hijos un poco sordos. Esto no fue más que el corolario de haberse dedicado de lleno a la familia y haber abandonado todo contacto con la gente, en otras palabras, estaba totalmente sola, y encima, con una invalidez que le hacía doler el alma.
Los muchachos se fueron marchando del hogar materno y ella no recordaba si alguno se había despedido. Era como si ese resultado estuviese tan planeado, tan  proyectado y calculado, que sucedió con la misma naturalidad con la que se corta el chorro de agua cuando se cierra el grifo.
Todos entraban y salían de ese hogar, sin tan siquiera preguntarse qué había sido de esa mujer que por tantos años convivió con ellos en esa casa. Hicieron cientos de reuniones en ese hogar casi olvidado cuando los espacios que habían elegido no eran lo suficientemente grandes como para albergar a mucha gente, y a pesar de que Antonia correteaba auxiliando en los quehaceres, nadie parecía verla, pero ella sabía que estaba y ayudaba. De ese modo sentía que a la larga, alguien repararía en su presencia, no podía ser que todo el mundo, ella decía, se estuviera volviendo también ciego.
Un día fresco de otoño, cuando ya ni reuniones se hacían en su casa, Antonia decidió cambiar su vida. Necesitaba materializarse de algún modo. Buscó infructuosamente a alguna amiga para que la acompañara en su aventura y se dio cuenta que en esa edad en la que la merma se acrecienta demasiado, todas debieron exiliarse y simplemente desaparecieron del mapa de sus ansiedades. Había pasado tanto tiempo que creyó que era la sobreviviente de alguna hecatombe que, como tantas cosas, le pasaron desapercibidas.
A pesar de los inconvenientes que aparecían a su paso, decidió no rendirse, planificó caminatas que nunca hizo, rutinas de gimnasia que nunca cumplió y clases de salsa a las que jamás asistió. Pero en tanta planificación se le iba el tiempo y lo que ella necesitaba justamente era eso, que el tiempo se le fuera rápido, no podía soportar los huecos que a veces se le hacían en el día.
De pronto pensó en la jardinería, creyó que sería un modo atrapante de cubrir esas horas en las que sencillamente no tenía qué hacer. Colmó su patio de lirios, azucenas, malvones y caléndulas, ella decía que en ese espacio se llenaba de la energía que necesitaba para descansar cada una de sus noches.
Se compenetraba intensamente con lo que hacía, pensando que quizás ése era el modo de olvidar la gran desgracia familiar (su mudez y la sordera de sus pobres hijos), que terminaba formando parte todo aquello a lo que apelaba para matar el tiempo.
En más de una noche se sintió la heroína de su película favorita o la protagonista de ese amor pendiente que en “An affaire to remember” la hacía correr infructuosamente hasta el Empire State, cuando no ser Luisa Lane tratando de encontrar a Superman para que la llevara a otras galaxias. Simplemente quería desaparecer de un mundo que para ella iba perdiendo sentido con tanta invalidez que la rodeaba y de la que ella era en parte dueña.
Con las plantas le sucedió otro tanto. Una mañana al levantarse de la cama, creyó ver nenúfares brotando de sus piernas, yo presumo que la llevaron a tal yerro, esas grotescas várices que invadieron sus pesadas piernas ni bien entró en la menopausia y a las que ella odiaba.
Trató infructuosamente de arrancarlos de sus piernas, y cuando vio que había fracasado, los escondió bajo gruesas medias, pero controlaba a diario que no le aparecieran flores ya que eso sería más difícil de ocultar.
Una mañana se levantó muy angustiada y culpó a las plantas de su jardín por lo que le estaba sucediendo, y así fue que decidió poner lajas en todo el espacio verde. Una vez terminada la tarea esperó que los nenúfares desaparecieran, pero no fue así.
Algo semejante le sucedió cuando empezó a tomar clases de pintura. Lo hizo en un taller de no más de cinco personas, todas eran de su misma edad y quizás con las mismas preocupaciones. Frente al lienzo y su hermoso caballete, creaba paisajes que despertaban la admiración de su maestra y sus compañeros, pero ella al terminar cada una de sus obras, irremediablemente se desconectaba del universo y comenzaba a volar quizás en busca de ese encanto que había perdido su vida. En un comienzo trataron de no molestarla, pero un día, luego de querer sacarla del trance por varias horas, su maestra le comunicó que el taller se cerraba, seguramente fue un pretexto para sacudirse a la pobre Antonia que a esas alturas daba un poco de miedo y de inseguridad a los que la rodeaban.
Comenzó a olvidarse de las cosas, hablaba sola y se enojaba cuando se daba cuenta de la situación. Sus hijos, que la visitaban salteadito, advirtieron que algo le estaba sucediendo a la pobre Antonia, entonces se preocuparon por buscarle actividades para que saliera de esas cuatro paredes que la estaban volviendo irremediablemente loca, según fuera el diagnóstico de los cuatro sordos.
Que se juntara con amigas, que asistiera a ruedas de canasta, que saliera a caminar o que al menos fuera a misa. Todas las propuestas fueron rechazadas, pero esos rechazos no alcanzaban a ser escuchados por lo que sus hijos insistieron, entonces Antonia se lamentó y pidió a Dios un milagro, que ellos pudieran volver a escuchar o que al menos le diera una voz más potente para ser oída por esos cuatro ángeles que salieron de sus entrañas.
Sucedió que una mañana, Dios la escuchó, le devolvió a sus hijos el oído y a ella la voz, le desaparecieron los nenúfares de las piernas y por fin pudo apagar el televisor. Lejos habían quedado sus sueños de amores inconclusos, de aventuras interminables y miles de veces repetidas, llenó su patio de macetas con geranios y su corazón con esas cinco palabras que la sacaron de su invalidez.
Es el día de hoy que con mucha emoción cuenta que su hijo mayor una mañana fue a visitarla y en medio de esa ya constante lucha por hacerse entender, le dijo con voz quebrada, “mamá, vas a ser abuela”. Captó entonces cuáles eran los mecanismos de la vida, y con toda esa experiencia acumulada, decidió no volver a exiliarse, aun cuando estaba totalmente convencida que cuando los nietos crecieran iban a sufrir de los mismo problemas, heredados de sus padres. Pero también recordó que hubo tiempos en los que la sorda era ella y muda era su madre.

5 comentarios:

  1. Costó llegar al final, por lagrimas que empañaban mis ojos.
    La vida, es así. Y el vacío que dejan los hijos, con su sordera..nunca se remplaza.
    Pero creo en otros tiempos nuestra indiferencia, no era igual. Nunca abandonábamos a nuestros padres. Y aunque no comprendíamos muchas cosas..estábamos.
    Bellísimo Negrita (para mi)

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    1. Muy linda reflexión.... quien escribe por qué no sale el nombre

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  2. Una pena que no hayas dejado tu nombre en el comentario, pero sospecho de quién se trata. Gracias por haber comprendido el real sentido del cuento. Es cierto, éramos distintos, pero nuestra sordera a veces se manifestaba de otro modo, capaz no tan palmarios como hoy en día en donde todo es voraz, acelerado y muchas veces no es culpa de los hijos sino de esta vida en donde el día pareciera que ya no tiene veinticuatro horas. Muchas gracias y te mando un fuerte abrazo.

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    1. Muy linda reflexión... quien esceibe que no sale el nombre?

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